Entre el público de clase media los plomeros, los que trabajan con las manos en general, tienen mala fama. Los plomeros son dueños de un saber especial pero en ocasiones cobran caro, a veces engañan y a veces, también, no hacen las cosas de la mejor manera. El fascismo secreto de los argentinos de bien suele asomar en tal o cual comentario despectivo sobre plomeros, carpinteros, mecánicos y otros desechos humanos de los que, diría Miki Vainilla, desearían prescindir. Pero yo no quería hablar de esto. Ocurre que en este mismo instante dos plomeros nacidos en Jujuy, pero que vivieron casi todo el tiempo en la localidad boliviana de Potosí, están haciendo un trabajo duro en el baño de mi casa. Ya rompieron todo el piso ahí. Sacaron de cuajo el inodoro, el bidé, la bañera, la pileta, en fin, todo lo que había. Mientra ellos trabajan yo, situado a escasos metros de ellos, escribo mis cosas, leo mis libros, corrijo textos de otros, es decir, hago un trabajo intelectual que suele ser muy valorado por el público de clase media culta y fascista, esa que con frecuencia visita el coqueto Malba, el museo de Bellas Artes y el Centro Borges. Todavía no sé qué me propongo decir en estas líneas. Los plomeros de Jujuy son hermanos pero no se nota. Trabajan callados y a conciencia. En pocas horas resolvieron casi todos los problemas que había en el baño de mi casa. Y no dijeron una sola palabra. En el medio yo leí un libro de Todorov, respondí mails, volví a otro libro de Foucault, reescribí textos ajenos, quiero decir, hice un trabajo refinado que, comparado con el de los plomeros, no sirve para nada. Lo digo a conciencia. No sirve para nada. Porque nada de lo que hago es comparable a la inteligencia natural y material de esos hombres que conocen de cerca la música de las cañerías, que saben cómo funciona por dentro un inodoro, que destruyen todo con la misma dulzura con que reconstruyen, insisto, sin decir palabras, de una manera casi invisible, respondiendo además a una sabiduría ancestral de la que obviamente carezco y careceré por siempre. Son dos plomeros. Dos tipos que no aparecerán nunca en los diarios. Dos verdaderos desechos comparables a los primeros hombres que poblaron la tierra en tiempos de la guerra del fuego. Pero en sus manos, y no en mi mente culta y erudita y enferma al mismo tiempo, descansa el futuro del mundo. Eso, claro, si es que tal futuro existe.
L.
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