jueves, 31 de octubre de 2013

Momento perfecto


Ocurrió anoche en una escuela de periodismo. Yo dictaba una clase sobre cuestionarios fijos. Hacía calor en el aula y elegí, al azar, una alumna llamada Nieves. Le hice una de las veintisiete preguntas del Cuestionario Proust. ¿Cómo imaginás un momento perfecto? Nieves pensó un rato. Y otro más. Finalmente dijo que su momento soñado debía transcurrir en una playa. Sentada en una playa, especificó. Sentada en una playa bajo el sol. ¿Sola o acompañada?, repregunté. Obviamente acompañada, respondió. Jamás estaría sola en una playa ni en ningún lado. No es divertido. Parecía enojada. Aun así, tras un silencio, pronuncié la palabra depende. Y finalmente, cansado por el trabajo del día, le dije a Nieves que a veces la soledad es la mejor compañía. Error. Algunos alumnos me miraron como se mira a un extraterrestre. Comprendí que para la mayoría de ellos la soledad es o sería el peor castigo. Sentí que estaba enfrentando una ideología dominante. O acaso a toda una generación. Tomé lista, di por finalizada la clase y viajé hasta mi casa donde la soledad, vestida de fiesta, me esperaba tan linda como siempre.
L.

miércoles, 30 de octubre de 2013

La mentira imposible


Se puede mentir en el teatro, en la casa, en la cama, en el trabajo, en el amor. Se puede mentir en la vida, en la muerte, en la soledad, en un velorio y aún en el frío y sombrío confesionario. Se puede mentir en el cine, en la calle, en un cuarto de hospital, en la red del pescador o en la del pecador. Se puede mentir en todas partes menos en una que cada cual podrá imaginar, alimentar y sostener. Hay, debe haber, un lugar de la mentira imposible, un modelo vivo y desnudo, una canción que nace porque sí, como la música que ahoga suspiros fingidos, como un puente de frágiles cañas, un fuego en la nieve, una burbuja de silencio en el desierto de los ruidos.
L.

lunes, 28 de octubre de 2013

Paula y Camila


Somos rutinarios con Paula. Por lo general nos acostamos temprano, aprovechamos el silencio de los tambores nocturnos y vemos la película que esté más a mano. Paula vestida apenas con remera y yo desnudo como siempre o casi. Nos apretamos luego contra el mundo y vemos películas tristes, otro placer temido y compartido. Poco a poco mezclamos pies, nalgas y angustias y nos entregamos a lo que venga sin esperanzas ni desesperación. Ayer fue el turno de Camila, una película argentina situada en tiempos del rosismo. Un cura valiente y una mujer de la alta sociedad entran en contubernio amoroso y sexual, son perseguidos y finalmente fusilados en nombre de la santa federación y la divisa punzó. Aprovecho esos momentos para acariciar a Paula y frotarla como de paso en las zonas más sensibles, remotas y oscuras. Ella se deja hacer mientras llora sin freno ante los trabajos de amor perdidos y el consabido y trágico final. Apagamos después las luces y Paula sigue llorando y pide que gire el cuerpo hacia la pared. A continuación me abraza por atrás y lo que sigue depende de la velocidad de las balas que acaban, una a una, con las vidas y el amor posible/imposible de Camila y el cura condenados por el tiempo, el dolor, la historia y el destino.
L.

sábado, 26 de octubre de 2013

Menos es más

Nos quieren convencer de que vivir es sumar. Signo más aquí, allá y en todas partes. Llenarse de títulos, amores, autos, casas, trabajos, objetos, sujetos y sujetas. Colmarnos siempre como globos y bolsas. El principio suele ser aplicado a las demás cosas. La escritura por ejemplo. Llenar la pantalla o el papel de palabras y palabras aunque sean huecas. Pero que no falten. Ante ese criterio acumulativo oponer la economía, es decir, eliminar de la vida y el discurso todo lo eliminable. Cambiar la apariencia por la esencia. La escritura y la vida como operación de sustracción y no de suma. Vaciarse al fin. Un amor se mide apenas por su intensidad y no por lo que suma. ¿Y qué queda al fin? No queda más que viento, vacío, música y belleza.
L.

