viernes, 1 de febrero de 2013

Duración del amor

Es difícil medir la duración del amor. Freud se animó a calcularla entre dieciocho meses y tres años. Vaticinó que si la atracción se basa en la sorpresa mal puede esperarse que la novedad se estire muy lejos. Nada es para siempre. Por la razón que sea la misma persona que nos generó fuertes emociones en un momento deja de hacerlo en otro. Surge entonces una nueva sensación basada en la seguridad y el confort que se observa en parejas duraderas. Los enamorados del amor desesperan ante lo efímero y buscan dos caminos: cambiar de pareja asiduamente o mantener la estabilidad afectiva depositando la pasión en otra parte. Pero tampoco el adulterio resuelve el problema. Shakespeare pensaba que los únicos amores que duran son los que terminan en su mejor momento. Puede ser. También es cierto que a veces los amantes extraen más placer del propio entusiasmo que del objeto inspirador. Ningún camino es perfecto. Ya se sabe que en este mundo hay solo dos tragedias: una es no obtener lo que se quiere. La otra es obtenerlo.
L.

El dolor

El dolor baja como aceite desde un punto ciego de la espalda. El dolor es sabio. No quiere estancarse en un sitio y sale de paseo primero hacia el cuello y la cabeza, después rumbo a los hombros y finalmente hacia el pecho en forma de ágiles puntadas. Vuelve después a bajar por la columna para distribuirse lento y circular por las nalgas y seguir, río abajo, como atraído por alguien o algo, hasta estancarse en los dedos más ligeros e inocentes de los pies. No descansa el viajero. No deja espacio muscular y espiritual libre de espanto. Sube, baja, circula, muerde, no se va. El dolor es como el amor. O peor.
L.

Serpientes en celo


El juego amoroso de las serpientes se parece más a un combate de lucha libre que a un encuentro afectivo. Ambos participantes reconocen el sexo del otro gracias al olfato. A veces tres o más viboras se enrollan formando una madeja de lazos de amor riesgosa para algunos de los integrantes y fatal para el rival entrometido. Todavía no se sabe si esto supone una violación para la hembra o si esta última tiene capacidad de huir en el caso de que lo desee. En medio del lío el macho busca con su apéndice caudal la abertura genital de la hembra. No la encuentra con facilidad. Falla, como dicen los expertos, la sintonización fina, algo que también ocurre entre las palomas. El macho perdería tiempo si intentara empujar. El proceso puede durar horas e incluso días. Entre los hombres y mujeres, en cambio, eso mismo puede durar, como se dice, toda la vida.
L.

Frutos del cielo


La enfermera

El hombre estaba en la cama, casi dormido aún, cuando su mujer volvió a las seis del hospital. Despatarrado sobre el colchón semihundido bostezaba mientras ella le contaba las oscuras miserias de la guardia. La historia del chico desnucado que cayó de una cucheta. La del muerto a cuchilladas. La de la mujer diez veces violada por un grupo de borrachos. El hombre asentía y decía cosas entre incomprensibles y monosilábicas. La enfermera, tal era su oficio en un viejo hospital de extramuros, empezó a quitarse la ropa lentamente, casi con asco, pensando en tomar cuanto antes una ducha universal que le quitara los pesados olores de la agonía y la muerte. Estaba desnuda, o muy cerca de estarlo, cuando el hombre dejó de escuchar y se dio vuelta contra la pared de estuco. La enfermera recordó algo que escuchó en una de sus noches en vela. Un hombre que no mira a su mujer cuando se desviste es porque ya no la quiere. Muy pronto, cansada y como ida bajo la lluvia caliente, la mujer recordó la frase y se observó de cuerpo entero en el espejo.
L.