domingo, 1 de enero de 2012
Caricias
Las parejas no deberían hablar tanto como lo aconsejan las terapias ecuménicas. El diálogo está sobrevaluado. Se le atribuyen milagros que raramente se producen. Una caricia profunda basta para resolver todos los problemas. Una caricia en silencio y dedicación prolongada. Una caricia ejecutada sin esperar nada que no surja porque sí. Por el sólo hecho de tocar al otro y sentirlo en esa evidente verdad que anida en el cuerpo y no en el discurso. Quien tenga dudas al respecto puede probarlo ahora. El año nuevo debería servir, entre otras cosas, para experimentar cosas también nuevas y, sí, reparadoras.
L.
Andrea desde Colombia
Sigue sonando la pólvora a lo lejos. Y el viento golpea fuerte como suele pasar en los comienzos de enero. El pavo real de los vecinos grita demasiado. Hoy no han pasado
volando los papagallos. Otra escena habitual. Escucho el viento encerrada en mi habitación. Lo escucho atentamente.
Andrea
volando los papagallos. Otra escena habitual. Escucho el viento encerrada en mi habitación. Lo escucho atentamente.
Andrea
Teoría del blog
Los blogs no están hechos para contar cosas personales o inmediatas. O sí. Quizás estén hechos para eso. Ayer discutía de manera no muy amable con una ex alumna de escritura cuyo blog está dedicado mayormente a compartir intimidades. Le dije que aprovechara el espacio para generar historias y trabajar con las palabras. Cortó el teléfono y se fue. No. No fue por teléfono. No sé qué medio usó. Ya estoy entrando en la ficción. En realidad mi ex alumna quería contarme un viaje que hará a Sudáfrica en pocos días. Se había propuesto decirme que comerá carne de elefante, o de jirafa, y que beberá litros y litros de una cerveza negra muy rica que hacen ahí. Qué bien, le dije por decir algo. Pero ella levantó el teléfono y siguió la historia. Ah no. No fue por teléfono. Bueno. No importa. La cosa es que me contó que en su último viaje al sur de África se comió no sé cuántos elefantes y tomó litros de esa cerveza compuesta por algo que los peruanos conocen como leche de tigre. Es un conocido afrodisíaco que acompaña al cebiche. Este post ya no está contando cómo me levanté hoy, si me duché o hablé con mis tíos. Lo cierto es que mi ex alumna finalizó su relato diciendo que al regresar de su más reciente viaje sudafricano estuvo llorando todo el tiempo. No me gusta mi realidad, creo que dijo en el teléfono o por mail o a través de una paloma mensajera. No me gusta mi realidad. Esa fue la frase. Ahí está el punto. Por eso en los blogs no hay que contar lo que a uno le pasa sino, justamente, lo que a uno no le pasa. ¿Para qué? Para cambiar al menos en palabras esa realidad que no nos gusta.
L.
L.
Hombre lento
Un año demoré en comprender la definición lacaniana del amor. Dar lo que no se tiene a quien no es. Un año entero o quizás más me costó desentrañar un concepto tan sencillo y evidente. Por eso admiro a los que saben tanto de una manera inmediata y contundente. Los admiro de verdad. Siete años hicieron falta para entender que debía divorciarme. Otros diez pasaron hasta que supe que el amor era otra cosa. Cuando llegué me quise morir. Pero ya era tarde. Seis meses me costó releer Rayuela por décima vez. Releer diez veces un mismo libro que algunos expertos desprecian hasta convertirlo en lectura para adolescentes. Los pocos libros que escribí, alrededor de tres o cuatro, me llevaron la vida entera. Y encima están inconclusos. Siete veces vi Solaris, la película de Tarkovski, y todavía no la entiendo. Con las mujeres soy un desastre. Cuando voy ya están de vuelta. Y en la cama actúan como sabias milenarias. Yo tardo en descubrir mi papel específico. Demoro sobre todo en eyacular, lo admito, porque prefiero alargar al infinito las acciones previas. Eso aprendí de los taoístas luego de años de dura disciplina. Pequeños movimientos cotidianos que cualquiera resolvería en minutos me llevan semanas o meses. Ni hablar de las decisiones. Soy lento en todo sentido. Casi un subnormal. Pero no me gusta correr. No me sirve. Me cansa y después me duelen las piernas o la cintura. Por eso camino. O, para ser más honesto, por eso ni siquiera camino. Soy lento y tengo, para colmo, todo el tiempo disponible.
L.
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