jueves, 8 de abril de 2010

Degradación general del erotismo


Un conocido ensayo de Sigmund Freud (Hacia una degradación general de la escritura) sostiene que para poder escribir novelas, cuentos, mails y poemas el futuro autor debe empezar por degradar su oficio. No creérselo del todo. No pensar que el arte es cosa de gente importante como la que sale entrevistada en los suplementos culturales. Idealizar la escritura es fatal. Endiosar a los autores de moda también. En literatura no hay nada escrito, dice el guatemalteco Augusto Monterroso. El planteo es interesante en sí mismo y también aplicado a otros ámbitos de la vida. Sin ir más lejos al sexo. Quien se proponga practicarlo como se debe tendrá que degradarlo en parte. No respetarlo tanto. Dejarlo al menos en ropa interior. Considerado como hábito cotidiano y no como acto sagrado el coito podrá entonces realizarse. Visto en cambio como una suerte de iluminación mística el deseo no llegará a la cama. Y de esto último (justamente) se trata el insustituible acto de coger.
L.

miércoles, 7 de abril de 2010

Degradación general de la literatura


Un conocido ensayo de Sigmund Freud (Hacia una degradación general de la vida erótica) sostiene que para poder tener trato físico con una mujer el hombre debe degradarla en parte. No al punto de convertirla en puta pero sin idealizarla en exceso. El planteo es interesante en sí mismo y también aplicado a otros ámbitos de la vida. La escritura literaria es uno de ellos. Quien se proponga escribir con verdad debe degradar en parte el mundo de la cultura. No respetarlo tanto. Bajarle la bombacha si es necesario. Considerado como un oficio cotidiano y no como un santuario el oficio literario tomará cuerpo y figura. Visto en cambio como una suerte de iluminación mística jamás la palabra llegará a convertirse en acto. Y de esto último (justamente) se trata el acto de escribir.
L.

Escribe la seguidora número 100


Me gusta mucho el blog. Por eso resolví convertirme en la seguidora número cien. Me da placer leerlos. Me dejan pensando. Me impulsan a escribir. Me dan permiso a espiar y les agradezco por eso. Por salpicarme cada día con gotitas de tormenta. A veces me dan ganas de comentar. A veces me aburre la opinología blogger. A veces los textos funcionan como disparadores y en esa transmutación radica la riqueza del cruce de caminos. No quiero caer en la vulgar felicitación. Pero creo que están escribiendo cosas extraordinarias. Pequeñas piezas de colección que deberían ser publicadas. Para mí son como una especie de retazos o, mejor, señales de vida.
Jéssica

Eclipse


Y de pronto apagar máquinas, luces, gritos, órdenes, llantos. Dejarse estar como los gatos y las plantas. Renunciar a los objetivos, a los proyectos, a las sirenas de hospital. Dejar de ser para los otros. O dibujar una burbuja de silencio en el desierto de los ruidos. Observar hacia fuera y hacia adentro. Frenar la carrera. Ya ni siquiera desear. Detenerse en el tiempo y el espacio como los cangrejos. Percianas bajas. Ningún pensamiento. La nada. Maldición. Alguien llama. Algo suena en el mundo. Parece una orden que no es posible desobedecer. Hay que volver a encender máquinas, luces y llantos. Y esperar de nuevo la hora del eclipse.
L.

De cerca nadie es normal


Me contaron la historia de un taxista que a cierta hora del día desaparecía de los lugares habituales. Era imposible dar con él hasta por celular. Su mujer desconfió y contrató a un detective. El informe del espía fue sorprendente. El taxista iba con su auto hasta una ruta próxima al centro de Buenos Aires, estacionaba en la banquina, ponía reguetón a todo volumen y, en completa soledad, se ponía a bailar como poseído. ¿Se podría afirmar que ese hombre está loco? No creo. Y si lo está al menos hace algo con su locura. Baila en la ruta junto al auto. La gente normal no existe. Creer que sí conduce a un mar de desilusiones. Los parámetros de normalidad son discutibles y de cerca todos tenemos algún comportamiento anómalo (cada cuál sabrá de qué hablo) tan o más asombroso que el baile del taxista. Así como es difícil definir la locura mucho más lo es concebir qué cosa es o sería la normalidad. Quizás debamos alejarnos de la clasificación y aceptar que en todos nosotros sobrevive una zona incurable. Saberlo no debería desalentar a nadie. El problema no está en la enfermedad sino en lo que hacemos con ella. El suicida y neurótico Van Gogh pintó cuadros. Beethoven, el sordo, compuso la novena sinfonía. El taxista baila reguetón junto a su auto. Cualquier camino es mejor que enloquecer sin obra.
L.

martes, 6 de abril de 2010

Música elegida por García Márquez



Le preguntaron a Gabriel García Márquez qué música se llevaría a una isla. Sobreponiéndose a la tontería del entrevistador el autor de Ojos de perro azul no dudó un instante. Dijo que viajaría a esa isla hipotética con las Suites para chelo (o cello) solo, de Juan Sebastián Bach. Y que si solo pudiera llevarse una sola de ellas elegiría la número uno. Si además le dieran la opción de escoger una versión se quedaría con ésta que reproducimos aquí. Es la de Pablo Casals grabada en 1964. De paso añadió que si también pudiese llevar un libro sería una antología de la poesía española del Siglo de Oro.

Uno más


Si no aguanto ser uno más en la fila me queda la opción de ser uno menos. Pero si rechazo la opción terminal puedo admitir (con sana resignación) que la vida no está solamente compuesta de zonas blancas y negras. Armado de este nuevo y virtuoso enfoque aprendo a pensar los días como una amplia gama de grises. El punto es la mezcla. Ahí se entrelazan la interminable cola del supermercado con el preludio para cello de Juan Sebastián Bach. Una cagada de perro y un beso bien dado en la esquina. La Carta a Mariana de Jorge Teillier y el arroz quemado en el fondo de la olla. No debo desesperar. Hay un puñado de arroz que al final se salva.
L.