miércoles, 2 de mayo de 2012

Lorna, piano y voz


Diez centímetros



La creación no es hija de la felicidad sino de la carencia. Decirlo así resulta chocante y antinatural. Pensar que el arte es el contrapeso de una angustia y no fruto de la alegría parece un contrasentido. La idea, sin embargo, fue sugerida tenazmente por Jacques Lacan de una manera poco elegante. Desde el comienzo de los tiempos -llegó a decir- toda creación está contenida en los diez centímetros que separan la mano de un hombre del culo de una mujer. Si llevara a término el gesto iniciado, es decir, si la mujer lo aceptara, bueno, eso podría terminar en coito...Pero no en creación. Si en cambio el hombre se privara del acto, si se impusiera la represión de su deseo, lo más probable es que regrese a su casa y componga la novena sinfonía, o que pinte la capilla sixtina, o que escriba La divina comedia o Cien años de soledad. ¿Lo dicho equivale a decir que todo artista encarna la frustración del ser? Negativo. No significa eso.
L.

El almohadón de plumas I


El almohadón de plumas II

El almohadón de plumas es un relato escalofriante. También la vida resulta, a veces, una mezcla de belleza y horror. Horacio Quiroga, el autor casi uruguayo/casi argentino, era algo bastante más incómodo que un almohadón de plumas. Algunos datos de su biografía alcanzan para entender algo. Quiroga nació en 1878. Su padre se mató en una cacería. Su padrastro, paralítico, se disparó un tiro de escopeta cuando el aún joven escritor tenía 17 años. Unos pocos años después, examinando una pistola de duelo, Quiroga mató a Federico Ferrando, su mejor amigo. Su primer amor fue turbulento y breve. Se dice que fue amante de Alfonsina Storni. Se sabe que casi toda su familia se suicidó al igual que la autora de Voy a dormir. También él se quitó la vida en febrero de 1937. Antes de eso, en 1928, chocó con su automóvil y se mutiló una mano. Y antes aún escribió los Cuentos de la selva y un notable conjunto de relatos que alcanzarían para asegurarle gloria eterna. Entre ellos A la deriva, Un peón, El hombre muerto y, por supuesto, El almohadón de plumas, historia, como la del autor, de una lenta, fulgurante y demorada extinción.
L. 

A galopar


martes, 1 de mayo de 2012

Aguas de mayo



Los que alguna vez creímos en la revolución como salvación del mundo estamos transitando un largo duelo. No porque hayamos perdido la esperanza en cambios de fondo sino porque nos vemos envueltos por un contexto más complejo de lo que pensábamos. Muchas revoluciones se devoraron a sí mismas y los trabajadores, por ejemplo en España, se ven disminuidos en número y poder por recortes brutales que obligan sobre todo a los jóvenes a quedarse de brazos cruzados, a luchar como indignados hasta donde puedan o a irse del país con rumbo incierto. Las fábricas no son islas socialistas, la mayoría de los dirigentes obreros defienden a los capitalistas y el mundo, más en general, no parece encaminarse por caminos de transformación y justicia. Los que aún aspiran a cambiar la vida no pueden proteger a la humanidad de la locura o el suicidio. No hay salvación total para nadie. Pero, ya lo hemos dicho acá, la totalidad es totalitaria. Los trabajadores sostienen la existencia y de ellos, diría Jesús, será el reino de los cielos. Los que trabajan no se conforman ni con nubes ni con arpas ni con ángeles sino con un lugar seguro donde vivir y soñar, quizás, con la revolución profunda que añoraban las generaciones pasadas. Mayo está lleno de recuerdos. No sólo por el día de los trabajadores que ayer conmemoramos. También por el Mayo Francés del 68 donde los jóvenes advertían, a quien quisiera escucharlos, que debajo del asfalto está la playa. Y que si somos realistas debemos luchar hasta el fin por lo imposible.
L.