viernes, 29 de noviembre de 2013


El castillo

Cae el castillo al suelo de suelas partidas. Cae al piso de piedra el castillo. Primero las torres altas, después las más bajas, finalmente los huesos de reinas de otras primaveras. Y también los caimanes que cuidaban el foso de entrada. Y las bellas durmientes que ahora despertaron y se fueron. Los pájaros negros y crueles, la zapatilla de Hamlet, los cráneos de viejos astrónomos, todos los que habitaban el caserón en derrumbe, todos se alejaron por fin con rumbo incierto. Cae la fortaleza donde tantas batallas se libraron sin éxito. Se desploma ahora mismo el castillo de naipes, ladrillos y enormes paredes de acero. Y esta noche, claro que sí, hay asamblea de fantasmas en la cuadra. No habrá leones esta vez pero sí estará la sombra amada, la del rey sin vida y sin corona, pequeño ser que dominas el instante que es todos los instantes.
L.

Encontros e despedidas

Encuentros y despedidas

Todos los días las personas van y vienen. Entran y salen de la ruidosa estación. Los trenes salen cargados y vuelven vacíos a renovar el pasaje. Los pasajeros no hacen más que cruzarse entre sí. Con alguna gente los viajeros conversan cinco o seis  minutos. Mujeres y hombres llegan a compartir juntos un tramo del recorrido. O diez tramos o veinte años de convivencia en un solo vagón y con cama incluida. Pero en el fondo y en el frente las personas no hacen sino cruzarse. No importa el tiempo transcurrido. Cruzarse y siempre de manera casual e inesperada. Y después, claro, se separan.
L.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Lazos

No es fácil tender un lazo hacia los otros. Y una vez creado el lazo no es nada fácil mantenerlo. Lo primero es alojar al otro y a partir de ahí compartir sueños, ideas, planes. Pero si en vez de alojar al otro lo expulsamos el proyecto hace agua. No hay sueños, no hay ideas, no hay planes, no se comparte, lo que se dice, nada. En tal caso hay que volver al origen y alojar, es decir, concederle al otro un espacio donde haya un mínimo de amor, entrega, protección, cuidado. 
Alojar entonces. No expulsar.
L.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Artes del fuego

No por favor. No es poesía. Artes del fuego es el nombre de una carrera singular que puede cursarse en el Instituto Nacional de Arte. Dura entre cinco y siete años. Me enteré hace poco visitando ese lugar. Me dijeron que tiene algo que ver con la cerámica, los hornos, los volcanes, ese tipo de cosas. Nadie piense mal. No es poesía. No sé si será la mejor carrera para estudiar pero es indudable que ninguna disciplina fue dotada jamás de un nombre tan hermoso. Artes del fuego, llama efímera y eterna, elemento clave para Heráclito de Efeso, dios adorado por los pueblos mal llamados primitivos. Miles de años atrás hombres y mujeres se entregaban a cantos y gestos licenciosos con ese fin sagrado. Acometían una virtual erotización del fuego cuya combustión requiere, al igual que el odio y el amor, alimento permanente. El fuego consume todo y en ese acto se anula y renueva al mismo tiempo. Ya no es sustancia sino símbolo del mundo, de la lucha de contrarios, del incendio continuo y vivificante. Fuego. Causa primera. Arma punitiva de Zeus. Fragmento del rayo que gobierna el universo. Artes del fuego. Llama incandescente y helada. No por favor. No es poesía.
L. 

Alivio

Escribir alivia aunque también duele. Alivia la música si no aturde. El amor alivia si es amor y no una máscara del amor. Andar en bicicleta alivia si se avanza contra el viento en pendiente hacia abajo. El viento alivia también. Alivia el mar desde la playa y también desde el mar. El vino alivia. La lluvia también. El movimiento alivia. Sobre todo el movimiento que engendra movimiento. La pasividad no alivia. El yo concentrado solamente en sí mismo no alivia. Alivian muchas cosas más que aquí no serán nombradas para no quemarlas. El fuego alivia. El agua también. Todo alivia y destruye a la vez.
L.