viernes, 25 de octubre de 2013

Kabul


Me dice Paula que viaja a Kabul. Mientras se ducha me lo dice. Ella deja la puerta abierta por si acaso y el vapor llena el cuarto mientras canta o habla. ¿Kabul? Eso queda lejos, le digo mientras busco la toalla que pidió. A Kabul, sí, se hace un congreso de psiquiatría. ¿Y vos que tenés que ver con la psiquiatría? La conversación es absurda. Cuando entro al baño vuelvo a deslumbrarme con el cuerpo desnudo de Paula. La imagino en un hotel de Kabul siéndome infiel con un talibán o un marine de pelo cortito. Afganistán es un país en guerra, le digo. No parece un buen destino. Paula se pone una toalla como turbante y con otra frota su cuerpo duro, los pechos en punta, las nalgas redondas. Kabul, insiste Paula. Me voy a Kabul en noviembre. Fui invitada a un congreso de psiquiatría. Quiero conocer el mundo. Acaba de cerrar la canilla. Se ha quitado el turbante y me mira, envuelta en vapor, desde el baño perfumado. La palabra Kabul resuena peligrosamente sobre la cama.
L.

jueves, 24 de octubre de 2013

Paula y el deseo



Paula se sienta en la cama entredormida como siempre. Está desnuda de la cintura para arriba y permanece atenta como si quisiera probar que está despierta. La miro sin hablar y le pregunto cosas de manera inesperada. ¿Ya no te gusto? ¿Ya no querés dormir conmigo? ¿Acaso te gustan otros hombres? Paula piensa en lo que va a decir. Antes bosteza. Antes se rasca la cabeza y acomoda la almohada como si quisiera volver al pasado. Sus pechos siguen empujando el aire hacia adelante. Yo te amo a ti, dice en su colombiano que por momentos parece español de Extremadura. Y tú me gustas. Eso dice. Insisto sin embargo y sin convicción. Pero hace mucho que no...Los puntos suspensivos son más fáciles de llenar que un cuerpo sin sed. Podríamos tomar un mate, dice. La idea no es mala, digo. Hablando nada se resuelve. Quizás desayunando o callando o uniendo los cuerpos otra vez bajo la sábana. Silencio. Paula cierra los ojos como si hubiera vuelto a ser la bella durmiente que hace tiempo conocí.
L.

martes, 22 de octubre de 2013

La casa


La casa tan amorosamente construida, llenada y fecundada por sus habitantes, la casa como una mujer cubierta de libros y papeles y huellas de gatos desaparecidos, la casa, es decir, ese lugar o arrecife o promontorio que pronto será un amontonamiento de ruinas y escombros, la unidad fragmentada por siempre y para siempre donde ya nada podrá identificarse como se debe, la cama o la casa donde durmieron bellas durmientes ahora convertidas en dibujos primero animados y luego arrugados, quién sabe, la nueva casa en que se transformará la antigua luego de la mudanza hacia otro sitio destinado a volverse, también, ruinas y escombros, sábanas manchadas de amor y deseo sin nombre, puertas que ya no abren ni con siete llaves de oro, la casa descasada, convertida una vez más en madre soltera y sus nueve puertas, las que conducen al fondo de toda esperanza, cerradas ventanas de viento y apenas marcadas, las finas paredes, por huellas de gatos, de gatas, corpiños y perras.
L.

Los amigos y el mar

lunes, 21 de octubre de 2013

Urubamba



El recuerdo es borroso. Yo iba camino a Machu Picchu y, en Aguas Calientes, justo al pie de las ruinas, había un pozo natural de aguas termales donde los europeos, hombres y mujeres jóvenes en su mayoría, se bañaban desnudos a la vista de todos. Yo era adolescente entonces y el espectáculo no me dejó indiferente. Los turistas se sacaban fotos y yo permanecía atento a esa feliz aglomeración de pechos, genitales, pelos y glúteos. Después subí hasta la ciudad sagrada y, desde arriba, pude adivinar el fino perfil del río Urubamba. Era una línea brillante apenas insinuada en el abismo sombrío y hondo. De pronto olvidé mi excitación para concentrarme en las aguas que, muy abajo, fluían veloces entre selvas y montañas. Como envuelto en humo el río se adivinaba lejano y terrible. Y todo eso ocurrió cuando el mundo era hermoso, como un cuerpo joven y desnudo, y nadie todavía estaba muerto.
L.

