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lunes, 23 de mayo de 2011

La mujer de mi vida


Conocí a la mujer de mi vida cuando tenía apenas 17 años. Era morocha, se llamaba Flor y golpeaba fuerte el piso cuando caminaba. Unos años después encontré, por fin, a la mujer de mi vida. Era rubia, corpulenta sin exagerar, jugaba al voley en la playa y leía los libros de Mafalda. Un día ella me dejó. Durante un tiempo me dediqué a pasear perros y hacer avioncitos de papel. No voy a extender mucho esta historia. Creo que, en total, tuve ya unas treinta y cinco mujeres de mi vida. Pero ninguna se parece a la que debe estar por llegar y será, claro que sí, la mujer de mi vida.
L.

Hacer el amor


Ayer hice el amor. No voy a decir con quién porque me metería en problemas. Igual lo más importante es el extraordinario resultado de mi trabajo de ayer. Porque si hice el amor eso implica que nunca estuvo hecho, es decir, acabo de crear algo nuevo, distinto, que, a falta de nombre mejor, se llama amor. Es raro porque aún siendo yo el autor de la novedad no entiendo bien su significado exacto.
L.

Bañada en lágrimas


Carla despertó bañada en lágrimas. La novedad le permitió ahorrar agua justo cuando la crisis hídrica era más notable que nunca en la ciudad. Las lágrimas, además, limpian mejor y, como son pequeñas, se introducen delicadas en esquinas, grietas y recovecos imposibles de la anatomía. Carla estaba feliz como su cuerpo bañado en lágrimas. Ya no tuvo que volver a abrir la ducha como siempre lo hacía. Después se lavó con agua de vertiente y al día siguiente con la lluvia. Finalmente, ayer, despertó bañada en cerveza artesanal.
L.

domingo, 22 de mayo de 2011

Corría el año...

Corría el año 2003 y tanto corría, pero tanto, que no lo pude alcanzar. No es bueno que los años se larguen a correr sin dejarnos al menos un recuerdo, una canción, un sueño, una porción de torta, una carta de amor. No pasó lo mismo con el año 2009. Ese año no corrió. Decidió esperarme y por eso, qué suerte, lo alcancé.
L.

sábado, 17 de julio de 2010

Arte de la fuga


Una persona puede ser definida por eso de lo que se escapa. No tanto por el destino elegido. No tanto por sus ganas de huir. Aquello de lo que se escapa la define mejor. Pienso en mí por ejemplo. Huyo de las conversaciones largas, de la televisión, de los lugares comunes y de la chatura en cualquiera de sus formas. En tal caso me refugio en un bosque imaginario donde el único sonido que oigo es el viento entre las ramas. Una persona (yo o cualquiera) se define no tanto por lo que le gusta sino por aquello de lo que se escapa.
L.

viernes, 22 de enero de 2010

Lugares comunes


Mis compañeros de oficina se despiden los viernes diciendo buenfinde. Leo en el diario que una actriz se bañó en la piscina como dios la trajo al mundo. La gente suele tener sonrisas de oreja a oreja. Una vedette cuenta en la tele que para conquistar a su novio tuvo que remarla. Un alumno me dice que conoció a una chica en Gesell y que, después de la playa, pasó lo que tenía que pasar. Una nueva lectora de este blog escribe que la felicidad son momentos. Ya fue, dice una amiga. Más vale tarde que nunca, dice otra. Y más vale (también) pájaro en mano. No quiero convertirme en defensor de un lenguaje puro, liberado para siempre de lugares comunes. No soy quién para meterme con el discurso dominante y aprobado. Recuerdo a Neruda cuando advirtió que quien huye del mal gusto cae en el hielo. Es así. Pero qué bueno sería ponerle uno o dos cubitos a la conversación programada, a lo que dice todo el mundo, a la palabra convencional. Un poco de hielo. Encima con este calor...
L.