La bailarina


Después de la lluvia

Había dejado en la vereda un montón de cajas y bolsas llenas de fotos, cartas, recuerdos, anotaciones de todo tiempo y lugar. La mudanza inminente me había obligado a deshacerme de tanta evocación acumulada, tanta imagen ahora inútil, tantas hojas que alguna vez fueron verdes y ahora están tan secas. Pobrecitas. Unas horas después salí a caminar por la zona, y, tras el paso inefable de los buscadores de perlas en el barro, observé en la esquina de mi casa fotos de novias de otras primaveras, cartas anhelantes, desesperaciones en forma de libro o cuaderno borroneado. Los recuerdos de mil años convertidos de pronto en basura dispersa que el viento arrastra y lleva quién sabe adónde mientras camino sin rumbo por la calle de una ciudad cualquiera y ya olvidada.
L.

martes, 26 de noviembre de 2013

La vida breve


Cuando en noviembre de 1950 apareció la primera edición de La vida breve, grandísima novela del autor uruguayo Juan Carlos Onetti, hasta su propio editor se asustó de haber invertido dinero en algo tan raro y complejo y difícil. De hecho pasaron muchos años hasta que la pequeña edición se agotara. Deberían pasar muchos más para que algunos lectores se acercaran al fuego. Decir hoy que La vida breve es ya un texto clásico de la literatura rioplatense no servirá de mucho. Convencer es infecundo, dijo alguna vez Walter Benjamin. La historia de Brausen, el escritor de guiones que se transforma sucesivamente en otros personajes, no ganaría hoy ningún concurso literario. Onetti mismo sería ignorado por los suplementos culturales, los lectores y la crítica en general. Y no sólo Onetti. Kafka sería una palabra sin sentido. Ni siquiera los hermosos poemas de Residencia en la tierra (Neruda) son leídos hoy en día. Esto no es una queja sino una comprobación. No hay motivos de lamento. Unos pocos seguirán, seguiremos, leyendo a Onetti, a Kafka, al Neruda menos popular, al Cesare Pavese amado y olvidado. Y seremos felices por ello y de ningún otro modo estaremos tan pero tan bien acompañados. 
L.

Nuestro tema

Bienes

Un libro con poemas de Jorge Teillier, un pasaje abierto a Ushuaia, un remolino de agua pura, aquel llavero comprado en Lisboa, un aguayo antiguo encontrado en la feria de La Paz, el calendario de 2009, el reloj que me dejó mi padre, un caracol de mar que permite escuchar el oleaje si se lo pega bien al oído, un mapa del puerto de Valparaíso, la foto de Grusswillis apoltronado en el sillón azul, una remera de la ex Unión Soviética, un poema inconcluso, la tarjeta Sube recién cargada, un disco de Silvio Rodríguez que contenga la canción Nuestro tema, un puñado de cartas enviadas desde la cárcel, una torre de ajedrez, la llave del cuarto 2046, la única bala de un revólver desechado, Andrea, como Alicia, en este lado del espejo.
L.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Naturaleza condenada


Leo en el diario una noticia acerca de la muerte en Australia de Chris Boyd, un surfista atacado por un tiburón blanco en el mar de Gracetown. Como consecuencia de la tragedia se reavivaron en el lugar las peticiones tendientes a sacrificar a todos los escualos de más de tres metros de largo. Como es de imaginar los tiburones no son malos ni buenos. Son, simplemente, integrantes de una especie en extinción. Doris Lessing, escritora sudafricana que falleció en Londres el 17 de noviembre último, cuenta en un libro la triste historia de un granjero de la antigua Rodesia del Sur, hoy Zimbabwe, al que un día se le ocurrió comprar un toro de grandes dimensiones cuya presencia causó impacto en el pueblo. Un día el toro mató a su cuidador, un joven negro de doce años que se confió demasiado. Se celebró entonces un tribunal de justicia donde los parientes del muchacho exigieron venganza. El toro ha matado. El toro es asesino. El toro fue sacrificado. Para terminar puede citarse un incidente ocurrido en Francia donde un árbol fue sentenciado a muerte. Esto ocurrió a fines de la Segunda Guerra Mundial. El árbol evocaba al general Petain, considerado durante un tiempo como el salvador de Francia y luego como traidor a la patria. Cuando Petain cayó en desgracia el árbol fue solemnemente ajusticiado por colaborar con el enemigo. Ese es el mundo que extrañamente habitamos y fusilamos.
L.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Etcétera


