martes, 2 de abril de 2013

La necesidad


Aplicado al amor el verbo necesitar se vuelve peligroso. Necesito una mujer, necesito un porro, necesito un perro, necesito un auto, necesito un lavarropas, necesito alguien que me emparche un poco y que limpie mi cabeza. La lista puede o podría ser interminable. Necesito que alguien me ame o que por lo menos me haga masajes en el cuello y la cintura y por qué no más abajo, sí, en el culo, porque el dolor en el cuerpo no me deja siquiera escribir estas líneas desalineadas. Aplicado al amor o a lo que sea el verbo necesitar se vincula más al consumo puro y simple, como quien dice necesito un televisor, necesito comer, necesito coger y ya. No hay afecto en el verbo. No hay entrega. No parece que se comparta nada a partir de la necesidad individual. Necesito que venga una mujer y me ame, dice un poema de otros tiempos. Se reemplaza mujer por puta y nada esencial va a cambiar. No sé lo que quiero pero lo quiero ya, cantaban ayer los de Sumo. Lo mismo da. Deben existir frases mejores. Decir te necesito es sospechoso. Mejor te quiero. Mejor te amo. Pero mucho mejor será acabar con esto de una vez.
L. 

Lisboa

Rayuela erótica

Releyendo Rayuela, la novela experimental de Cortázar, me detengo en su profundo erotismo, que no es ginecológico sino profundo, es decir, un erotismo franco, ajeno a toda moralina, en carne viva como corresponde. Oliveira y la Maga hacen el amor o cogen de muchas maneras, siempre cotidianas, siempre distintas, siempre obscenas, una manera donde no faltan los olores, los fluidos que llenan la boca y otros agujeros, el cansancio, el cigarrillo, el hastío, todo eso que se mezcla en noches frenéticas o no tanto, esa pureza de pies sucios como el coito entre caimanes, no la pureza del santo sepulcro sino aquella del lecho un poco hundido en el centro con manchas, además, atesoradas como un recuerdo sin intención. Puro e impuro a la vez.
L.

Un comunista

Aguas que barren con todo

Con la lluvia de anoche, que fue constante, se inundó el comedor entero. En el torrente cayeron mis mejores libros, las fotos de antiguas novias, las cartas que escribió mi padre desde la cárcel, su acta de defunción, una vieja caja de preservativos, las últimas huellas que dejó, no en mi alma pero en el suelo, mi gato Grusswillis muerto en febrero. De pronto una circunstancia ajena nos anuncia no sólo que todos desapareceremos sino que también lo harán los objetos que nos acompañaron en la vida. Una simple lluvia alcanza para comprender la fugacidad de la existencia. Y tanto problema que nos hacemos por tonterías. Y tanto el tiempo que perdemos. Y esto, aquello y lo de más allá. Pero no hay que preocuparse. No es necesario el diluvio universal para que entendamos que estamos de paso. El tiempo corre, vuela y es atroz, y será mejor entregarnos a este día, no aprovecharlo porque nada se aprovecha, simplemente entregarnos en cuerpo y alma como si fuera, sí, el último día.
L.

lunes, 1 de abril de 2013

Acciones puras


Acciones puras. Como en el teatro. La pura acción en la que medita Oliveira en Rayuela. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Entrar a todos los lugares, salir de todos los lugares, caminar, correr, detenerse, estirarse, refugiarse, gritar si necesario, callar pero sin dejar de moverse nunca. Acciones puras como en el teatro que sólo por añadidura provoquen pensamientos, meditaciones inesperadas, sueños. Pero todo como resultado de la pura acción. ¿Será así la cosa?
L.

Gente absurda y maravillosa


El amor es maravilloso y absurdo, dice alguien. Pero la gente maravillosa y absurda no abunda. Más bien escasea. Y si esa gente existe con el tiempo y la rutina tiende a dejar de ser absurda y maravillosa. Tiende a aceptar mansamente la ley del mundo. Algunos, sin embargo, resisten, se esconden, se ríen de la ley del mundo y siguen resultando personas maravillosas y absurdas. Con ellas debemos quedarnos. Y quedarnos, claro, hasta el fin.
L.