lunes, 11 de junio de 2012

Los martes de Obama

Cada martes el presidente Obama decide personalmente a quién matar esa semana. Parece exagerado pero así es. El dato acaba de ser confirmado por fuentes de primer orden. En el Departamento Oval los días de semejantes decisiones son conocidos como martes del terror. Obama y sus asesores se reúnen para evaluar biografías de supuestos terroristas y selecccionar los nuevos objetivos. El paso siguiente de Obama es dar luz verde a la nueva lista de condenados a muerte (kill list) y la operación se concreta. Su arma predilecta son los drones, aviones sin piloto controlados a distancia por funcionarios que trabajan en horarios de oficina y matan a gente que vive a miles y miles de kilómetros de distancia. Silenciosos y baratos los drones tienen una enorme autonomía de vuelo y no arriesgan vidas. Desde que Obama está en la Casa Blanca los ataques se mulitplicaron por cuatro. El principal objetivo del Premio Nobel de la Paz es no dejar huellas y exterminar a hombres y mujeres malos antes de que ataquen, si es que atacan, sin tratar de capturarlos y menos de juzgarlos. La fundación New America sostiene que entre 1.800 y 2.800 personas murieron en Pakistán a causa de los drones desde 2004 hasta hoy. Casi un veinte por ciento de ellos eran civiles. Recordemos. Obama había prometido cerrar la base de torturas de Guantánamo y se opuso a la guerra de Irak. Hoy el presidente progresista no duda en matar a quien considere su enemigo por encima de fronteras geográficas, morales o legales. En ese mundo vivimos. Mañana es martes. Hoy. La lista del terror está lista.
L.

400 golpes


Estamos cerca de alcanzar los cuatrocientos seguidores de este blog. Sabemos que eso significa poco para no decir nada. Sin embargo tenemos la esperanza de llegar a esa cifra redonda. Hay una película de François Truffaut llamada justamente así. 400 golpes. Es muy buena. La mejor. Cada nuevo seguidor de Suspende es un golpe a la mediocridad. Es un acto de resistencia quién sabe contra qué. Un acto inútil. Pero no estamos tan seguros. Nunca se sabe adónde van a parar los pequeños actos. Por algo los esperamos tanto.
L. 

Charcos


Para llegar a la casa había que eludir esos charcos odiosos que no eran charcos sino pantanos o pedazos de espejo donde se veía un cielo húmedo y quebrado. Nos preguntábamos si convenía volver a los restos de lo que alguna vez fue algo. Con la duda a cuestas retomamos la vieja cañada salpicada de pozos de arena y ocasionales huellas de animales. Avanzábamos tensos, callados, a ritmo parejo. Poco antes del anochecer llegamos a destino. No hizo falta llave porque la puerta se abrió sola, y ahí, en la sala grande, vimos el piano sin tapa, los sillones que compramos para la fiesta de los primos, dos o tres libros de anatomía, ilegibles ahora, y el bozal de la perra carcomido por los bichos. Las habitaciones parecían invadidas por un olor a peso y herrumbre, una pesadumbre apenas aliviada por el mar asomando entre los médanos. Nos echamos a dormir y despertamos envueltos en sábanas limpias y bien sujetas al colchón. No éramos fantasmas sino niños que bostezan en un cuarto ante el grito de una madre. Fuimos descalzos hasta la cocina y después del café bajamos al sótano para buscar hilo, plomadas y anzuelos afilados. Todo estaba en su lugar. El día prometía sol hasta la noche, un poco de viento apenas, y, si la suerte ayudaba, podíamos lanzar desde la costa. Era lo que más nos gustaba. No queríamos perder tiempo en mujeres, cabalgatas o paseos, menos ahora que los dos permanecíamos alertas por si las cañas se curvaban en la punta. Cuando oscureció volvimos a la casa donde el abuelo ensayaba melodías en el piano. No había sobremesas ni sorpresas en el patio. Mamá desdibujada por el humo de la olla, la tía peinándose en el baño, la perra dormida en el fondo del jardín. Pasados varios días con sus noches supimos, una vez más, que en la casa no había nadie. Nadie en la sala ni en los cuartos ni en el patio. Sólo agua estancada y sucia en los charcos del camino.
L.

domingo, 10 de junio de 2012

Mi vida

Todo bien



En Brasil dicen todo bien todo el tiempo. Tudo bem. Es una manera de pintar el mundo color de rosa y me parece perfecto. Lo hace la gente con frecuencia. Intenta dar una idea de felicidad completa. Ni una sombra. Ni una sombrita. A esa estrategia tan utilizada le veo, sin embargo, un problema. No es verosímil. Es difícil de admitir para una persona mínimamente razonable que una existencia carezca por completo de contradicciones. Nunca está tudo bem. Hasta en el paraíso hay mosquitos y abejorros. Hay algo que se goza pero también algo que duele. Es verdad que no tenemos por qué compartir lo que molesta con la humanidad entera. Entonces decimos todo bien o tudo bem como los brasileños. Lo peor que podría pasar es que nos creamos eso también nosotros. Fingir es posible hasta cierto punto. Seamos honestos. Sólo en la muerte está todo bien. Pero la vida, si es vida, no puede existir al margen de carencias, dudas, sentimientos oscuros y conflictos. Y menos un domingo. ¿Por qué tanto miedo a aceptar que las cosas son así y que pese a ello es posible reír, cantar, bailar y disfrutar buenísimos momentos?
L.