Conservar la cabeza cuando todos la pierden. Confiar en uno mismo cuando los demás dudan de uno. Esperar y no cansarse de la espera. Saber que la mentira gana casi todas las carreras pero no participar de ella y combatirla hasta el fin. Ser odiado o despreciado pero no dar motivo para ello. Poder soñar sin dejarse envolver o ahogar por los sueños. Enfrentar el triunfo y el desastre dando el mismo trato a ambos impostores. Ser capaz de soportar que la verdad enunciada por uno sea distorsionada por infames para luego convertirla en trampa para incautos. Ver que las cosas a las que se ha consagrado la vida están rotas y aún así tener paciencia y reconstruirlas con herramientas viejas y gastadas. Ser capaz de arriesgar una fortuna a cara o seca y perder otra vez y volver a empezar desde el comienzo y nunca decir ni una sola palabra sobre las pérdidas, etcétera. 

Y el sol brilla

Diciembre

Diciembre o disiempre viene llegando con su espectacular carga de fuegos de artificio, sus bellas tareas familiares, cenas extrañas entre gente que dice conocerse y un sinfín de lugares comunes que dejarán a todos contentos aunque en el fondo insatisfechos. ¿Así termina 2013? ¿De igual forma acabará 2014? Diciembre o disiempre cae fuerte con sus lenguas metálicas, fingimientos y hermosos disfraces con vistas al verano. Por último se producirá el previsible estallido en la medianoche de los tiempos. Algo quedará sin embargo cuando las luces del puerto se apaguen y asome en el horizonte un barco, acaso un liviano salvavidas, la verdadera fiesta que todos esperaban.
L.

sábado, 23 de noviembre de 2013


Relato de un náufrago

En febrero de 1955 Luis Alejandro Velasco, tripulante del destructor colombiano Caldas, sobrevivió al hundimiento del buque y se convirtió en un náufrago de verdad. No en uno de esos que se ven dibujados en las historietas sino en un hombre extraviado en la nada, con balsa y todo, y sin que nadie se ocupe seriamente de rescatarlo. Diez días estuvo Alejandro Velasco boyando en el mar hasta que avistó una playa. La historia fue contada por el náufrago a un todavía muy joven García Márquez y se convirtió en libro mediante el conocido recurso de la entrevista-monólogo. El autor de Relato de un náufrago, que luego lo sería de Cien años de soledad, consiguió transmitir la desesperante soledad que habrá sentido el navegante arrojado de pronto al mayor desamparo imaginable. Las posesiones de Velasco se limitaban apenas a la balsa, el mar infinito, el cielo apretado de estrellas, los tiburones que lo rodeaban en círculo y una dosis ligera de esperanza. El náufrago de García Márquez había resuelto no rendirse. Sabía que no todos lo daban por muerto. Estaba dispuesto a pelear hasta el fin por su vida. A veces lo acompañaban las gaviotas. A veces ni siquiera el viento. Pero Velasco avanzó aún contra la indiferencia, la infamia y el desprecio. Y así llegó a destino.
L. 

Un poco más

viernes, 22 de noviembre de 2013

Lo esencial

Y entonces llega uno a lo esencial. Y todo lo que juntó a lo largo de siglos se demuestra inútil. Para colmo está manchado, tiene olor a pis de gato, no sirve, como se dice, para nada. Y uno avanza como buzo entre papeles mojados, pisados, sucios, maldecidos. Y se pregunta uno para qué todo eso. Y un eco de carcajadas siniestras suena en la sala llena de cajas y fotos viejas y todo ese montón de basura con título importante, frases que hacen llorar, diarios íntimos, parejas que fueron y ya no son, una larga enumeración de documentos vencidos y sin efecto genital a la vista. Flores secas entre páginas de libros condenados. Muebles al borde de un ataque de nervios y, bueno, llega uno a lo esencial, lo toma por el cuello y dice, ahora sí amigo, lo que queda es con lo que empiezas.
L.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Sin tema


