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domingo, 15 de enero de 2012

Sin tetas no hay paraíso



Leo en un diario que miles de mujeres de 50 países sufren secuelas físicas y psicológicas por llevar en su interior prótesis de mama adulteradas. Dolores, quistes, rechazo, infecciones, miedo. Doce mil españolas demandaron por eso a clínicas y autoridades por falta de control. De acuerdo. Pero ese no es el problema principal. La pregunta es por qué esas mujeres eligieron el camino de la belleza artificial. ¿De qué querían salvarse? ¿Qué buscaban? Ahí está la cuestión. Desde mi condición de hombre digo siempre que, a cinco centímetros, varones y mujeres son básicamente iguales. Una mujer puede hacer con su vida y sus tetas lo que quiera. Pero, como insiste el psicoanálisis, tendrá que pagar un precio por ello. Lindas tetas implantadas no garantizan el paraíso. Y hasta pueden llevar al infierno. Buscar, mejor, la belleza interior. Lo perdurable.
L.

sábado, 15 de enero de 2011

La felicidad


La felicidad no es un sentido sino un estado. No es comprender sino ser. Por eso no debemos buscarla por ningún medio. Un día, una tarde, ocupados quién sabe en qué, tal vez ocurra el milagro. Somos felices y amados, somos plenos, cuando estamos pensando en otra cosa. A diferencia de lo que dicen los libros de autoayuda o de psicología positiva, la alegría es siempre involuntaria.
L.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Días terribles I


Veo en televisión una publicidad que se inicia con preguntas fatales. ¿Te acordás cuando no había celulares y no podías estar conectado siempre con tus seres queridos? ¿Cuando no podías compartir fotos con tus amigos? ¿Cuando no podías hablar con ellos desde cualquier lugar y a toda hora? ¿Cuándo era imposible acceder a Internet desde la playa o un avión? Traté de recordar esa época desgraciada. Busqué en novelas, cartas, películas y diarios de otros tiempos pero no hallé indicios de la tragedia. ¿Cómo habrán sido esos días de horrible aislamiento? ¿Cómo pudieron los antiguos soportar la terrible conciencia de estar solos con ellos mismos y el mundo? Imagino por ejemplo un viaje en canoa y en silencio por un río en la selva amazónica. ¡Qué horror! Y quizás los viajeros eran indios salvajes. ¿Cómo habrán hecho esos hombres y mujeres desnudos, con cuerpos pintarrajeados, sin haber estudiado inglés y computación y sin poder comunicarse entre sí por vía digital? ¿Cómo sobrevivieron al mero contacto con los pájaros, el viento, los árboles y el agua? ¿Cómo pudieron vivir limitados al diálogo absurdo con sus dioses, sus miedos, sus tambores y sus pobres esperanzas? Prefiero ni pensar en ese pasado sombrío y desierto. Las tribus de hoy, por suerte, pueden estar conectadas desde cualquier lugar y a toda hora. La felicidad reina entre ellas y también entre nosotros.
L.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Felicidad obligatoria


Nadie puede obligar a otro a ser feliz. Toda persona tiene derecho a estar triste. La angustia es un derecho humano como cualquiera. Pero una idea tan simple y fácilmente comprensible resulta poco menos que subversiva en estos días de plenitud. O sos positivo o hundís a todo el mundo, dice un deportista español en una entrevista reciente. En otras palabras y en plena dictadura militar lo subrayó también Palito Ortega en una canción pum para arriba. Si no te gusta que la gente esté contenta/ Si no te gusta ver feliz a los demás/ Tirate al río en la parte más profunda/ Y después, cuando te hundas, si querés podes gritar. Se sabe lo que pasó en esos años. Nadie se tiró al río porque no hizo falta. Otros se encargaron de hacerlo arrojando cuerpos al agua desde aviones felices. Hay una alegría impostada, bobalicona, medio estúpida, que cuenta con un gran número de adherentes en las redes sociales, en las revistas, en la calle, en los grupos de autoayuda. Todos bailan por un sueño. Pero no hay que engañarse. Los felices están al borde del desastre. Muchos de ellos desean en secreto ponerse a llorar como niños. Pero prefieren simular hasta donde sea posible. La psicología positiva cotiza alto en el mercado. Los valores suben más en estos días. ¡Feliz año nuevo para todos! Los que supuestamente niegan las cosas lindas de la vida no entran al juego de máscaras y esperan tranquilos su momento de gloria. No son amargados como piensan algunos. Al contrario. Viven cada instante con la mayor intensidad.
L.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Un proyecto de felicidad


