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martes, 5 de julio de 2011

Décima y última conclusión


Decir a esta altura que nadie puede cambiar a nadie no es novedad. Quienes lo intentaron fracasaron. Algunas mujeres suponen que sus novios o maridos se dejarán moldear con el tiempo. Se esfuerzan para ello y algo consiguen. Pero no ha sido más que una pobre concesión. No cambian los novios y maridos. No cambian las mujeres. Y si alguien lo hace es resultado de un lento proceso interior en el que poco tienen que ver los de afuera. No podemos cambiar a nadie y tampoco puede enseñarse nada fundamental a ninguna persona. Los budistas resumían la idea en una espléndida máxima. Sé tu propia lámpara, decían. Cada cual debe aprender a tomar la luz de sí mismo y no servirse de la luz ajena. No tratar de parecerse a nadie. Los que disfruten de la literatura y la escritura no deben imitar a los clásicos. Ni deprimirse ante los genios. Quien quiera llegar a algo debe fundar la literatura nuevamente sin ignorar, claro, a los que nos precedieron. Y si no podemos cambiar a nadie tampoco podemos cambiar el mundo. Esto es así aunque duela. Pero podemos seguir el consejo de Rimbaud. Cambiar la vida. O el de Jean Paul Sartre. No importa tanto lo que hacen de nosotros sino lo que nosotros hacemos con lo que hicieron de nosotros.
L.

Novena conclusión


La angustia, la tristeza, incluso la desesperación, no son malas palabras. No debería sorprender, sin embargo, que la sociedad mediática y sometida las rechace tanto. Alcanza con mirar un poco los carteles publicitarios (destapá la felicidad, dice un cartel de cocacola) o con leer los mensajitos de aliento que gobiernan en facebook. Todo alegría, todo buena onda, pum para arriba o te mato. Ya tuvimos problemas en este blog por eso. O por ser oscuros, o por escribir para pocos, o por mostrar cierto grado de insatisfacción. El sólo hecho de aceptar el dolor de vivir y entregarnos a esa experiencia como quien se entrega a un duelo necesario puede ser visto hoy como un acto revolucionario y anticapitalista. Por eso y nada más que por eso tienen tanto éxito las nuevas biblias de autoayuda. Porque tiran buenas ondas, porque niegan, porque dicen eso que la gente quiere oír. Lo importante es quererse, las mujeres no deben amar demasiado, las personas de bien no deben juntarse con la gente tóxica, nadie tiene que autoboicotearse, todos debemos drogarnos con el combustible espiritual. Pero la autoayuda en realidad es sometimiento. Es obedecer las órdenes de un numeroso grupo de hipócritas. La autoayuda verdadera requiere a veces de una escucha analítica o, por lo menos, de un trabajo interior despojado de morales impuestas o metas edificantes. La alegría, el placer, la felicidad tampoco son malas palabras. Pero no basta mencionarlas para que el milagro se produzca. Hay que trabajar mucho y estar  dispuestos, además, a fracasar en la búsqueda de victorias totales. La luna aprendió a convivir con sus cráteres y su lado oscuro.  Tomemos entonces el ejemplo lunar. Y sepamos que sin esfuerzo no hay nada. Construir una pequeña flor es un trabajo de siglos.
L.

lunes, 4 de julio de 2011

Octava conclusión


La soledad no es el mal mayor. Al contrario. Es un bien escaso y cada vez más raro. Eso a no ser que entendamos por compañía a las fotitos de facebook, a la mal llamada "conexión permanente" del blakberry, a los constantes llamados familiares, amistosos o amorosos, a los mensajitos de texto que bombardean día y noche los celulares del mundo. Aunque tengamos todo eso y un millón de amigos, aunque nos llamen a cada rato y en las fiestas nos rodeen los mejores, la soledad es la condición más humana de todas. Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. En el medio, claro, alguien nos acompaña en la aventura y qué bueno que así sea. Qué bueno que haya una persona con la cual podamos compartir el silencio sin por ello sentirnos mal. Los que necesitan gente y ruido todo el tiempo están perdidos. La pareja que puede permanecer bien y en silencio durante un largo rato tiene futuro. La pareja que, en cambio, necesita hablar sin parar el día entero está en problemas. La soledad. El silencio. La paz compartida. Bienes raros y escasos.
L.

Séptima conclusión


Las ideas actúan como velos de extraña seda o vidrios oscuros. No dejan ver las cosas en sí mismas. Las ideas, los prejuicios, las religiones, los consejos familiares. ¿No sería mejor ver las cosas como si fuera por primera vez? ¿No ganaríamos en conocimientos si nos entregáramos a la experiencia de vivir como niños o, mejor, como nubes, plantas o animales? El sabio no tiene ideas, dice un viejo proverbio chino. Pero está dispuesto a tenerlas. Quizás debiéramos estar dispuestos a conectarnos directamente con la realidad sin ideologías ni estructuras previas. Mirar con algún grado de inocencia. Dejar lugar al asombro. Estar dispuestos a cambiar de idea y de vida si hace falta. ¿No sería mejor no saber que suponer que por viejos o por vivos ya sabemos y entendemos todo?
L.