Me pregunta Paula de qué podemos hablar. Fue esta mañana en realidad. Ella me había llamado por teléfono y me decía cosas hasta que de pronto se quedó callada y yo también. A veces pasa eso entre nosotros. Nos quedamos sin asunto. Nada que decir el uno al otro y el otro al uno. Nada quiere decir nada. Es verdad que yo le podría contar que fui a la verdulería y compré duraznos fuera de temporada. Un poco verdes. ¿Pero qué sentido tendría hacer un comentario tan estúpido? O Paula podría contarme que esta tarde o esta noche, no recuerdo bien, irá a tomar unas polas, como llaman en Colombia a la cerveza, con unos amigos de Bogotá. Pero ella misma se da cuenta al decirlo que el dato carece de todo interés para ella y para mí. ¿De qué debemos hablar entonces? ¿De un tema profundo? ¿Del sexo? ¿De la muerte? ¿De la imposibilidad de hablar y de vivir? Cualquiera de esos sería un buen tema. En un rato, cuando vuelva a llamarme por teléfono, se los voy a proponer y no habrá ya silencio entre nosotros.
L.

Arte y locura


Suele elogiarse la locura como estimulante poderoso de creaciones artísticas, bohemias, atrevidas y geniales por sobre todo. Desde ese punto de vista aceptado y generalizado Vincent Van Gogh, por ejemplo, fue quien fue gracias a su desequilibrio mental. Lo mismo se dice de otros artistas como Tanguito, Macedonio, Gauguin, Pizarnik, Quiroga, Hemingway y unos cuantos más que terminaron internados en un hospital psiquiátrico, suicidados o extraviados quién sabe dónde. La cosa podría verse de otro modo, es decir, dejar de lado el componente psicótico como probable motivador del arte para verlo como un problema que algunas almas sensibles pudieron superar o contener a la hora de crear. En conclusión. Algunos artistas que fueron víctimas de evidentes desajustes psicológicos hicieron obras maravillosas no gracias a la locura sino a pesar de ella. 
L.

Tonada para dos

miércoles, 20 de noviembre de 2013


Ventajas

Las ventajas de escribir en un blog como éste consisten justamente en la falta absoluta de ventajas. Pocos lectores, imposibilidad casi total de hacer amigos o armar parejas, textos demasiado cortos para que la gente no se aburra, falta de noticias periodísticas, irrealidad, fantasías inútiles, etcétera. Pero en cambio uno puede hablar libremente de la brisa o la lluvia sin que eso genere conflictos. La brisa, la lluvia, el mar lejano, los trenes, los amores soñados en secreto, ninguna realidad literaria o espiritual, cero confesiones, un dejarse estar propio de la gente ociosa e inútil. Esto último muy especialmente. Usar el blog sin alentar metas o respuestas. Desaprovechar el tiempo, sumar palabras sin sentido como está ocurriendo ahora, en este posteo, palabras como quien respira o deja de respirar, viajar sin viajar, jugar a la rayuela sobre la superficie tensa de un río, mantener la calma, equivocarse en las cuentas, perder. Esas serían, en apretada o relajada síntesis, las ventajas sin ventaja de escribir en un blog como éste...o como cualquier otro. 
L.

Dignidad

El sentido último de la palabra ha sido ya olvidado. Dignidad. Sostener una posición justa contra marea y viento es cosa del pasado o, quizás, del futuro lejano. Dignidad. Hermosa palabra en tiempos de la mentira convertida en ideología dominante por los felices y los cómplices. Y sin embargo insistir. Insistir. No callar. No arrodillarse ante los podridos poderes. Alzar la bandera al borde mismo del abismo. ¿Por qué no? Y en la bandera, escrita con letras de oro o de latón, brilla la divina palabra dignidad, más importante aún que las palabras amor, libertad y tantas otras. Una vez más. Dignidad.
L.