viernes, 18 de octubre de 2013

Nadie decía nada

Y nadie decía la palabra nadie. Después de aquello se hizo un silencio espeso, y lo más bello se tornó el horror de haber visto lo tan húmedo y secreto, la sombra que asombra, lo que en general se oculta ante la vista obscena de los otros. Y a pesar de la evidencia o la inconsciencia, a pesar de los pelos de abajo y la piel de gallina ensimismada, a pesar del peso y los rezos sin vuelo, nadie decía nada. Y todo se volvió un puro maquillaje, un engaño de ceniza, un disfraz a tono con la escena. Las cabezas giraban al derecho y al revés. Y más de siete cielos velaban el mundo acabado. Y de ese modo se impuso al fin la complicidad con lo malvado, los baldes de agua seca, la pereza que nace y muere de una vida tejida con murmullos, el pie mudo y desnudo, la pasión amortiguada, todo lo que se cae. Y después de aquello no quedaba mucho por decir.
Y qué otra cosa pudo ser si nadie dijo ni decía nada.
L.

jueves, 17 de octubre de 2013

Balas


Cualquier disparo va a acompañado del efecto boomerang. Las balas arrojadas, así sean de fogueo, retornan en cualquier momento y con efecto, a veces, mortal. ¿Por qué entonces nos empeñamos en disparar? ¿Qué clase de impulso nos mueve a hacer algo cuyos resultados no serán beneficiosos? No es fácil responder. No es fácil para nada. El disparo se origina en una especie de acto reflejo. Sentimos un golpe ligero en la rodilla y la pierna reacciona, claro, con una patada. ¿Una patada contra quién? No importa mucho el destinatario. Contra cualquiera que se presente como un blanco fácil. A la larga entenderemos que también nosotros, hombres bien armados, seremos víctimas de las balas. Y lo entenderemos tarde. Habrá que cuidarse entonces. Cualquier disparo va acompañado del efecto boomerang. Un día vuelve la bala y nos interpela. ¿Pero por qué lo hiciste? Nada podemos responder. O sí. Cambiar de técnica.
L.

martes, 15 de octubre de 2013


Lo habitual

Solemos pensar que algo, por ser habitual, es deseable y conveniente. Pero nada es habitual. Hasta lo común resulta raro y excepcional. Ni siquiera los encuentros familiares, las vacaciones, los trabajos o los amores responden siempre a lo habitualmente esperado. Y no sólo eso. Situaciones históricas, sociales, ambientales o políticas como la tortura o la eliminación física de miles y millones de personas, también la pobreza o la injusticia en cualquiera de sus formas, también la destrucción del medio ambiente global, han sido y son consideradas normales y aún necesarias por una sociedad narcotizada. Bertolt Brecht, que algo sabía del asunto, llamó la atención sobre el tema. "Examinen sobre todo lo habitual -advirtió-. No acepten sin discusión las costumbres heredadas. Ante lo cotidiano no digan que es natural. En una época de confusión organizada, de desorden decretado, de arbitrariedad planificada y de humanidad deshumanizada, nunca digan -si desean que alguna vez la vida cambie- es natural, es común, es habitual".
L.

Cartografías

lunes, 14 de octubre de 2013

Dos mujeres turcas


Hablaban un idioma parecido al alemán. Pero no. Luego sabría que hablaban en turco. Una de ellas tenía ojos grandes y una sonrisa liviana. La otra contaba algo en voz muy baja. Esta última, con un leve aunque perturbador escote, levantaba la vista y observaba lo que afuera corría velozmente hacia atrás. Nunca fui a Turquía. Nunca viajé a Ancara o Estambul. La escena ocurría en un tren. Había un río cerca. El vagón estaba lleno de gente cansada y expectante. Como salidas de un baño turco las mujeres eran las únicas pasajeras que no miraban pantallas. Yo era el tercero. Tres sobre un millón o diez mil millones de personas. No puedo siquiera imaginar un lugar llamado Turquía. Apenas retengo el nombre ya olvidado del poeta Nazim Hikmet. El hombre era austero y comunista. Pasó casi toda la vida en la cárcel. Recuerdo un viejo poema suyo. Un verso en realidad. El más hermoso de los mares es aquel que no hemos visto. Eso dice el poema en uno de sus versos. El más hermoso de los mares es aquel que no hemos visto. No conozco a las mujeres turcas. No caminé jamás por las calles de Ancara o Estambul. Pero siento hoy, ahora mismo, el movimiento lento y profundo de los mares. 
L.

