L.
martes, 2 de septiembre de 2014
Noticia
La noticia es la siguiente. La vida es corta. Demasiado como para dejar pasar los días, las horas, los segundos como si nada pasara, como si diera igual, esta noche por ejemplo, suponer que es o será una copia de todas las noches, o el día de mañana, igual también a los días pasados y a los días por venir. La brevedad de la existencia no debería deprimir a nadie. Al contrario. Es el gran estímulo para vivir y sentir cada segundo, cada beso, cada abrazo, cada gota de miel o de lluvia con la mayor intensidad, como si este día fuera el último. Y de verdad lo es dado que no habrá otro igual en el futuro.
Yo es otro
¿Que actitud tomar ante el otro? ¿Me acerco? ¿Me alejo? ¿Lo niego? ¿Lo incorporo? ¿Le propongo una acción común? ¿Lo elimino? ¿Y qué significa descubrir al otro? Pensándolo bien uno puede encontrar a los demás en uno mismo. O darse cuenta de que no todos componemos una sustancia homogénea. O admitir que yo es otro y el otro es yo. Y que todo otro me incluye en su entretela más íntima y secreta. Tarde o temprano sé también que los otros son parte de mi ser. Y que también hay un otro lejano, extraño, cuya lengua y costumbres no entiendo. Y porque no lo entiendo lo rechazo. Y entonces dudo en admitirlo porque es raro, porque no comparto con él los mismos gustos y porque soy, somos, definitivamente ajenos en todos los campos. El mundo está lleno de otros. Sucede hasta en el interior de una misma sociedad. Pueden las mujeres ser extrañas para los hombres. Los niños para los adultos. Los locos para los "normales", los pobres para los ricos, los viejos para los jóvenes, los altos para los bajos. Como sea. Quiero hablar del descubrimiento que el yo hace del otro y los otros. Y no sé cómo empezar sin dejar de ser quién soy.
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Cómo hacer novelas eróticas
Leo en un supuesto manual de escritura literaria un método infalible para escribir una novela erótica. Uno de los puntos consiste en incluir personajes siempre dispuestos a realizar el acto sexual con quien sea y en cualquier circunstancia. Otra clave es implantar en una parte del relato alguna prohibición a fin de que sea transgredida en otro lugar de la narración. Se supone que esto excitará especialmente a las lectoras. En un tono pretendidamente irónico el manual sugiere que la extensión ideal de la novela es de 69 poses y 151 páginas. Por último el recetario aconseja incluir en la prosa un pasaje fuerte y descriptivo a fin de que la imaginación descanse. Qué absurdo. Los autores del manual no escucharon a tiempo una advertencia de Cortázar sobre el tema. Ahí el autor de La señorita Cora propone a los cultores del género desplegar sobre todo el lado más lúdico del sexo considerado en cualquiera de sus formas. Y que el erotismo, además, surja naturalmente, por necesidad y jamás por intención.
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Cómo hacer cuentos
Nadie sabe cómo escribir cuentos. Ni siquiera quienes los escriben. Muy especialmente estos últimos. Es un problema cuando en los talleres literarios alguien pregunta cómo se arma un buen relato. No hay recetas. No hay indicaciones precisas. No hay nada. Los coordinadores de alumnos de escritura, si son serios, no saben qué decir. Algunos, al borde de la desesperación, apelan a lo que han dicho al respecto autores de primera línea. Ninguno de ellos (Cortázar, Carver, Yourcenar, Rulfo, Chéjov, Hemingway, García Márquez, Quiroga, Cheever, Murakami, Vargas Llosa) tuvo jamás la menor idea acerca de la cuestión. A lo sumo alguna generalidad de escuela secundaria del tipo comienzo, nudo y desenlace. En definitiva. La pregunta por la técnica no tiene respuestas. Ni para escribir ni para soñar ni para vivir. Es una lástima que no exista ni un solo manual sobre narración de cuentos. Pero así es la cosa. Hay sin embargo una fórmula que no falla nunca. Se aprende a escribir cuentos escribiéndolos. Y, sobre todo, creyendo hasta el fin en lo que se está contando. ¿Un ejemplo de fe ciega en la historia desplegada? Tan triste como ella, un cuento excepcional de Juan Carlos Onetti.
L.
Cómo hacer el amor
Hay un cuento no muy conocido de Abelardo Castillo, autor argentino más desconocido que el relato, titulado La fornicación es un pájaro lúgubre. El texto es complejo y no viene al caso hablar de eso. Bender, el protagonista, dedica unas líneas a explicar lo que para él significa hacer el amor. Se trata, dice, de armar entre dos algo sin nombre, levantarlo piedra sobre piedra, arco a arco, columna a columna, y dejarlo instalado sobre el mundo como un desafío a los dioses. El amor, dicen Bender o Castillo, no puede hacerse en unas horas o en unas pocas semanas. Se tarda años. Hay hombres y mujeres que mueren sin haberlo hecho nunca y sin saber cómo se hace. Hay chicas y chicos a los que asesinaron sin haberles dejado levantar una sola viga. Hay pueblos enteros que son diezmados, supliciados, ardidos, aniquilados, sin darles tiempo a reunir los materiales necesarios para hacer el amor. ¿Y de qué se trata el acto exactamente? Eso Castillo no lo dice. Tampoco un blog modesto como éste puede ocuparse de semejante cosa. Cada cual sabrá. Alcanza con saber que construir una flor, o hacer el amor, es fruto de un trabajo de siglos. Se trata de un fruto raro. Pero delicioso.
L.
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