martes, 9 de marzo de 2010

Malas palabras


No hay nada más expresivo que las malas palabras. Por eso las califican de malas. Porque son demasiado buenas. La gente fina las encubre con sinónimos. Los políticos usan eufemismos. Los periodistas suelen inclinarse por las segundas palabras. Suponen que el oficio consiste en suplantar las primeras que vienen a la cabeza por otras más raras y sofisticadas. En lugar de murió dicen falleció. Si las cifras bajaron ponen descendieron. Los boqueteros del Macro no escaparon sino que se dieron a la fuga. Las modelos tienen lolas y no tetas. Pero no es así la vida. La gente tiene cara y no rostro. Las ventanas por lo general son de vidrio y no de cristal. Pero los malos poetas prefieren decir que la lluvia cae sobre los cristales. En cierta zona remota del cuerpo todos tenemos culo y no cola o trasero. Y la palabra ramera no tendrá jamás la dignidad de la palabra puta. Las parejas (finalmente) no cogen. A cambio hacen el amor. Pero el amor ya está hecho como el resto de las cosas de este mundo.
¿Para qué seguir fingiendo? ¿Por qué tanto miedo a la verdad?
L.

lunes, 8 de marzo de 2010

El enigma de los festivales


¿En base a qué criterios ganan películas en los festivales? Ya hablamos en este blog de El secreto de sus ojos. Dijimos que resume la quintaesencia de la argentinidad. Admitimos que es un film bien hecho, políticamente correcto, narrativamente impecable. Villamil es preciosa (es mi amiga y también por eso lo digo), Darín un genio, Francella -nacional, menemista y popular- compone un gran personaje. Hay morbo para todos los gustos. Mujer violada, buen cuerpo y desnuda, un hombre muestra su miembro en primer plano y, por si fuera poco, el estadio de Huracán se ve espectacular. Hay denuncias justas, final feliz, memoria y besos. La comunidad no tiene motivos de queja. Pero alguien debe decir (¿no están para eso los blogs?) que la película de Juan José Campanella es vulgar, inverosímil, cursi por donde se la vea. Sus protagonistas repiten la palabra pelotudo quinientas veces. Eso alegra y conforma a un público sediento de reales realidades. El segundo caso sorprendente es la película portuguesa Aquel querido mes de agosto, dirigida por Miguel Gomes y recién estrenada en Buenos Aires. Fue ganadora del Bafici 2009 y seleccionada en tres o cuatro festivales más. Eso, sin embargo, no impide que la película sea la peor que vi en muchos años. La mejor, en cambio, se llama Del olvido al no me acuerdo. Su director es el mexicano Juan Carlos Rulfo, hijo del autor de Pedro Páramo. Nunca ganará el Oscar ni nada. Pero es la mejor de todas.
L.

Psicología positiva


Hojeaba ayer en el quiosco una revista llamada Psicología Positiva. Lo primero que sorprende es el optimismo enfermizo que domina en sus páginas. Incurable casi. Pero lo más curioso es que todas las notas están llenas de indicaciones. No son consejos o sugerencias. Son órdenes. Parece que debemos ver solamente el lado bueno de las cosas, perder miedo al rechazo, no dejarnos influir por gente depresiva, mirar hacia adelante, buscar pareja adecuada (¿qué será eso?), darle más tiempo al placer, controlar impulsos que llevan al error, aceptar los defectos de los demás (incluido el mal aliento), sonreír siempre ante el dolor y dejar de recordar. La memoria sería para la revista un ejercicio inútil que sólo sirve para amargarse. Pensé que si el cambio de vida se fundara en cumplir esos mandatos todo sería demasiado fácil. Por eso (pensé también) el psicoanálisis no goza de popularidad. No promete nada, no da indicaciones de ningún tipo, invita a trabajar con el pasado en función del presente, descarta las oposiciones entre buenos y malos, angustia o felicidad, éxito o fracaso. ¿Para qué sirve entonces una terapia larga cuyo único resultado será empezar a vivir sabiendo? Mejor hablar con un buen amigo. O leer Psicología Positiva minutos antes de llorar.
L.

sábado, 6 de marzo de 2010

Por mano propia


En la pubertad los varones somos sorprendidos por un raro fenómeno llamado polución nocturna. La primera vez no entendemos nada. Pero después actuamos como los hombres primitivos que descubrieron el fuego. Aprendemos a hacerlo sin depender de la naturaleza. Algunas mujeres (novias, esposas, amantes de ocasión) se enojan cuando lo saben. Se sienten traicionadas. ¿Conmigo no alcanza?, preguntan como si uno hubiese ido de putas. No entienden que el placer en soledad es distinto. Ni mejor ni peor. Distinto. Algunos requieren el auxilio de revistas. No es mi caso. Prefiero leer tal o cual fragmento de Anaïs Nin o alguna página vibrante de Emmanuelle. A veces alcanza con recordar situaciones. Y entonces todo fluye como el discurso automático de los surrealistas. La culminación en parte decepciona. Pero eso no le quita valor. Podría decir que el sexo acompañado es más intenso y romántico. Pero sería una conclusión demasiado obvia, es decir, demasiado falsa. La unión física en pareja (además) es sólo una variante colectiva del goce individual. El hecho es tan evidente como inexplicable.
L.

Por mano propia II


Una almohada en soledad ocupa mejor los espacios. A veces adopta la forma deseada. O es sólo eso. Nunca necesité nombres o pensamientos. Confieso que durante una época debí recrear la escena de mi primera frustración. El placer llega siempre. En ocasiones con mayor dificultad. Hay días en que tengo la impresión de que todo es demasiado triste. Que ni siquiera alcanza intentarlo de nuevo. Pese a todo es un camino. Y un alivio cuando la duda aparece. Una prueba de que mi cuerpo es capaz de sentir.
A.

Por mano propia III

viernes, 5 de marzo de 2010

Luz en la ventana


El tiempo perdido forma parte de tu vida. Vi la frase en el colectivo poco antes de subir. Las preguntas incómodas aparecieron pronto. Por si acaso empecé a dibujar caras en un cuaderno. Mientras lo hacía una chica de escote pronunciado se dormía en el asiento enfrentado al mío. Junto a ella un hombre jugaba con el celular. Alcancé a ver la diminuta pantalla donde unas moscas verdes se movían como locas. De repente una luz tenue entró por la ventanilla. Cerré el cuaderno y me dejé llevar por la efímera ilusión. ¿Qué cosa será el tiempo perdido? ¿Y el aprovechado? Me lo pregunto ahora y sin ideas en este blog de lectores improbables. Andrea y yo somos un desastre. No ofrecemos ningún servicio, no informamos sobre nada, raramente nos ocupamos de política y mucho menos del deporte o la televisión. Tampoco hacemos chistes al estilo Barcelona. Cada posteo parece concentrarse en su propio desarrollo. Suspendelviaje es un pensamiento que se piensa. Solamente ahí encuentra el instrumento de su goce. ¿Masturbación textual? Es posible. El tiempo perdido forma parte de tu vida y también de este blog. La inutilidad es la base de todo lo que hacemos. No hay proyecto alguno dando vueltas. Sólo huellas de pies en retirada. Sólo sombras sin forma y sin apuro. ¿Qué cosa es el tiempo perdido? ¿Y el ganado? Las preguntas se repiten y ya es hora de intentar una respuesta. O dos. Aprovechar el tiempo es ponerlo al servicio del deseo.
El tiempo perdido es un tiempo olvidado.
L.