viernes, 11 de octubre de 2013

Lo que tenemos

Nuestra fuerza está en lo que tenemos. No en lo que tuvimos o en lo por tener. Lo que tenemos es la plataforma de lanzamiento. No hay salvación sin ella. Solemos degradar lo que tenemos. Suponemos que hay algo mejor en otra parte. Pero nuestra fuerza está en lo que tenemos. Aún así solemos quejarnos de lo que tenemos. Lo vemos como un pesado fardo, una mochila insoportable, algo de lo cual deberíamos deshacernos cuanto antes. Decimos. Tengo que hacer esto y lo otro. Decimos tengo que y no quiero hacer esto y lo otro porque me resulta útil y necesario y porque es la base de donde arranca lo demás. En conclusión. En vez de tengo que mejor es pensar y decir quiero hacer esto y aquello porque ese es mi deseo. Se trata en suma de un leve cambio en la gramática. El futuro depende de ese cambio. Si no cuidamos lo que tenemos nos perdemos en lo que no tenemos, es decir, en la nada. Pero nuestra fuerza está en lo que tenemos. No en lo que tuvimos o, menos aún, en lo por tener.
L.

jueves, 10 de octubre de 2013

Y aún

Y aún sin ganas, sin justificación, tarde ya y sin fuerzas, sin cuerpo casi, sin respiración y sin entender nada, persiste la palabra aún, ainda en portugués, todavía en este idioma, el mientras tanto que tanto ignoramos, el instante gris donde las olas se levantan el vestido y no acaban de caer o mostrar la intimidad de espuma, aún hoy, quizás mañana, sin necesidad, eso que no acaba de ser o seguir siendo, lo que aún no nació, aún sin ganas ni sed ni justificación.
L.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Los sensibles


Los sensibles no siempre son sensibles. Lloran en el cine, en los velorios, en la calle. Todo parece indicar que se conmueven porque difunden la foto de un niño perdido en una pared o en las redes sociales, o porque levantan el puño, o porque gritan a viva voz en una marcha callejera. Pero los sensibles de verdad se ven, se huelen, se adivinan en situaciones verdaderamente críticas, es decir, aquellas donde se impone poner el cuerpo, dar sangre o dar vida a los otros, los que no llegan a la costa, entregarse a ellos así sea por un instante que es todos los instantes. Es fácil ser sensible en un museo o leyendo un libro conmovedor o escuchando un discurso falso y profundo. Lo difícil es dar en silencio y hasta ser capaz de multiplicar los panes y los peces en las condiciones menos favorables. Y no jactarse de ello. Y seguir dando y siendo y caminando.
L.

El elegido


En agosto de 1967 la columna conducida por Ernesto Guevara ingresa en su etapa más negra. Los hombres que lo acompañan en Bolivia están enfermos y exhaustos. "Y yo con un caso de asma que no puedo controlar", escribe el Che en su diario. En virtual estado de desastre los guerrilleros se abren paso a golpes de machete por la brutal maleza del sudeste avanzando bajo la lluvia y el viento helado. En un breve descanso Guevara es fotografiado en un árbol leyendo un libro. Luego se lo ve llenando cuadernos sobre economía socialista. El 10 de septiembre apunta un suceso que, en su habitual tono irónico, califica de récord. "Casi olvido mencionar que hoy me bañé por primera vez en seis meses". No había más comida y escribe entonces: "entramos en la era de los pájaros". La opción que resta es cazar aves para alimentarse. Dos meses después, detenido por el ejército, da consejos a una maestra, visitante ocasional en la escuela donde será ultimado, sobre lucha y educación. Parecía ajeno, distante, superior. Diez años antes ya había exhibido esa actitud sorprendente. El pequeño grupo de desembarco del Granma había caído en una emboscada y Guevara, pensando en la muerte inminente, evocó una lectura de otros tiempos. Lo anota más tarde en un texto doctrinario. "Recordé un viejo cuento de Jack London donde el protagonista, apoyado en el tronco de un árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida".
L.