Gran parte de mi generación dio la vida o parte de ella por realizar un proyecto de felicidad. El plan era o parecía bueno pero fracasó por motivos largos de resolver aquí. A muchos de nosotros nos mataron en centros de tortura y exterminio. El proyecto de tristeza tuvo más eficacia que nuestras deshilachadas banderas. Otros nos salvamos pero quedamos huérfanos. Casi mudos. Sin saber qué decir. Muchos de los supuestos revolucionarios (finalmente) se unieron a la fiesta de los triunfadores con el mayor cinismo. Gran parte de mi generación tiene una deuda con el presente. No hemos explicado a fondo lo que pasó. No nos cuestionamos en la medida necesaria. Todavía nos consideramos dueños de una verdad inamovible. ¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo establecer un mínimo diálogo con las nuevas generaciones sin examinar la derrota de nuestro proyecto de felicidad? No hay ni habrá futuro si no nos juntamos un día en una playa, alrededor del fuego, para tratar de explicar el fracaso y adivinar posibles caminos para que las banderas, aquellas u otras, vuelvan a flamear en la cima de renovados castillos de arena. Nuestro proyecto de felicidad sigue pendiente. Y continúa siendo el ahogado más hermoso del mundo.
L.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Los venenos


Ayer se cortó la luz en la manzana donde vivo. A la vuelta, eran las siete, se había incendiado un auto. Los bomberos dijeron que esa fue la causa del apagón. Desde un balcón varios vecinos la emprendieron contra otro situado justo enfrente. Como vieron que el hombre hacía arreglos en su casa lo acusaron del problema. Lo insultaron. Le tiraron piedras. El hombre bajó la persiana y no volvió a salir. Los propietarios de un edificio próximo pegaron carteles contra los dueños de perros que dejan a sus animales cagar en la vereda. No defiendo la caca de los perros. Tampoco a los irresponsables dueños de esos canes. Pero los carteles advierten que se ha echado veneno para todos en la vereda y en la calle. Algo huele a podrido en los barrios y el odio se cocina a fuego lento. Extraños deportistas espían por la mirilla y planean conspiraciones. Volvía del Coto recién y un desconocido que vive cerca me dijo que deje de escribir sobre amores perdidos y demás tristezas. Al parecer me conoce. La gente quiere ser feliz, informó. Me quedé pensando. Ya me amarga dedicarle un post a los venenos barriales. Mucho mejor hubiera sido escribir algo sobre amores perdidos y demás tristezas. Yo también soy la gente. Yo también quiero ser feliz.
L.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Esto no es un pez


Nos reíamos hace años de los libros de ciencia ficción. Las máquinas triunfaban sobre los hombres, o, peor, los hombres se convertían en robots. Nos reíamos a la orilla del mar de esas pesadillas propias de autores drogados. Jamás un aparato iba imponerse sobre nosotros. Y entonces leíamos poemas de antiguos juglares. O nos besábamos a la vista de todo el mundo. O corríamos como locos, desnudos, contra el viento, en la playa sin fin y sin principio. Encendíamos un fuego y cantábamos viejas canciones embebidas en cielo y lluvia. Ahora miramos desconcertados a nuestro alrededor. Ahora nos rodean extraños mecanismos. Máquinas espléndidas, teléfonos móviles que hasta nos masturban en secreto, cajas de sonido interminable, microondas, radios minúsculas, blackberrys fabulosos, sistemas de conexión múltiple y definitiva. Algunas mujeres se enamoran de vibradores y algunos hombres se alivian con muñecas o videos hot. Nos rodean cables y respiradores artificiales como en una sala de terapia intensiva. Se ha cortado para siempre la señal. Somos miles de millones y nadie conoce a nadie. Miramos el mar o algo que se le parece como fondo de pantalla. De pronto un pez cruza la escena.
A no asustarse. Si fuera de verdad todo se vendría abajo.
L.

martes, 24 de agosto de 2010

Felicidad total


Todos aspiramos a una vida sin problemas, sin conflictos, sin dramas. Todo alegría, todo fiesta, todo lindo. Soñamos con un estado de felicidad permanente, brutal e inoxidable. Y si no la encontramos la inventamos, alucinamos y hasta nos acostamos con ella. Pero sabemos en el fondo (atrás y adelante) que eso no existe. Que la vida no sería tal sin la maldita contradicción que nos empuja hacia adelante y que nos mata y nos da vida al mismo tiempo.
L.