domingo, 3 de julio de 2011

Sexta conclusión


Estar metidos todo el tiempo adentro de nosotros mismos es tan cómodo como riesgoso. Los bebés lo saben. Pero no sólo ellos. En ese micromundo parecido al útero no hay peligros ni presiones ni demandas. ¿Pero cuánto tiempo es posible quedarse ahí? Está ese viejo chiste de Woody Allen donde dice que él jamás se inscribiría a un club que lo tenga como socio. La mismidad es tan perfecta que a veces nos termina ahogando. En algún momento hay que abandonar el barco perfecto para conocer otros cuerpos, otras voces, otros ámbitos. De pronto entendemos que hay un mundo nuevo, distinto, por afuera de nosotros. Y que sólo saliendo del pesadísimo yo podremos en verdad conocernos, respirar, aliviarnos. El autoerotismo es una gran cosa. Pero no alcanza y por eso amamos.
L.  

sábado, 2 de julio de 2011

Quinta conclusión


Uno no puede pasarse el día pensando que va a morir, enfermar, perder amores y seres queridos. Tampoco recordando que el sol se apagará en unos cuantos millones de años y que todo, incluso Scarlett Johansson, desaparecerá para siempre. La verdad convocada a toda hora y en cualquier lugar puede resultar intolerable. Pero más intolerable es hacer como si nada pasara. Reír sin causa, ponerse una máscara, mirar siempre hacia otro lado y limitarse a drogarse con fuertes dosis de blackberry, familia o televisión. Porque si bien no existe algo llamado "la" verdad hay verdades parciales que conviene visitar de tanto en tanto. La mentira como sistema de vida no funciona. Vivir sabiendo, en cambio, es mejor opción. El principio del placer debería complementarse por el imbatible principio de realidad.
L.  

viernes, 1 de julio de 2011

Cuarta conclusión


Un ejemplo ayudará a entender mejor la cuarta conclusión del día. Inicialmente el bebé alucina la teta, es decir, no llora, no reclama sino que alucina y con eso le basta. En la etapa siguiente, cuando el hambre aprieta, el bebé siente que debe hacer algo más que alucinar. Entonces grita, llora, patalea, muerde. La madre entiende claramente el mensaje y le da de mamar. En cualquier momento de nuestras vidas, ahora mismo, suele pasarnos algo parecido al ejemplo propuesto. Y por favor no me vengan con el chiste de que los hombres vivimos alucinando tetas. Me refiero a que idealizamos situaciones, nos contentamos con eso y con lo que podría denominarse autoerotismo. Posponemos la acción concreta a cambio del ensueño y los eternos proyectos. Postergamos siempre y no ponemos el cuerpo. No lloramos ni pataleamos. Vivir rumiando angustias no resuelve nada. Al contrario. Agrava todos los problemas. La acción, en cambio, por más que duela y cueste, alivia y cura. Por delicadeza perdí mi vida, advertía Rimbaud. Y así es.
L.    

Tercera conclusión


Cada uno puede hacer con su vida lo que quiera. Puede y debe hacerlo ya que de ese modo se conectará con su deseo. Un hombre puede aprender chino, tocarle el culo a una pasajera en el subte, escribir un cuento, ser infiel o comprar una moto. Una mujer puede hacer pilates, desnudarse en público, estudiar la carrera de medicina forense o teñirse el pelo de rojo. Más allá de toda consideración moral o ideológica el campo libidinal es prácticamente infinito. Pero ese hombre y esa mujer deben saber que, hagan lo que hagan, tendrán que pagar por ello. Deben saber que nadie se salva del peaje en la autopista. Algunos se ilusionan con la posibilidad de avanzar sin consecuencias. Eso puede funcionar, y hasta cierto punto, en el corto plazo. Pero a la larga, sí o sí, pagan todos.
L.

Segunda conclusión


El amor es la invención más perfecta (a veces no tanto) de la raza humana. Eso no se discute por más que en ocasiones, o siempre, termine mal. En las reuniones sociales casi no se habla de otra cosa. La discografía completa de Maná gira sobre la cuestión. No hay novela, canción, película, poema o drama teatral donde no aparezcan besos, caricias y cosas aún más impactantes. Las pruebas son concluyentes. Platón habla de amor hasta cansarse en El banquete. Y Hesíodo, en su Teogonía, lo concibe como el primerísimo de todos los dioses. Lo dicho, sin embargo, no impide, como ya lo hemos subrayado, que el amor pueda ser visto a la manera de una invención tan prodigiosa como en su momento lo fueron la rueda y la brújula. Pero hay otro asunto a considerar. Por mejor que sea una relación amorosa no salva a sus integrantes en ningún sentido. Lo único que salva verdaderamente, si es que la salvación existe, es que cada hombre y cada mujer desarrolle un proyecto personal, algo propio, una producción, en fin, una balsa muy firme y personal que sobreviva a todos los tsunamis. Los que apuestan al amor como salvavidas excluyente se hunden sin remedio. ¿Ejemplo? Romeo y Julieta. Y no es el único.
L.   

Primera conclusión


No hay progreso en el mundo. Basta leer cualquier diario, o un buen libro de historia que no sea de Felipe Pigna, para comprobarlo. No hay tampoco estancamiento si bien Nietszche hablaba del eterno retorno. Esto último puede entenderse. Muchas vidas y pueblos giran en círculo como flores capturadas por un remolino fluvial. En conclusión. No hay regreso ni progreso ni detención. ¿Qué hay entonces? Las cosas cambian. Es lo único que sabemos. Las cosas cambian. Las personas cambian. La vida, nuestra vida, cambia.
L.