viernes, 16 de abril de 2010

Apasionarse es enfermarse


Dicen que la pasión se ubica en un grado más alto que el amor. ¿Será así? Las supuestas virtudes del apasionamiento son discutibles. En la pasión desenfrenada hay un deseo de satisfacción individual, de saciarse, de dirigir y dominar a los demás. En el amor (por el contrario) hay o debería haber una mezcla de sacralidad, paciencia y abnegación cotidiana. No es la abnegación del esclavo. Se trata del acto de entrega de quien (al amar) elude toda razón práctica. Apasionarse es enfermarse. Pero (valga la contradicción) vivir desapasionadamente conduce también a la enfermedad.
L.

jueves, 15 de abril de 2010

Mujeres que aman demasiado


La prosa de autoayuda es nefasta. Libros como Gente tóxica, Emociones tóxicas o Culos tóxicos son perfectas metáforas del veneno bien servido. Pero no todo termina en las publicaciones más vendidas. Acabo de recibir un mail dedicado, cuando no, a las mujeres que aman demasiado. Parece que tienen que amar mucho menos, cuidar la autoestima dañada y no vincularse con las personas equivocadas. Esta última idea llevaría a pensar que existen las personas correctas, la mujer de mi vida, el hombre de la vida o el perro de la salvación. La prosa de autoayuda se limita a dar indicaciones (órdenes) que sus propios autores no podrían cumplir jamás. Vivir es difícil y los procesos de cambio no son sencillos para nadie. Hay que buscar por otro lado y con paciencia. No hay gente tóxica ni pura. Hay solamente gente de todo tipo caminando por las calles. Los libros de autoayuda sólo ayudan a las editoriales y a los autores. Son tóxicos y (sobre todo) inútiles. Las mujeres que aman demasiado hacen lo correcto. Aunque se equivoquen.
L.

No podemos cambiar a nadie


Hombres y mujeres inician relaciones de pareja sabiendo que tal o cual detalle del otro no encaja en lo esperado. Le falta humor, fuma porro todo el día, es infiel, escucha Radio 10, no leyó a Cortázar, se viste mal, es torpe en la cama, no lava ni su ropa interior, etcétera. Unos y otros (pese a todo) confían en que podrán modificar algo de todo eso. O quizás todo. La voluntad de influir es grande y la paciencia (casi) infinita. Pronto se comprueba que el esfuerzo es inútil. Si el compañero de viaje no toma las riendas de su destino nadie lo hará por él. Entender esto es fundamental para cualquier vínculo. También el familiar. Una persona aprende a ser cualquier cosa menos lo que no es. Habrá que resignarse. No podemos cambiar a nadie y resulta imposible ayudar al que no se ayuda. Hay algo más. Si la otra persona evoluciona según lo planeado, ¿seguiremos amándola? ¿Y a nosotros quién nos cambia?
L.

Club de la pelea


J me dice que en sus clases de canto la voz le sale mejor y más vibrante cuando está enojada. Puedo entenderla. El enojo (el espíritu de pelea) aporta a la vida una energía inigualable. No hay armonía sin lucha de contrarios. No hablo de agresiones, golpes o daño. Me refiero a la necesaria disputa (con perdón de la palabra) que se produce cada tanto entre la gente. Al civilizado intercambio de ideas que acaba en gritos y portazos. Es inevitable que así sea. Para qué engañarnos. El ejemplo perfecto está en las parejas que terminan mal. ¿Acaso es posible separarse en buenos términos? No lo creo. Los amores que terminan bien no son amores. La guerra es general, decía Heráclito. Mejor vivir peleando que morir en paz.
L.

miércoles, 14 de abril de 2010

Mujer perdida


Ella se ve perdida y me lo dice. Hasta hoy estaba acostumbrada a tener todo bajo control y perfectamente organizado. El trabajo, el amor, los horarios de comer y de ir al baño. Ahora no sabe dónde ir. Está perdida. O se siente así. O me quiere impresionar. Yo no imagino situación mejor. Prefiero los extraviados a los dueños de los mapas y las puertas. Y se lo digo. Que se pierda por falta de caminos. Que se pierda (sí) para encontrarme. Y se lo digo.
L.

Irrealidad de lo real


La vida tiene más imaginación que nosotros. En esto deberían pensar los militantes del realismo extremo y la verdad indiscutible. Los defensores de la objetividad. Los que piensan que el perro es perro y nada más. Los periodistas obsesionados con la elocuencia de los hechos. Quizás el perro sea gato, luna o violeta de los alpes. Quizás debamos reinventar la existencia para verla por fin sin maquillaje. Alcanzaría mirar un poco alrededor. Ver el mundo desde la ventana o a través de una sucia alcantarilla. Hablar un rato con la señora del paraguas negro, con el chico del delivery, con el artesano de la feria. Observar las caras de la gente en el subte. Anotar diálogos oídos al pasar. Nada es lo que parece. Ni siquiera lo que es. La vida tiene más imaginación que nosotros. La realidad no es real.
L.

martes, 13 de abril de 2010

Órgano sexual


El amor es el órgano sexual más potente y efectivo que se haya inventado hasta hoy. No hay ni habrá jamás un afrodisíaco de alcance tan amplio. Error. Hay uno y es el humor. Una pareja sin humor no va ni para atrás. Por atrás puede ser. Pero no sólo por ahí. El orgasmo simultáneo sólo es posible gracias a la ironía constante, al humor negro, a la angustia metamorfoseada en risa y en sonrisa. No se trata de una nueva diversión. Es más bien una risa amarga. No la desesperante carcajada de las mujeres que salen de un show streeper. Es la risa a medias de los que se aman sin fe, es decir, de los que no apuestan a nada. La risa eterna y oscura de los que quieren sentir la vida. Todo se resume en un presente lleno de pasión, fragilidad y escepticismo. Rectifico entonces. El humor es el órgano sexual más poderoso que se haya inventado hasta hoy.

L.