El recuerdo es testigo. Lo pensó Lidia en esa tarde opaca y extendió una lona para tomar sol desnuda por primera vez. Se fue quitando la ropa lentamente. El viento la envolvió en un abrazo invisible. Se tendió boca abajo y esperó. El sol goteaba fuego. Al rato se durmió y soñó con un puente de madera que se partía en dos, tres, cuatro. Entre los médanos se oyó un disparo. La mujer del sueño gritó fuerte y Lidia despertó agitada. No había nadie. Apenas un desierto de arena gris y el agua quieta en líneas de espuma. Lidia se dio vuelta mostrando sus pechos a un cielo que empezó a nublarse. El cuerpo brillaba como si doliera. Una mujer desnuda es el recuerdo de alguien que ahora espera la muerte en un hospital de provincias. Ninguna Lidia. Ninguna playa. Ningún puente. Sólo un poco de arena y puntos negros en los ojos tan abiertos. El recuerdo es testigo.
L.
L.