sábado, 3 de septiembre de 2011


Lectura y nuevas tecnologías


Los suplementos culturales de medio mundo están emocionadísimos con el nuevo destino del libro, el desembarco de las grandes librerías virtuales y el divino campo que se abre, en apariencia, para el sector editorial. Leo páginas y páginas dedicadas al tema. El autor de una nota publicada hoy por el diario madrileño El País parece estar al borde de un orgasmo virtual. Dice que ahora los lectores podrán disfrutar de pantallas táctiles, música, Internet y hasta GPS, elementos al parecer indispensables para la flamante literatura electrónica. Con leer no basta, advierte el título. Me atrevo a decir lo contrario. Con leer sería más que suficiente. Pero ya casi nadie lee. Lo veo en las aulas donde doy clases, en el barrio, en las universidades, en los talleres. Y lo que se lee suele ser pésimo. Para leer a Majul o a Coelho mejor abandonar los libros para siempre y dedicarse a plantar lechuga. No creo que el problema de la ignorancia enciclopédica se resuelva con pantallas táctiles.
L.

El blog se repite


Repetimos temas, fotos, canciones como la de abajo. No lo hacemos por distracción sino por gusto. ¿Qué tiene de malo volver sobre lo mismo? La idea de cambiar constantemente no nos seduce. Si algo es bueno lo será por siempre. El mar, por ejemplo. O el amor. O las viejas rutinas que una pareja repite hasta el cansancio porque el eterno retorno le produce placer. O la alegría de un niño que patea la pelota contra la misma y vieja pared. Hay rutinas horribles y hay otras que rozan la divinidad. Cambiar de ciudad, de ideas, de costumbres o amigos no soluciona ningún problema. No cambiar nada tampoco. Y un cambio no deseado, a veces, hiere al corazón.
L.

viernes, 2 de septiembre de 2011

No todo fue naufragar


Malas palabras


¿Existen las malas palabras? No sé qué pensar. Admitir semejante cosa implicaría aceptar la existencia de palabras buenas. ¿Y cuáles serían éstas últimas? Hoy, en uno de mis trabajos, hice una pequeña encuesta. Pregunté a mis colegas cuáles eran las peores palabras o frases insultantes que preferían por sobre todas las demás. Porque, no nos engañemos, a todos nos gusta usar palabras fuertes en determinadas situaciones, en especial cuando de insultar se trata. La lista es larga y no la voy a reproducir completa por cuestiones de urbanidad y espacio. Las que recuerdo son, entre otras, lareputamadrequeteremilparió, boludo, la concha de la lora, una palabra rara que se usa en el interior (papuda), pelotudo, orto, conchuda, culeado, en fin, por ahí fue la cosa. Ante una respuesta de un compañero recordé algo leído en un libro psicoanalítico dedicado a las llamadas malas palabras. La expresión andá a la concha de tu madre -según afirma el libro escrito por el rosarino Ariel Arango- equivale a decirle al agredido que vuelva a meterse por el mismo lugar donde salió, es decir, que desaparezca del ambiente para siempre. Más allá de estas consideraciones, ciertas o rebuscadas, no puede negarse que las malas palabras o como se llamen son esencialmente terapéuticas y alivian la tensión. En resumen. Que nadie puede prescindir de ellas.
L.

Por qué no entendemos


Dice Martin Heidegger que para entender a los filósofos de la Grecia arcaica habría que convertirse en ellos. Siguiendo el razonamiento puede decirse que para entender un árbol hay que ser árbol. O que para comprender el movimiento circular de los planetas hay que moverse como ellos. O que si uno se propone entender a una mujer habría que ser mujer al menos por un rato. De acuerdo. Pero dado que no podemos ser diferentes a lo que somos, bueno, ahí está la explicación de por qué no entendemos, lo que se dice, nada.
L.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Carta urgente desde Bogotá

Y entonces dije en voz alta la frase que tanto dolía en silencio. Tengo miedo a que dejes de quererme. Tengo miedo a dejar de quererte. No sentí angustia por el descubrimiento. Sentí tristeza por haber pensado así. Y entonces lloré. Pero entre lágrimas las cosas se fueron aclarando. Pensé que antes, cuando había un antes, nuestro vinculo era pleno, o, para decirlo de otro modo, lleno y profundo como un lago de montaña. Con el paso del tiempo el espacio se ha ido vaciando. Y entonces tuve miedo del agua que corre y el abismo que se agranda. Me he dado cuenta luego de que bajo ese lago hay una ciudad oculta, compleja, vital. Y es justamente ahí, en esa ciudad sumergida, donde quiero vivir contigo para siempre.
Andrea