jueves, 6 de septiembre de 2012
Paula
Me enamoré de Paula cuando leí en su autobiografía que se consideraba parte de una asamblea de almas, es decir, que se sentía habitada por una multitud de Paulas que emergían y desaparecían alternativamente. La autobiografía fue el primer trabajo práctico de un curso de crónica periodística que dicté por internet. Lo que cuento ocurrió hace tres años y medio aproximadamente. Recuerdo que leí el texto con especial atención porque entendí que la autora no pretendía impactarme ni conmoverme como docente o persona. Entendí que Paula no le hablaba a nadie en particular sino que simplemente escribía lo que pensaba utilizando un lenguaje preciso y seco. Eso me sedujo al punto de comunicarme con ella a la distancia y hacerle saber que algo esencial había ocurrido en el planeta. No sé ante cuál de las Paulas terminé rendido como un pájaro cansado de volar. Pero sea quien sea se trata de la que ahora está conmigo y de la que me enamoré, quizás, para siempre. Sólo faltaría saber qué decidirá la asamblea en su próxima, casi inminente reunión.
L.
L.
La huida
Esto se relaciona con el texto de abajo y la unión posible viene de una verdad generalmente aceptada según la cual el hombre no es capaz de concebir la felicidad en el lugar y tiempo donde vive. Todo lo bueno está lejos. Nada más simple que querer salir de un lugar donde todo, al menos en apariencia, va mal. La felicidad no está jamás en el aquí y ahora sino, por decir algo, en Dinamarca, en una isla de la Polinesia, en un París mitificado por un viajero embobado, en esas divinas tierras de nadie que nadie, vale insistir, conoce ni conocerá. La huida no soluciona pero seduce como una mujer misteriosa y esquiva. Finalmente, acaso tarde, uno comprende, siguiendo a Borges, que los únicos paraísos son los paraísos perdidos.
L.
L.
¿Es usted religioso?
La pregunta me la hizo esta mañana mi analista cuando volví a la carga con mis quejas acerca del mundo y sus fracasos. ¿Es usted religioso? Le dije que no y ella deslizó que, de ser así, no debería pensar que hay un más allá, una especie de paraíso del que efectivamente fuimos expulsados y que yo, sin embargo, no dejo de extrañar como si realmente creyera en él. Es como si me moviera por la vida, dijo también, como un cruzado de un mundo inexistente que anuncia una buena nueva que nadie escucha. Es como si quisiera convencer a los demás acerca de la verdadera existencia del reino de los cielos. No es extraño, le dije. A veces me gustaría confiar en ese reino y habitarlo como corresponde. La tensión del intercambio no bajaba. Traté de desviar la atención de mi analista hablándole de la patria socialista, del sueño colectivo de toda una generación, de las desilusiones inevitables que siguieron a ese sueño y demás cuestiones que ya la tienen harta. ¿Es usted religioso?, volvió a preguntar. Señaló con sus ojos los grandes ventanales del consultorio. Eso es la vida, dijo. Y dio por terminada la sesión.
L.
Los encuentros
Uno llega al mundo para encontrarse continuamente con alguien. Los intentos que se hacen en contrario no resultan. Lo de afuera finalmente entra en nosotros así como lo de adentro finalmente sale. Los encuentros que valen se producen de manera azarosa, por algún desvío inesperado y raramente como fruto de un plan maravillosamente estructurado. De poco ayudan las intenciones. De nada sirve ponerse a buscar. De pronto, como los choques de autos o planetas, dos personas se encuentran. Eso puede llevar al cielo o al infierno pero lleva a algún lugar. No hay en la vida un único encuentro sino muchos. Los que importan entre todos ellos son dos o tres. A veces dos. A veces uno. Imposible saberlo si no se agota la experiencia que cada encuentro propone, casi, como un destino.
L.
L.
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