Apariencias


Las apariencias suelen ser degradadas. No te dejes guiar por las apariencias, dice alguien. O las apariencias engañan. Y todos se sienten profundos al decirlo dado que apariencia y engaño parecen ser lo mismo. Maquillaje o banalidad. Todo es o sería igual. Y sin embargo las apariencias dicen mucho de la esencia. Esto en vida y arte. Esto en todo. En literatura por ejemplo. Si falla la apariencia cae lo demás. En cuentos, novelas y poemas. El monstruo asoma por los ojos. Cuidar la forma es darle un lugar a los contenidos. No hay contenido sin forma. No hay cuerpo sin alma y si lo hay no sirve para nada. Atención. Para nada. Oscar Wilde dice lo que sigue. Son las personas superficiales las únicas que no juzgan por las apariencias. El misterio del mundo está en lo visible y no en lo invisible.
L.

martes, 19 de noviembre de 2013

Y si acaso

La venganza

Estaba en el extranjero, muy lejos, cuando recibió tres telegramas. Abrió el primero. Habían dinamitado su casa. Abrió el segundo. Habían matado a su mujer. Abrió el tercero. Habían masacrado a sus hijos. Cayó al suelo. Lentamente se levantó. Como no tenía dinero emprendió el retorno a pie. Su andar iba haciéndose más rápido. De hora en hora pedaleaba más velozmente. El velocímetro oscilaba entre 180 y 190. El estruendo del ejército blindado que dirigía resonaba en campos y valles. En la clara mañana los campos floridos se oscurecieron por la sombra de la inmensa cuadrilla de bombarderos que piloteaba. Distinguió, allá abajo, al enemigo. Detuvo su bicicleta, saltó a tierra, se enjugó la frente. Un árbol le ofrecía su sombra. Un pájaro cantaba. Sentado al borde del camino sentía los pies doloridos por el cansancio. Contempló los prados, los bosques, las montañas, aquellas misteriosas montañas. 
Qué cosa inútil la venganza.

Pocos pero buenos

Poca gente se baja ya en la estación. Algunos de ellos, antes de tomar el tren que los dejará de regreso en las distintas comarcas, dejan un comentario al pie de los posteos a manera de bonita despedida. No son muchos. ¿Pero qué importa la cantidad? Graciela B., Betina Z., Pep, a veces María Inés, a veces El Peregrino Púrpura, con su humor ácido y característico. También Natalia. Graciela reflexiona profundo. Betina hace ostentación de sensibilidad. Pep ofrece maravillosas citas que siempre calzan como anillo al dedo. María Inés y su síntesis perfecta. A veces caen otros pero sólo a veces. Y no esperamos a nadie más en la estación. Y el tren se va cada vez más veloz y le decimos chau o adiós con la mano.
L.

Definiciones


La poesía es violencia contra el uso cristalizado de la lengua (Lacan). La poesía es la religión natural del hombre (Novalis). El habla cotidiana es un poema olvidado del que apenas recibimos un eco (Heidegger). Esa larga y prolongada vacilación entre el sonido y el sentido (Valery). Hasta el fondo de lo desconocido para buscar lo nuevo (Baudelaire). Fin de las definiciones. Faltaría poesía eres tú, faltaría decir que el poema no debe significar sino ser, faltaría aclarar que los poetas que perduran son esos que, además de escribir en verso, son poéticos como personas, es decir, buena gente, solidarios, generosos, luminosos y no una manga de amargados que quieren darse lustre. Poesía vista no como oficio sino como compromiso con lo más humano de la más humana humanidad.
L.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Lo habitual


No siempre lo habitual es sinónimo de rutina, desgracia o indeseable repetición. ¿De dónde habrá salido una idea tan absurda? Hermosos regresos a Paula durante días y noches que se vuelven inolvidables. ¿Inolvidables por qué? Por ser justamente habituales repeticiones de besos y rezos y gestos, abrazos ensayados mil o dos mil veces en la agridulce rutina de los días. Silencios interrumpidos apenas por el vuelo de una mosca al chocar contra los vidrios. Y cuando hablamos con Paula de nosotros, y cuando escribimos, preferimos siempre un lenguaje común, habitual pero preciso. Repetimos los te amo como un mantra que nos pondrá a salvo de las pobres almas que gobiernan el mundo. En todo momento desechamos las palabras sobrecargadas de emociones descontroladas y huecas. Escribir, decimos, para dar un testimonio cierto de nuestras vidas. La de Paula y la mía. La de los dos en armonía. Convivir para acompañarnos a estar solos. Libres para volver a cantar la vieja y gastada canción de lo ya visto.
L.

