miércoles, 22 de diciembre de 2010

Lacan y el amor


Dice Lacan que amamos a la persona que responde a nuestra pregunta quién soy. Dice que nos enamoramos de aquel o aquella que tiene la respuesta a esa pregunta. Dice Lacan que algunas personas saben provocar amor en los otros. Son los serial lovers y conocen qué botones apretar para hacerse amar. Pero ellos, los serial lovers, casi no aman. Juegan con sus presas al gato y al ratón. Se resisten a admitir que necesitan a otro. Para amar, dice Lacan, hay que admitir la falta propia (la castración) y ponerla en otra persona. Amar es dar lo que no se tiene. Aceptar la falta es algo propio de las mujeres. Sólo se ama verdaderamente, por eso, desde lo femenino que anida en cada ser. De ahí cierto malestar masculino ante el hecho amoroso. También dice Lacan que cuando un hombre se consagra mucho a una sola mujer ella tiende a adquirir para él un carácter maternal. En tanto la mujer sea considerada más sublime e intocable resultará más amada. Pero tanta adoración presenta un problema. No hay trato físico (ni deseo) con la mujer santa o idolatrada en exceso. Para que el encuentro sexual sea posible el objeto de deseo debe ser degradado. Lacan, en resumen, dice que el diálogo de un sexo con el otro es imposible. Los enamorados están condenados a aprender indefinidamente la lengua del otro. Lo hacen a tientas y buscando claves siempre discutibles. El amor es un laberinto de malentendidos cuya salida no existe.
L.

Pensar y actuar


El sabio no tiene ideas pero está dispuesto a tenerlas. Y además piensa. En ocasiones da lugar en su mente a los pensamientos más inconvenientes. Piensa en matarse. Piensa, también, en acostarse con varias mujeres. El sabio es consciente de que mientras piense en el acto no lo ejecutará. Por eso lo considera y medita. Por eso fantasea afiebradamente con la posibilidad. Lo hace como quien se alimenta de sueños y semillas. ¿Pensar o actuar? Pensar y actuar.
L.

Si alguna vez fui un ave de paso

Colgado de un barranco

Días terribles I


Veo en televisión una publicidad que se inicia con preguntas fatales. ¿Te acordás cuando no había celulares y no podías estar conectado siempre con tus seres queridos? ¿Cuando no podías compartir fotos con tus amigos? ¿Cuando no podías hablar con ellos desde cualquier lugar y a toda hora? ¿Cuándo era imposible acceder a Internet desde la playa o un avión? Traté de recordar esa época desgraciada. Busqué en novelas, cartas, películas y diarios de otros tiempos pero no hallé indicios de la tragedia. ¿Cómo habrán sido esos días de horrible aislamiento? ¿Cómo pudieron los antiguos soportar la terrible conciencia de estar solos con ellos mismos y el mundo? Imagino por ejemplo un viaje en canoa y en silencio por un río en la selva amazónica. ¡Qué horror! Y quizás los viajeros eran indios salvajes. ¿Cómo habrán hecho esos hombres y mujeres desnudos, con cuerpos pintarrajeados, sin haber estudiado inglés y computación y sin poder comunicarse entre sí por vía digital? ¿Cómo sobrevivieron al mero contacto con los pájaros, el viento, los árboles y el agua? ¿Cómo pudieron vivir limitados al diálogo absurdo con sus dioses, sus miedos, sus tambores y sus pobres esperanzas? Prefiero ni pensar en ese pasado sombrío y desierto. Las tribus de hoy, por suerte, pueden estar conectadas desde cualquier lugar y a toda hora. La felicidad reina entre ellas y también entre nosotros.
L.

Días terribles II

martes, 21 de diciembre de 2010

Nueva carta desde Bogotá


El día acá está horrible. Me desperté muy temprano y fui al salón de belleza. Me peiné. El cabello ha crecido tantísimo. No lo tenía así de largo desde hacía como diez o cien años. Ahora debo arreglarme. El día está horrible pero para otros. Para mí es perfecto. Llueve, está oscuro y sentiré frío. Qué más puedo pedir. El deseo y su pestilencia. Las canciones de Celia Cruz. Estoy desnuda mientras escribo estas palabras. ¿Por qué? Porque así es la peste.
Andrea