sábado, 21 de agosto de 2010

Un paseo por el parque


De lejos la gente parece feliz. En eso pensaba hoy, recién, caminando sin planes por el Parque Centenario. Vi muchas madres solas y jóvenes con dos o tres chicos a la vez. Una de ellas, con los brazos llenos de tatuajes, intentaba jugar a la pelota con su hijo. Cansada de insistir (el niño estaba en otra cosa) prendió un cigarrillo y buscó nerviosa el celular. Más allá tres chicas hacían como que estudiaban un grueso pilón de fotocopias. Una (pude comprobarlo) no usaba corpiño. Cerca de ellas sonaban guitarras y tambores. Junto al lago, lleno de peces chinos, un hombre fotografiaba patos con su digital. Los artesanos estaban en asamblea y no sé para qué sigo enumerando circunstancias tan banales. Lo que vi hoy, recién, en el Parque Centenario no debe ser muy distinto a lo que puede observarse en cualquier parque del mundo. De lejos la gente parece feliz. ¿Y de cerca? De cerca, dice el poeta, nadie es normal.
L.

sábado, 31 de julio de 2010

La felicidad


Un movimiento político de Brasil pretende elevar la felicidad a derecho constitucional. Mais feliz, liderado por un tal Mauro Motoryn, dice que el Estado debería crear las condiciones para que las personas sean felices. La iniciativa quizás se inspire en la experiencia del pequeño estado de Bután, uno de los países más pobres del mundo. En 1972 al entonces rey de esa tierra condenada se le ocurrió la brillante idea de suplantar el clásico PBI por algo llamado Felicidad Interna Bruta, índice compuesto por 73 variables diferentes que comparan el bienestar y la satisfacción con la vida miserable de los habitantes. Brasil, según una reciente encuesta de Gallup, ocupa el puesto doce en el ranking de los países más felices del planeta. Uno de los primeros es o era Colombia, país hermoso pero gobernado por el crimen institucional, las mafias del narcotráfico, la violencia indiscriminada y las siniestras bandas paramilitares. Al margen de esto y aquello la idea de elevar la felicidad a derecho constitucional resulta por lo menos absurda. La alegría de la gente no depende de ningún índice económico, social o político. ¿Qué cara habría puesto el filósofo irlandés Bernard Shaw ante la propuesta del movimiento Mais Feliz? El cáustico Shaw solía decir que nadie podría soportar una vida llena de felicidad. Semejante cosa (dijo) sería algo demasiado parecido al infierno.
L.

sábado, 24 de julio de 2010

Felicidad obligatoria


No está de moda la verdad. Sentirse mal es algo que debe ser cuidadosamente ocultado. Debemos parecer felices a toda hora como si formáramos parte de una publicidad de cerveza. Nos venden un mundo donde la gente ríe constantemente. Es un mundo sin nostalgia, sin dolores, sin rabia ni miedo. Pero no es así la vida. No lo es de ninguna manera. Ciertos árboles sólo fructifican una vez cada veinticinco años. Las golondrinas copulan en vuelo si no hay tormenta. El mundo no siempre es lo que pensamos. La tristeza dejó de ser un derecho para convertirse en una enfermedad. Pero no hay salud posible en las muecas forzadas e impuestas. La rebelión está en ser exactamente eso que somos. Con todo y contra todos. Quién sabe. Quizás la felicidad verdadera empiece justamente por ahí.
L.

jueves, 15 de julio de 2010

No ceder ante el deseo


Hay algo en cada uno de nosotros que no se adapta a ninguna orden, a ningún poder, a ninguna influencia por más poderosa que sea. Y ese algo es el deseo. Es lo que abre las puertas de la libertad individual y colectiva. El deseo es revolucionario. Naturalmente se opone a quienes pretenden controlarlo. Tampoco el deseo sexual se deja moldear. Tampoco la vocación más oculta. Tampoco lo que nos da miedo o verguenza. Si cedemos ante el deseo todo puede derrumbarse. Si no cedemos florecerán mil flores. Esto es así aún sabiendo que el deseo incluye una cuota inevitable de dolor. No hay satisfacción plena para el deseo. Pero su ley instaura el divino reino del ojalá. Y ese reino está habitado por la única felicidad posible.
L.