sábado, 3 de abril de 2010

No tan caro


El amor es la más cara de las religiones. Encontrarlo es difícil y sostenerlo más. Después siempre hay lío. Se mete la familia, se meten los amigos, se discute por una toalla mojada o porque la música está fuerte. Con el tiempo la magia decae y el rostro de Dios se desdibuja sobre todo a la hora de sacar la basura. A cierta altura el sexo no responde ni a las llamadas de urgencia. Los enamorados de ayer pasan a ser buenos amigos o sociedades anónimas que funcionan apenas como empresas de servicios. La inversión es alta y los réditos escasos. Pero hay algo en la escena que si sobrevive paga todo lo demás. Es una fe ciega (casi religiosa) que justifica el paso de los días, los domingos de angustia y hasta la discusión por quién lava los platos esta noche. No voy a decir acá de qué se trata porque van a pensar (como siempre) que soy un optimista enfermizo.
L.

No tan barato


El amor es la más barata de las religiones. Dos velas y un Chandon (o cualquier cosa con burbujas) son suficientes para montar el altar soñado. Ni siquiera hace falta pensar en algo especial para decir. Las empresas de celulares facilitan fórmulas perfectas como tkm y otros poemas de similar intensidad. El msn añade por si acaso corazones que laten, besos calentitos, abrazos y demás símbolos propios de la liturgia. Lo demás resulta igualmente accesible. ¿Cuánto puede costar un turno de dos horas en un hotel? Pero ni siquiera eso es necesario. La cara de Dios se muestra fácilmente a un costo extraordinariamente bajo. Casamiento, viajes, hijos, infidelidades, muerte accidental. Cualquier ceremonia está al alcance de todos los bolsillos. Hay en el amor (sin embargo) algo que conspira contra la fe y que a la larga resulta muy oneroso. Se trata de un componente tan pero tan caro que por momentos lleva a poner en duda los fundamentos mismos de la religión. Pero no voy a decir acá de qué se trata. Pensarán (como siempre) que soy un amargado.
L.

viernes, 2 de abril de 2010

Jesús de Bogotá


Las semanas santas ya no son como eran. Nada lo es en realidad. Hace veinte años mi abuela vivía y mis tías eran jóvenes. En ese entonces tenían la fuerza y las ganas de pasar horas enteras preparando envueltos de mazorca y secando pescado con sal para poder alimentarnos durante la vigilia. Lo que más me gustaba era el domingo de ramos. Sentada sobre los hombros de mi padre yo agitaba hojas de palma para darle la bienvenida triunfal a quien luego sería sacrificado. El olor a incienso me mareaba un poco. Terminé asociándolo a la muerte. Los jueves y los viernes santos no podía jugar con mis vecinos. Tenía que permanecer callada mientras los adultos escuchaban por radio las últimas noticias. Un tal Jesús de Nazareth había sido traicionado por un mal amigo. Los romanos lo apresaron y en el juicio le tocó pena de muerte. Mi abuela lloraba al escuchar las últimas palabras del Mesías. Mi padre se encerraba a orar en su habitación. Pese a las explicaciones de mis primos yo no podía entender por qué torturaban a un inocente y nadie hacía nada para evitarlo. Luego intentaba dormir. Sabía que al día siguiente (como se olvida un mal sueño) esa historia quedaría atrás.
A.

Amor genital


El verdadero corazón del hombre y la mujer está entre las piernas. La poesía romántica suele ubicarlo un poco más arriba. Lo hace más que nada por pudor o un falso concepto de la delicadeza. Es posible también que el órgano del amor se aloje en el cerebro. Pero al final termina imponiéndose (como debe ser) el amor genital. Es cierto que a costa de voluntad y disciplina la urgencia física puede sublimarse a través del arte. Pero hay un punto donde el ensueño debe dejar paso al órgano específico. Se atribuye a Voltaire una carta amorosa escrita en diciembre de 1745. Te beso mil veces –dice en la sorprendente versión argentina que realizó el psicoanalista Ariel Arango- Mi alma besa la tuya, mi pija, mi corazón están enamorados de ti. Beso tu lindo culo y toda tu persona. La frase puede resultar chocante (sobre todo en Semana Santa) pero no deja de ser auténtica. Nos enseñaron que el erotismo puede insinuarse pero no declararse abiertamente. Aprendimos que no debemos usar malas palabras. Pero (seamos honestos) en ocasiones suelen ser justamente esas las más dignas y efectivas del vocabulario. La necesidad y la verdad (en suma) raramente admiten maquillajes.
L.