martes, 8 de octubre de 2013

Ni una cosa ni la otra

Sobre el estilo


El estilo es el hombre, dicen por ahí. Algunos críticos literarios comparan lo estilístico con un contenido bien vestido, es decir, la decoración en la torta, el maquillaje, algo accesorio pero clave para lucirse en público. No tiene estilo el caballo desnudo. No lo tiene la abeja y mucho menos la serpiente o la planta. En literatura y arte el estilo pasaría por cuidar las formas, o, en el mejor de los casos, servir el contenido con elegancia y no, como se cree a veces, de una manera torpe o descuidada. La idea de producir un arte transparente y sin estilo no es más que una fantasía. ¿De qué se trata el estilo entonces? No es fácil responder a la pregunta. El estilo es el hombre, dicen por ahí. O la mujer. El estilo es la manera única e intransferible que tiene cada cual para decir las cosas. Una obra tiene estilo cuando es y no cuando pretende ser. ¿Una máscara? Es posible. Pero cuando hay estilo bien entendido la máscara es el rostro mismo.
L.

domingo, 6 de octubre de 2013

Por una literatura sin hechos


Los hechos narrados no garantizan buenos libros. Esto se sabe desde Homero hasta hoy. Los eventos, las historias, los fenómenos extraordinarios. Una novela erótica no será más erótica por la insistencia en los detalles más espesos. O por las descripciones minuciosas y/o ginecológicas. Lo mismo una novela histórica o una simple historia de amor. Los buenos libros lo son apenas porque están bien escritos, porque suenan bien, porque hay encanto y música en ellos como en un día de viento a orillas del mar. Es más. La obsesión por los hechos termina arruinando las mejores intenciones. Los grandes -Rulfo, Borges, Onetti, Cortázar- no cuentan casi nada en sus relatos. ¿Y por qué son grandes entonces? Porque cuidaron la forma y alcanzaron, qué bien, la voz propia.
L.

jueves, 3 de octubre de 2013

Visita


Vuelven a veces los gatos a los techos, en silencio vuelven y retozan, en sordina gritan con su grito lento. No se oyen casi los cantos en los techos, no se sienten ya las pisadas que daban sosiego y alegría, sólo fotos proyectadas y borradas en los techos, cuerpos estirados como lenguas largas y ligeras, los gatos en los techos, fantasmas de fantasmas y sombras que pasan. Vuelven a veces los gatos a los techos. Pero nadie se atreve con los ecos y los llantos. Vuelven a veces los gatos a los techos. Vuelven y bajan mudos al abismo.
L.

martes, 1 de octubre de 2013

Luna secreta


Las sacerdotisas romanas eran hermosas porque se bañaban desnudas bajo la  Luna. Kepler, el astrónomo de las fugas y el encanto, sostenía que la vida en nuestro satélite natural es más fértil que en la tierra. Y pensaba que si bien ahí todo es de menor tamaño, al mismo tiempo resulta más equilibrado. Fritz Lang imaginó en 1929 a una mujer que camina sin miedo ni escafandra por una luna dulce y tierna. Por qué negarnos entonces a vivir allá. ¿Será porque fuimos educados en una conciencia extrema de lo real? Pero ahora que la historia terminó, ahora que el mundo se ha transformado en un pequeño infierno, la idea de vivir en la Luna puede ser la salvación que estábamos buscando. Derivar sin prisa por el Mar de la Tranquilidad, beber agua de los volcanes azules o hacer el amor a cualquier hora son sólo algunas de las tareas posibles. Allá no hay penas ni puñales. No hay órdenes que cumplir ni preguntas que responder. Y encima no es preciso llevar nada. Corazón, deseo, alegría y besos es todo lo que hace falta en la Luna para vivir.
L.

De regreso


Y Paula sin aparecer. El vuelo estaba retrasado y la espera se hizo larga. En la pantalla leí palabras desalentadoras. Retrasado, anulado, en zona, desviado. Finalmente pude ver aterrizado. Pero el tiempo pasaba y nada. Yo miraba cuerpos, bufandas, vestidos. Y Paula sin aparecer. No fue difícil escribir en un papel. Como adivinando, como sabiendo, como si viviera más allá, como quien disfruta unas horas de gracia mirando el mundo sin prisa, las caras adormecidas, las telas entreabiertas, las voces perdidas en las voces. Dejé de escribir para alzar la vista y ver por fin a Paula con sus valijas negras, su tos, su cansancio de siglos. Me dijo que el clima no ayudó. Me dijo que el avión empezó a dar vueltas en el cielo. Hasta se habló, me dijo, de desviar el vuelo hacia París. Ella hablaba pero yo no escuchaba. La miraba, eso sí, con atención. Ni un beso me diste, le dije finalmente. Y caminamos rumbo a la salida.
L.