domingo, 1 de enero de 2012
Concentración
Junto con la mezcla inevitable resulta imperiosa la concentración. Sobre todo ahora que la disolución mediática del mundo promueve la dispersión total y completa. Lo he visto en las aulas desde mi condición docente así que sé de lo que hablo. Ya nadie lee una página de un libro con la necesaria abstracción. La cantidad de entretenimientos de consumo es casi infinita, la confluencia de las mal llamadas redes sociales con los mails, los celulares multifunción, los ipods, la tele y las cámaras digitales han conseguido lo que el capitalismo más cerril jamás hubiera soñado, es decir, la enajenación global. Voy a hablar a lo bruto. Sin concentración no se vive, no se coge, no se goza. Tampoco se accede a la cultura y si se lo hace es de manera caótica. Mejor convertirse en una bestia y alimentarse de pájaros y nubes. Concentrarse es apagar la computadora un rato y ponerse plazos mínimos. En mi caso eso se traduce en una sola mujer, unos pocos libros y trabajos, viajes acotados, escribir menos en el blog. Si para alguien todo esto suena a las patéticas indicaciones de autoayuda lo siento. Pero no imagino una vida mínimamente digna de ese nombre sin un grado cada vez más grande e intenso de una casi erótica y divina concentración, al menos en mi caso, plan número uno para el año que recién comienza.
L.
L.
La mezcla
Mucha computadora nos desconecta del mundo y la vida. Apagarla de vez en cuando. Mucho amor mata al amor. Demasiada lectura nos aleja de la escritura que es la lectura puesta en acto. Muchos amigos llevan a la soledad disfrazada. Mucho blog impide hacer las cosas. Las redes sociales en general pueden ser una desgracia sin autocontrol. Mucho sexo resulta agotador. Poco sexo también. Mucho yo y yo y yo no permite salir hacia afuera y encontrar a alguien que nos acompañe a estar solos. Muchas frases convencionales nos alejan de la voz propia, es decir, la que de verdad nos representa. Mucha obsesión es patológica. En conclusión. El punto es la mezcla.
L.
Leila desde Brasil
Querem as tradições que se deseje felicidade às pessoas em algumas datas especiais. Uma delas, o Ano Novo. Desde pequena achava que felicidade pode se desejar todo dia e que cada noite dos dias de um ano também são um fim e um começo. Mas gostava de ver o entusiasmo de meu pai a contar os últimos minutos que faltavam para o ano mudar. Ontem estava com alguns amigos de meu filho na casa dele. E lá era impressionante a quantidade de fogos que víamos pela janela. Fogos me entristecem. Não gosto dos estrondos. As luzes no céu parecem passar por cima da tristeza e iludir que ela não existe. Un momento de euforia que só a torna mais evidente para mim. E sujam o ar e espantam os pássaros. Não gosto mesmo. Mas o vinho era bom e a companhia também. Aqui hoje o tempo está um pouco coberto e um vento forte varre o ar. Quase meio-dia e tudo parece ainda dormir. Não passam carros e o comércio fechado deixa as pessoas em casa. As folhas arrancadas das árvores viravolteiam no ar. Que paz! Vejo alí passar uma velha mulher com seu cachorro. Quando a conheci andava normalmente. Agora o cachorro dá um passo e se senta para esperar por ela que avança com dificuldade apoiada em uma bengala. Marcante imagem para o dia de um ano que começa. Será que o ano começa para todos?
Leila
Leila
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