Me cuenta Luciana, compañera de trabajo, el caso de Magui, una amiga que sostiene por razones incompresibles una relación de pareja desastrosa. El chico es muy estructurado, hace planes de vida a cien años, todo muy ordenadito, y eso molesta a Magui. Pero no está ahí el problema mayor. De tanto en tanto el hombre entra en crisis existenciales, depresiones o algo así. Frente a ellas Magui decide ocuparse de todos y cada uno de los problemas anímicos hasta "contener" a su compañero y resolver sus angustias. La pareja no mejora por eso. Al contrario. Empeora cada vez más. La historia narrada brevemente evoca a muchos otros servidores públicos que dan vueltas por ahí. Se trata de gente muy buena, o eso parece, que abandona sus proyectos personales, también sus conflictos, para ocuparse del próximo prójimo. Presentada así la cosa suena solidaria, linda y aún ejemplar. No lo veo así. Creo que los servidores públicos gozan de algún modo con su supuesta entrega. La tarea les sirve de paso para abandonarse y no hacerse cargo de la dificutad que implican los desafíos vitales. No hace falta añadir que la mejor manera de ayudar a alguien es ayudarse primero a uno mismo, adquirir más consistencia y, a partir de ahí, proyectarse amorosamente a los otros. Los servidores públicos no sirven a nadie. Mejor sería que abandonaran el altruismo y aprendieran a poner límites. Le harían un favor al otro. Se harían un favor a sí mismos.
L.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
¿Éxito o fracaso?
Las categorías de éxito o fracaso no ayudan a la hora del balance. La palabra balance tampoco ayuda. Ninguna palabra en realidad es suficiente. ¿Qué es el éxito? ¿Tener dinero? ¿Aparecer en los diarios o en la tapa de la revista Gente? ¿Casarse en Santiago de Chile con Camila Vallejo? ¿Publicar libros, tener muchos amigos y viajar en verano a la isla de Pascua? ¿Y qué cosa es el fracaso? ¿Desaprobar una materia en la facultad? ¿Morir sin haber conocido las ciudades de París y Nueva York? ¿Haber hecho el amor sin experimentar las 33 posiciones sumarias del Kama Sutra? ¿No tener casa propia? Ninguna de estas preguntas goza de una respuesta demasiado convincente. Ni éxito ni fracaso. Apenas sostener en el tiempo el hilo de la vida. Y una vez más. Aprender a vivir sin esperanza ni desesperación.
L.
martes, 4 de diciembre de 2012
Lo olvidado
Lo olvidado se recuerda en actos. Las consecuencias de este postulado son obvias. Al no transformar los hechos en palabras o metáforas corremos el riesgo de repetir infinitamente una serie muy amplia de actos no precisamente beneficiosos para nosotros. En tal caso lo más probable es que aquello que creíamos superado o resuelto vuelva en acto a molestar y a manejarnos como se dirige a una marioneta. Lo olvidado, cabe insistir, se recuerda en actos. Los actos se traducen luego en relaciones "nuevas" que son tan viejas y peligrosas como las anteriores. O en acciones frustrantes. O en certidumbres que deberían disolverse de una vez por todas. Conviene, en conclusión, recordar a través del lenguaje. Es más resbaloso que el acto. Pero al menos permite una toma de distancia.
L.
L.
Lo singular
Lo que más cuesta entender y aceptar es la existencia de objetos y personas y acontecimientos singulares. Daría la impresión de que todo el mundo se la pasa generalizando. Decimos "la gente", escribimos "la mayoría de", suponemos que "casi todos" hacen esto o aquello. Yo mismo acabo de escribir recién que "todo el mundo se la pasa". Los científicos suelen hablar de singularidades cuando se refieren, por ejemplo, al Big Bang o al movimiento errático de las micropartículas estudiadas por la física cuántica. Ninguna huella digital se parece a otra. Los fenómenos históricos no siguen leyes generales. Obedecen a una serie infinita de causas y efectos difíciles de prever. Lo singular, además, obliga a pensar, un ejercicio en lenta pero progresiva extinción. Pensar lo único. Ahí está el desafío central. Tan o más difícil, quizás, que pensar el todo.
L.
Mi primera nostalgia
Estoy tratando de recordar mi primera nostalgia. Tal vez en el momento menos pensado aparezca en forma de olor como todas mis nostalgias. Mi abuelo es como yo. Tiene 86 años y aún añora su infancia. Es tan romántico que casi raya lo patético. Siempre que voy a su casa me recuerda la historia de sus padres, dos campesinos jóvenes que al parecer se amaron con locura. Estuvieron juntos durante diez años y procrearon diez hijos. El último de ellos, mi tío abuelo Joaquín, nació con muchas dificultades, lo que le causó la muerte por desangramiento a mi bisabuela Carmelita. En ese entonces mi abuelo tendría cinco años. Era hermosa mi madrecita -dice a veces-. Con la piel blanca y una larga cabellera. Según él mi bisabuelo no aguantó la perspectiva de una vida sin ella y decidió morir. Ese fue el precio que decidió pagar por el privilegio de haber encontrado el amor de su existencia. ¿Cómo muere alguien por amor?, le pregunto a mi abuelo. Y me responde “sencillo, dejas de hacer todas las cosas que te traen felicidad”. En el caso de mi bisabuelo su muerte moral comenzó con algo tan simple como dejar de silbar y tocar la guitarra. Luego dejó de comer alimentos calientes. Supongo que se fue desvaneciendo como una nostalgia.
Andrea
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