jueves, 3 de enero de 2013
Último llamado
Como se lee en la columna del costado a partir del lunes 7 y hasta el 31 de enero voy a dictar un taller intensivo de escritura. Quedan todavía algunos lugares. Se trabaja con consignas puntuales, hay un apoyo amplio de apuntes teóricos y textos literarios de calidad probada y estimulante. Habrá dos encuentros semanales dado que el curso es presencial. Los interesados tienen que averiguar en www.delaspalabras.com o llamar al 5237-1131. También tienen la opción de escribir a lgruss@ciudad.com.ar
L.
L.
Ocultamiento
La naturaleza ama ocultarse. Lo dijo el griego Heráclito de Efeso hace más de 2.500 años. Una traducción más amplia del fragmento 123 sostiene que la naturaleza trascendente ama ocultarse. Aquí se agrega un punto más. Lo que habitualmente se nos escapa es la esencia de las cosas. Retenemos apenas la apariencia. Vemos los noticieros, leemos los diarios, buscamos algo por Internet...y nada. Nos quedamos otra vez vacíos. Sin entender la vida. O entendiendo muy poco de lo que nos rodea. ¿Por qué? Porque es condición de la naturaleza mostrar de ella lo más saliente y vacuo de su ser. Es, por ejemplo, lo que ocurre con algunas mujeres en las tapas de ciertas revistas. O con algunos políticos en sus discursos huecos. Lo esencial permanece oculto, y, para conocerlo al menos un poco, hay que indagar, callar, meditar, descubrir mundos como los navegantes del siglo XVI. También nosotros permanecemos ocultos aún cuando estamos, al menos por fuera, completamente desnudos y expuestos.
L.
L.
miércoles, 2 de enero de 2013
Desnudez
Hubo un tiempo que fue hermoso donde la desnudez no era considerada pecado ni ofensa. Hombres y mujeres se bañaban desnudos en los ríos y la visión de lo que luego fue prohibido no generaba ninguna reserva, ninguna excitación, ninguna censura. Vino después el castigo, la condena, las hojas de parra o de higuera. La desnudez fue violada por la ropa y las ideas. La desnudez se convirtió en negocio. Hubo un tiempo que sin embargo fue hermoso y ya fue olvidado. Hombres y mujeres no recuerdan cómo eran cuando eran.
L.
martes, 1 de enero de 2013
De regreso
De regreso de una cena de fin de año en bicicleta. La ciudad parece una puta en estado de exaltación. Los viejos se refugian en sus casas. Los estampidos ralean a las dos. Los autos van a mil con música a todo volumen. Los jóvenes cumplieron ya con sus familias y buscan acción en fiestas privadas o en algún salón abierto. Las chicas están vestidas como para la guerra. No calcularon el frío que ahora sube por sus piernas casi desnudas como ligero invasor. Los chicos no sueltan la botella a medio beber que trajeron de la cena. Debo cuidarme de ellos, de los autos, de los gritos, de los cohetes que arrojan los más desquiciados. Debo cuidarme en general. El viento juega con las bolsas. Desde los autos me insultan sin motivo. Subo de pronto a las veredas y avanzo firme contra el frío tenaz. El parque está oscuro y nadie corre hoy. Se adivinan parejas besándose en las entradas de los edificios. Los negros de mierda, esos que odian los patricios argentinos y sus cacerolas de plata, celebran a su manera. Quizás la mejor. Salen de sus casas tomadas a la calle, traen un equipo de música desde los cuartos ruinosos y se ponen a bailar en estado crítico. Al menos consiguen armar una danza colectiva. Es el famoso espíritu pagano de las fiestas. La verdadera hermandad de la que tanto se habla. Por suerte los golpes no llegan hasta mi cama donde, tras dejar la bicicleta sola en la sala, me arrojo como pidiendo ayuda a quienes, claro, no pueden dármela. No esta noche al menos. Tal vez nunca. Antes de entrar alcanzo a ver un graffiti estampado en una pared cercana a mi puerta de hinchada madera. Cualquier pedazo de plástico dura más que un amor eterno.
L.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



