miércoles, 5 de marzo de 2014

Qué observar

El acto de mirar implica una elección definitiva. No miramos cualquier cosa. No abrimos los ojos para llenarlos de basura, no, al contrario, queremos ver/sentir por fin un poco de vida entre los muertos, una flor de alta montaña, una boca abierta al aire que empieza a soplar, lentamente primero, fuertemente después, viento y vendaval, ventarrón de almas, eso que queríamos ver y que sin embargo es invisible y desnudo como el viento o como el mar cuando es de noche. El acto de mirar implica algo más que eso. Porque una vez que vimos algo, ya se sabe, lo veremos siempre.
L.

Qué escuchar

Qué decir

Lo digo. No sé qué decir. Tu aliento debe ser suave. Espero que tu pis sea claro. No te veo arrugas, supongo que fueron todas juntas a otra parte. Tu pelo debe estar más lacio que un día común y la boca tan finita que ni te deja hablar. Tenés cara de perro, digo, de tener uno. Un perro y hasta diría que te inspira una tortuga. Me pregunto si los alimentás. Si le cortás verdura a la tortuga, eso hablaría bien de vos. Comés lechuga que ayuda a que el pis sea claro. Porque si fuera muy oscuro no podría soportar el olor a macho y ni hablar de compartir un baño con vos. Y que descubras dónde se aplican mis cremas, los libros que me ayudan, que huelas mi jabón. Eso sería terrible. Mirá si te desagrada y salís del baño enfurecido pero no decís nada. Como ahora. Y te vas. ¿En ésta bajás? Una lástima, desconocido, si tan sólo me hubieras dicho no sé qué decir.
Amatista

Compañero del alma

Miguel Hernández (1910-1942) poeta español, es un nombre casi totalmente olvidado e ignorado. Pensaba eso anoche releyendo algunos textos suyos (Nanas de la cebolla por ejemplo) y algo de su biografía. Miguel Hernández combatió por la república en la guerra civil. Todo terminó mal y el hombre pasó el resto de su vida de celda en celda, de castigo en castigo, de tortura en tortura. Antes se enamoró de una tal Josefina y tuvo un hijo que murió diez meses después de haber nacido. Luego tuvo un segundo hijo que nació un 4 de enero, es decir, el mismo día que yo. Más tarde, si no recuerdo mal, fue víctima de fiebre tifoidea y murió en la cárcel casi a la misma edad que tenía Mozart en su hora final. No sé a qué viene lo de Mozart. No sé a qué viene lo de Miguel Hernández. No dejes de ser niño/ nunca despiertes /No sepas lo que pasa/ Ni lo que ocurre.
L.

Con ojos tan azules

Libros

Me cuenta un mueblero que ya no se venden ni se fabrican bibliotecas. Nadie las pide en los negocios del ramo. Me cuenta la directora de una escuela que un porcentaje elevado de los alumnos (jóvenes de entre 19 y 25 años) no leyeron un solo libro completo en su vida. Pregunto a un escritor informado si los e-books están reemplazando a los libros en papel. Para nada, me dice. Hay gente que los tiene y carga cien mil volúmenes en la memoria digital. Pero no se lee lo que se carga. Ni un solo ejemplar. Ni una sola línea. Me cuenta el dueño de una librería céntrica que mucha gente compra libros de calidad, por ejemplo Rayuela de Cortázar, pero lo hace porque se cumple un aniversario o algo así. Es la compulsión del consumo, añade el librero. Después ni abren Rayuela. Nadie espere acá una defensa cerrada del acto de leer y tener libros. Para mensajes culturales y edificantes está Facebook y no estoy en plan de competir con esa red social. Muchos torturadores argentinos, muchos nazis a cargo de campos de concentración, eran fervorosos lectores y tenían buen gusto en materia musical. Ningún chileno tuvo nunca una biblioteca tan completa como la que poseía Pinochet cuando vivía. Se aproxima tal vez una vida sin libros, acaso sin palabras, sin amor, sin caricias, sin plantas ni animales. Todo esto puede sonar apocalíptico y lo es. Pero bueno. A cuidar nuestros libros en las bibliotecas. Todavía están ahí. Abrirlos de vez en cuando. Quién sabe ayuden un poco a vivir y a sobrevivir que es aún más importante. 
L.