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martes, 11 de enero de 2011

El instante que es todos los instantes


No vuelvas a perder tus momentos. Así dice el eslogan de una publicidad de cámaras digitales. No vuelvas a perder tus momentos. La indicación es clara. Si saco la foto salvo y recupero el momento vivido. Si no la saco el instante seguirá de largo. Qué lástima. Pero el tema podría verse al revés. Si saco la foto pierdo una posibilidad vital. Si estoy viviendo un momento feliz y me detengo para fotografiarlo me lo pierdo. Hay cosas que nos pasan de una vez y para siempre. De inmediato se colocan más allá del tiempo y el espacio. Y ahí se quedan convertidas en un vivero inagotable. La foto podrá estar o no estar. Qué importa eso. Los momentos no piden fotocopias. Piden, apenas, que nos entreguemos a ellos.
L.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Mirar fotos


Mirar fotos es un ejercicio triste. Lo borroso de la imagen subraya el paso del tiempo, la mancha que ciertos recuerdos nos dejaron, el mar que no es el mar, una caminata ya finalizada por un bosque, el movimiento congelado que no volverá a repetirse. Cada imagen es una constatación de actos que nacen y se esfuman. Cada foto nos dice que eso que estamos viendo ha sido, ya no es y no será.
L.

sábado, 7 de agosto de 2010

La foto


Cuando ella y yo bajamos a la playa las olas cumplían como siempre un antiguo ritual. Nubes ligeras viajaban de regreso al país de la pureza mientras las sombras invadían lentamente el escenario. El viento se hundía en el agua y armaba a su antojo todo tipo de dibujos y puntas y estallidos. El mar humeante, acariciado así, con tal esmero, se rompía en manchas de espuma incierta. Cuando ella y yo bajamos a la playa el mundo acababa de nacer y ningún sueño estaba muerto. Las luces huían temerosas hasta quedar reducidas a un solo fogonazo; desde el médano más alto el faro alumbraba débilmente el camino de los náufragos. Y las cosas ocurrían de ese modo cuando nosotros dos bajamos a la playa. En la orilla -un borde sinuoso y húmedo- brillaban algunas piedras que eran mudas como todo lo demás. En el horizonte los buques de carga asediaban la espera con sus arboladuras gigantes; gradualmente encendían sus lámparas de gas y no había de qué preocuparse. Fue entonces, cuando el mar derrumbó los últimos castillos, que pensé en apropiarme del momento. Una foto puede ser un buen sitio donde pasar la noche. Ella se descalzó para sentir el agua directamente con los pies. Antes, creo, se había sujetado el pelo con una cinta, mientras el frío nocturno erizaba la piel extremadamente blanca de sus piernas. Yo permanecí atrás, callado como las piedras, cuando por fin decidí mirarla a través del visor. El universo se mostró de pronto fuertemente recortado. Yo mismo fui borrado del paisaje. La única señal clara en ese cuadro era el perfil tembloroso de la mujer que (ahora) se había detenido a observar el océano como quien no termina de saber lo que está viendo. Todavía me duele su cuello. Todavía no entiendo bien lo que pasó. Y aún hoy mi cuerpo oscila como queriendo imitar la flotación de un barco en movimiento. De pronto una gaviota empezó a disputarle espacio al viento. Yo disparé (se escuchó clic) y alguna cosa se imprimió en algún lado para siempre. Ahora miro la foto en la pared. Decir que esto ha sido es confirmar que no será. Cuando ella y yo bajamos a la playa dejamos huellas de pies desnudos en la arena. Al día siguiente los buques abandonaron su exilio para ingresar al puerto. Anoche no pude dormir. Esta mañana me senté a escribir sobre una imagen que no deja de rondar en mi cabeza. Esta historia empezó cuando ella y yo estábamos descalzos, sin planes, dejándonos llevar por la marea. El resplandor finalmente se produjo. Pero los pactos no eran su destino.
L.

jueves, 8 de octubre de 2009

El álbum


Hace tiempo que no lo hago. Conozco los riesgos de un álbum abierto. Por eso lo cierro. Así está bien. Por eso las llaves y las puertas blindadas. Por eso todo. Caí en el error muchas veces. Antes me dejaba llevar. Miraba fascinado la serie de imágenes prohibidas: la de las grutas, las bicicletas rotas, el arco iris posterior a la última lluvia. Una más. Ella loca de risa y desnuda en el balcón. Ahora sé que son tomas trucadas. Nunca estuve ahí. No conozco a esa mujer. Debe ser el álbum de un vecino muerto. O no soy el que era. Sacaré nuevas fotos, escucharé nuevas voces, pisaré nuevas tierras antes del amanecer. No volveré a abrir un álbum que no me pertenece. Conozco los riesgos.
L.