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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Autoayuda y literatura


La diferencia principal entre la prosa de autoayuda y la literatura es que esta última, a diferencia de la primera, no sirve para nada. La otra tampoco por más que se presente como algo práctico, útil y necesario. La autoayuda da indicaciones fáciles de entender aunque no tan fáciles de aplicar. Enseña a hacer el amor con una misma persona toda la vida, sugiere de quién podemos hacernos amigos y de quién no, dictamina sobre la dieta mejor compuesta. Libros como Catedral, La vida breve o Pedro Páramo, en cambio, fracasan ya en la primera página. No sirven ni para coger ni para bailar ni para comer. No pretenden nada más allá de sí mismos. Son por completo inútiles. ¿Pero de qué sirven el amor, la lluvia, la orilla de un mar o la tristeza? La literatura no ayuda a responder esa pregunta. Pero nos acompaña en el simple acto de formularla. Y nos alivia al susurrar muy suavemente que un buen libro, como una canoa inesperada y loca, podrá salvarnos del desastre en el último minuto.
L.

Pornografía y erotismo


Si pornografía es la verdad al desnudo (lo brutal) y erotismo la mentira edulcorada y decorada (lo fino) resulta mil veces preferible la pornografía. Pero no son así las cosas. La pornografía observable en videos, revistas, Internet o programas de Tinelli es santurrona, vulgar e intrascendente por donde se la vea. Un primer plano de culos, tetas y genitales no conmueve, ya, a nadie. Tampoco implica riesgo estético alguno. El abordaje a fondo de la vida sexual, algo de primer orden para todos, va por otro lado. La verdadera trasgresión no se limita a exhibir. Mostrar la pura anatomía hasta el máximo detalle no cambia el alma de nadie. No erotiza a nadie. Lo que verdaderamente nos excita es la entrega física y espiritual, la metáfora que ilumina, la humedad que también es rocío, lluvia, horno encendido para calentar los mares y los sueños.
L.

jueves, 14 de octubre de 2010

Las cosas lindas de la vida


Cuando digo lo que digo en este blog sobre los mineros chilenos y otros temas suelo ser tildado de amargado, depresivo, triste, negativo, un bajón irremediable. Cuando digo lo que digo en este blog sobre el amor, la política, el calentamiento global, la muerte y otras cuestiones igualmente banales me acusan de no ver las cosas lindas de la vida. Parece que me fijo solamente en las cosas feas. No voy a dar explicaciones al respecto. Entiendo que a la mayoría de la gente le gusta hablar solamente de lo positivo (por ejemplo del helado de sambayón) y me parece bien. De alguna manera soy eso que ahora llaman gente tóxica. Asumo ese lugar con cierto secreto orgullo. Andrea y yo, los que sostenemos este espacio, no vamos a convertirlo jamás en un libro de autoayuda. Lo hemos dicho mil veces y en varios idiomas. Nuestra mayor felicidad se relaciona con la verdad y jamás con la hipocresía. Y si eso es amargura, bueno, así será. ¿Elogio de las sombras? También. Hasta la luna tiene una cara oscura detrás de su lado radiante y luminoso. De no ser así no existiría. Pero también elogio del viento en el bosque a cierta hora de la tarde casi convertida en noche. Y de la orilla del mar en una playa desierta como la vi, creo, dos o tres días atrás.
L.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Sin regreso


Si uno se manda una cagada, o, dicho de un modo más fino, si uno hiere a otra persona directa o indirectamente, quiero decir, si uno comete un error, admitiendo que exista algo llamado error, si uno hace algo de consecuencias indeseables, la pregunta es o sería si es posible volver al principio anterior al principio, esto es, regresar al instante previo a la ejecución de la cagada, o, dicho de un modo más fino, al error inicial y conjurarlo en su cuna. La respuesta es no. Resulta imposible rebobinar la secuencia. Se podrá reciclar lo actuado, usarlo como enseñanza para el futuro, aprender a convivir con la mancha. Repensar. Rectificar. Pero no hay vuelta atrás.
L.

domingo, 11 de julio de 2010

¿El tiempo se pierde?


La periodista española Rosa Montero ataca a Lenin en su columna semanal del diario El país. Su deducción es simple. De no haber nacido el autor de El estado y la revolución la historia no hubiera perdido tiempo en Rusia ni hubiera calentado la cabeza de tantos jóvenes con la utopía de un mundo mejor. La idea resulta por lo menos absurda. ¿Qué sentido tuvo la revolución de mayo si en 1976 tuvimos una dictadura que obedeció al imperio? ¿Por qué se perdió tiempo con la revolución francesa, la cubana o la china? ¿No hubiese sido más práctico implantar un McDonald's universal y decretar el fin de la historia para siempre? Llevado el razonamiento al plano personal las conclusiones serían igualmente estériles. ¿Para qué me casé si luego descubrí el amor? ¿Para qué estudié filosofía si terminé como recepcionista en un hotel? Ningún tiempo es perdido. Ningún tiempo es ganado. El tiempo no existe. Lo único cierto es un camino largo que (para bien o para mal) hubo y habrá que atravesar.
L.