Poner el cuerpo


Una noche se cortó la luz en la oficina donde trabajaba el poeta portugués Fernando Pessoa. El episodio ocurrió en una zona alejada y sombría de la ciudad de Lisboa. El hombre (célebre por su declarada renuncia al contacto de los cuerpos) fue a buscar una lámpara de petróleo, la encendió y la puso encima del escritorio. En la oficina quedaban él y una mujer (Ophelia) quien desde hace tiempo le atraía. Un poco antes le había enviado un papelito donde escribió una frase muy breve. Le ruego que se quede. Ella permaneció expectante. Estaba de pie, poniéndose el saco, cuando él entró sin avisar en su despacho. La mujer amagó con retirarse precipitadamente. Pessoa se levantó, con la lámpara aún en la mano, a fin de acompañarla hasta la puerta. De repente la empujó contra la pared, la tomó fuertemente de la cintura, la abrazó y, sin decir palabra, la besó en la boca con desesperación. El que cantó himnos en medio del gallinero, el que fue hierbas sin ser percibido siquiera por un caminante casual, recordó por fin que tenía cuerpo y sudor de hombre. Y hasta unas lágrimas sucias que (como las que caen a veces de la ropa colgada) no acaban nunca de secar.
L.

jueves, 1 de abril de 2010

Poner el cuerpo II


Cualquiera comenta cualquier cosa. Cualquiera dice te amo, te odio y te la doy. Cualquiera hace un discurso perfecto a favor de los marginados o de las víctimas de un terremoto. ¿Pero cuántos de esos brillantes expositores están dispuestos a poner el cuerpo para aliviar el dolor de una única persona? La pregunta excede ampliamente lo político y social. También en otros ámbitos abundan las declaraciones y escasean los actos. Por ejemplo en el amor o incluso en este blog. En cualquier sitio es más lo que se dice que lo que se hace. Presuntos amantes despliegan enunciados fabulosos para luego desaparecer de la escena en el mejor momento. Se van a la hora de jugarse en acto por alguien o por algo. Y ni hablar de los medios de incomunicación. El mundo está lleno de periodistas muy valientes cuya voz encanta a las buenas conciencias. Pero ni uno solo de ellos se compara con la acción real (cotidiana) de mujeres y hombres anónimos que de pronto salen a la calle en defensa de una escuela, un bosque o un hospital. Un poeta (es otro ejemplo) sólo es digno de ese nombre si además de producir textos de buena calidad defiende para sí mismo y para sus semejantes el derecho a vivir poéticamente. En ese camino tendrá que poner el cuerpo. Sin ese detalle todo el esfuerzo se reducirá a un concurso de disfraces para ver quién es el mejor y quién se lleva el premio. Las acciones físicas (además) deberían concretarse en estricto silencio. ¿Palabra o acto? Palabra y acto. Alguien tendría que bajarle la bombacha a la vida y tomarla por sorpresa. Poner el cuerpo. Una hermosa sorpresa.
L.

Jesús revolucionario


La figura de Jesús me atrajo siempre. Desde la condición militante (y aún sin ser creyente) el sermón de la montaña sonaba para mí como el manifiesto comunista. Desde mi amada soledad admiré su exilio en el desierto. Jesús estaba harto de que la gente le pidiera milagros y se perdió lejos para encontrarse. Su hazaña mayor fue el ataque iracundo contra los mercaderes del templo. Su gesto más enigmático se resumió en esa palabra que escribió en la arena para luego borrarla con la mano. Me divertía la brillante excusa que encontró el hijo del hombre (como también lo llamaban) para pasar los días acompañado de putas, cartoneros y borrachos. Son pobres de espíritu –dijo-. Los que están salvados no me necesitan. El imperio de Roma vio el peligro y acabó con él torturándolo y crucificándolo como a los desaparecidos argentinos. Se cuenta que a los tres días resucitó. Esto último resulta difícil de creer. ¿Pero a quién le importa la verdad? Sólo el misterio nos hace vivir.
L.