
Nos habíamos citado en un bar próximo a su casa. El lugar nos gustaba porque era tranquilo y había un puesto de flores en la vereda. Hacía tres años que estábamos juntos y las nubes anticipaban tormenta. Mientras caminábamos ella se ofreció a llevar mi abrigo. Lo había hecho otras veces y el gesto me hizo pensar que todo estaba en orden. No había motivos de preocupación. Cualquier pareja se junta en un bar a tomar una coca-cola. Cuando anunció que me dejaba lo hizo con discreción. Ni una palabra de más. Te amé, creo que dijo. Te quise mucho hasta que se acabó el amor. Eso fue todo. A continuación busqué un billete de diez pesos y lo dejé en la mesa. Recuperé el saco abandonado en una silla y salí con rumbo incierto. Hace poco volví a pasar por esa esquina. Ya no hay un bar sino una lencería. El puesto de flores sigue ahí como si nada.
L.



