
La diferencia principal entre la prosa de autoayuda y la literatura es que esta última, a diferencia de la primera, no sirve para nada. La otra tampoco por más que se presente como algo práctico, útil y necesario. La autoayuda da indicaciones fáciles de entender aunque no tan fáciles de aplicar. Enseña a hacer el amor con una misma persona toda la vida, sugiere de quién podemos hacernos amigos y de quién no, dictamina sobre la dieta mejor compuesta. Libros como Catedral, La vida breve o Pedro Páramo, en cambio, fracasan ya en la primera página. No sirven ni para coger ni para bailar ni para comer. No pretenden nada más allá de sí mismos. Son por completo inútiles. ¿Pero de qué sirven el amor, la lluvia, la orilla de un mar o la tristeza? La literatura no ayuda a responder esa pregunta. Pero nos acompaña en el simple acto de formularla. Y nos alivia al susurrar muy suavemente que un buen libro, como una canoa inesperada y loca, podrá salvarnos del desastre en el último minuto.
L.



