Cuando odiamos a alguien -mucho, poco o demasiado- lo erigimos en un dios, un rey, una figura de máxima importancia. Es casi como si le hiciéramos un homenaje o un honor especial. Es como si lo invitáramos a dormir en nuestra cama. Si el odio disminuye hasta desaparecer, en cambio, el sujeto rechazado pierde toda importancia, se convierte en un ser insignificante, un tonto, alguien que no merece ni un solo segundo de atención. Disuelto el odio la persona detestada adquiere su verdadera dimensión, bien menor a la que imaginábamos. Distinto es el amor, que requiere de su objeto y de un poco, al menos un poco, de fe y aceptación.
L.
viernes, 18 de noviembre de 2011
Seguir aquí
Seguir aquí resistiendo y compartiendo el desconcierto. El blog como una trinchera desarmada. O armada con ramitas de árbol caído en el país de nunca jamás. Seguir aquí como un francotirador que se ha quedado sin balas y sin ganas. Seguir sin un mensaje claro para darle a la población. Al contrario. Sólo frases desechas, incertidumbre, dolor, enfermedad, interminables dudas. Todo eso convertido en palabras que se miran con asombro en una playa nudista. O, peor aún, frases que adelgazan como hilos de lluvia antes de caer en una especie de show escandaloso y vibrante. Sin mensajes positivos. Sin maldito combustible espiritual. Una nave lanzada al espacio que hubiese perdido contacto con la base y, aún así, continúa dando vueltas y más vueltas en su órbita deforme.
L.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Mis alumnos
Ya la expresión mis alumnos suena altanera. Esas dos palabras imponen un halo de autoridad a quien las pronuncia, es decir, el maestro, es decir, yo. Aquí aparece el tema de las generalizaciones. Tiendo a englobar a "mis alumnos" en una especie de totalidad totalitaria, un mundo en decadencia, la ignorancia enciclopédica, etcétera. Y es verdad, como acaba de advertirme una joven egresada del Nacional Buenos Aires, que yo no los conozco, que hablo de generaciones como si fueran grandes equipos de fútbol, enormes grupos amorfos que no permiten visualizar la individualidad de cada cual. Estuvo bien la chica. Se llama Inés, parece un poco triste y tiene ojos claros. Estuvo bien ella y algunos más que se atrevieron a enfrentar mi discurso mesiánico de siempre. Soy también estudiante y sé de lo qué hablo. Nada tengo que decir de ellos ni de nadie. Comparto el desconcierto global, la duda sobre todas las cosas, las ganas de entender al menos algo. Porque las clases, tanto para alumnos como para profesores, son laboratorios de pensamiento colectivo donde no existen las respuestas absolutas para ninguna pregunta. Sólo un poco de aire movido por los labios, un pedacito de viento sin rumbo ni razones que, con el tiempo, puede transformarse en una rara y definitiva tempestad.
L.
Amor y convivencia
Las nuevas parejas ponen en discusión la idea de convivencia. Anoche, en el taller literario, se habló del tema. Paola dijo que cuando lo hizo estuvo bien pero que ya no. Nunca más. Le gusta estar sola y no quiere molestar al otro diciéndole que necesita estar sola. María defendió la idea de convivencia. Con mi marido nos llevamos bien, dijo. Nos divertimos juntos. Mauro y Lorena se quedaron mudos. Mónica dijo que su novio es músico y que no podría convivir junto a un músico por más que lo ame con toda su alma. Los demás callaron. También yo. Hay costumbres instaladas que no tienen por qué ser continuadas por inercia. Habría que salvar al amor de las instituciones. En eso estuvimos todos de acuerdo. Al concluir el debate, como al pasar, alguien citó a Víctor Hugo. El amor abre el paréntesis -dijo el escritor-. El matrimonio lo cierra.
L.
La lista
Le pido a Andrea una serie de razones para vivir. Se lo pido con urgencia. Ella cierra un libro que estaba leyendo (Walden) y piensa. La lista es, como ella, disparatada. Helado de menta granizada, dice como para empezar. Y lo que sigue incluye la Bahía Inútil en Tierra del Fuego, un bosque de lengas, las bromas que se repiten, el blog donde ella no escribe ni una línea, esperar en un bar a alguien que nunca llega. Disfrutar de la espera. El mar. La playa de la infancia. Los libros amados. Una tarde lluviosa de junio de 2009. Recordar juntos los viajes que no hicimos ni haremos nunca. Describir esos lugares jamás tocados. La freno. Le digo basta. Le digo está bien. Es suficiente. Son, creo, muy buenas razones para seguir viviendo. Andrea retoma la lectura.
L.
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