jueves, 3 de mayo de 2012
Navegante o náufrago
Hay dos maneras de relacionarse con el mar. Una es la elegida condición de náufrago y ser víctima por decisión propia. Básicamente consiste en culpar al mar por todo lo que pasa, no mover siquiera los brazos, resignarse al vaivén de la marea. La segunda forma de relacionarse con el mar es convertirse en navegante o surfista, nadador en estilo libre, incluso en sirena o guardavidas. Hay también dos maneras de relacionarse con las olas. Una es enojarse con ellas, maldecir la espuma, temer el revolcón y llorar de rabia. La otra consiste en clavar el cuerpo dulcemente como una lanza de niebla, o como un sexo audaz, en ese hueco de agua tibia y gigante que tanto puede matarnos como darnos vida y alegría para siempre.
L.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Esquimales
Casi todas las especulaciones que se hacen sobre la infidelidad se basan en estrictos principios morales. Pero la moral es un factor histórico y esencialmente ambiguo. No es lo mismo la imperante en la época victoriana, en el medioevo, en la Argentina o en Afganistán. Leí que para un esquimal es signo de buena educación ofrecer su mujer al viajero para que se acueste con ella. Cuando el visitante se niega el anfitrión se siente gravemente ofendido y le pega con un palo. Imaginemos la situación. Afuera hace un frío atroz. No hay calefacción en el iglú. La manera más fácil de calentarse es el cuerpo humano. La mejor de todas se concentra en la cálida piel de las mujeres. Sería absurdo proponerle al hombre que se acueste con el marido o con una foca. La actitud de los esquimales es, por lo visto, una solución moralmente sana, generosa y principista.
Irse a la mierda
El arte de la fuga adopta en la Argentina la idea de irse a la mierda. Me lo dijo recién una compañera de yoga. Quiere irse a una montaña, al mar, a cualquier lado. La única condición es que no haya gente a la vista. Me lo dijo un taxista el sábado. Me habló de Cabo Polonio o de cualquier lugar de Uruguay. Me dijo que en ese país se vive a escala humana. Es posible. Tengo esa idea también. Le dije a mi compañera de yoga que lo primero que tiene que pensar es dónde queda la mierda. El segundo paso es irse allá. Me insistió. Un lugar donde no haya gente. Un desierto, le propuse. Un desierto, repitió, como en un mantra. Estábamos en yoga y el detalle no es menor.
L.
L.
La reina
Me arrodillo ante la reina. Ella es despótica y etérea como todas las reinas. Le temo y la adoro. La considero una diosa y me arrodillo temblando a la altura del suelo. La huelo. La tierra tiembla también. Luego coloco mis manos detrás de sus piernas y empiezo a subir por ellas. La mujer hierática está desnuda y no se mueve. Es la reina. Mis manos la toman fuertemente de las nalgas. Toda ella viene hacia mí como vienen la reinas cuando se rinden y caen. Podría decir que estoy soñando. Pero así son las cosas en este rincón del palacio.
L.
L.
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