sábado, 16 de noviembre de 2013


La isla I

A la edad de treinta años Antón Chéjov emprendió un viaje a la isla-presidio de Sajalín. Su objetivo era saber cómo pasaban sus días los deportados, los condenados a sobrevivir con temperaturas cercanas a sesenta grados bajo cero. Sus amigos intentaron disuadirlo. Para ellos se trataba de una aventura loca y descabellada. Por cuenta propia y sin escuchar consejos Chéjov hizo el viaje en 1890. Viajó a Sajalín porque tuvo ganas y se quedó tres meses ahí. Habló con los presos, con los carceleros, con todos los habitantes del lugar. Sus conclusiones al regresar a Moscú fueron atroces. Dijo que encontró a miles de hombres que se pudrían en la nada y sin razón alguna. Habían sido arrojados al infierno sin criterio y sometidos a un régimen especialmente inhumano y cruel. Se trababa de gente que fue obligada a recorrer cientos de kilómetros a través del hielo. Permanecían encadenados y en estado de desastre. Algunos con llagas, sífilis, cáncer, tuberculosis. La culpa, concluyó el autor de La gaviota, no es de los carceleros sino de todos nosotros. Tambien Chéjov se sentía responsable por la situación de los penados. Y no conforme con ello amplío el arco de la culpa a toda la sociedad. "Cada uno de nosotros es responsable por lo que ocurre en Sajalín", escribió. La experiencia del escritor ruso se proyecta al presente. Deberían pensar en ésto los acusadores vocacionales, sobre todo aquellos que sueñan con mundos poblados de cárceles y látigos. Junto a Antón Chéjov se impone insistir una vez más. Cada uno de nosotros es responsable por lo que pasa aquí, allá y en todas partes.
L.

La isla II

Vela que vuela


Vivimos en tiempos de barbarie. Inútil darle nombre de Modernidad a la prehistoria más obscena y a la vez más rudimentaria y seca de la humanidad. Los hombres que habitaron y pintaron las cavernas de Altamira son diez mil veces más avanzados que nosotros en todos los sentidos imaginables. Ni hablar de los filósofos presocráticos. Cualquier pensamiento de Heráclito, Demócrito o Tales de Mileto supera por lejos al ideario de Hegel o Kant. La prehistoria se llama hoy sociedad del espectáculo o show de la intimidad. Es la banalidad consentida y admirada incluso por los autodenominados cultos o aristócratas del saber. El mundo del pensamiento agoniza o directamente deja lentamente de existir. En la actualidad productiva y desmemoriada la sola idea de "lo serio" resulta anticuada, poco realista, incluso malsana o enfermiza. Barbarie es lo que cunde y barbarie parece a veces el nombre del futuro. Ante una época definda por la caída de los ideales de redención humana cabrían apenas tres actitudes. Retirarse del mundo, resignarse al mundo o intentar cambios parciales, mínimos pero efectivos concentrados sobre todo en el mientras tanto. Encender una vela, dice un conocido y sabio proverbio, es mejor que pasarse la vida maldiciendo la oscuridad.
L

viernes, 15 de noviembre de 2013


Sostener

Tan difícil sostener (sostener). Tan fácil abandonar (abandonar). Y doblemente fácil es dejar caer lo que puede o podría salvarse. Tan difícil avanzar contra marea y viento. Tan fácil dejarse vencer por el viento bravo y la marea ciega. Tan difícil construir un puente de cañas fuertes o frágiles. Tan fácil destruirlo, dejar que el tiempo se hunda, no cuidar a los nadadores con sus brazos y sus piernas tan cerca de la costa. Tan lejos y tan cerca. Tan difícil sostener (sostener) y tan fácil abandonar lo que se ama hasta después del fin.
L.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Brisa


Brisa es viento suave o no viento o quién sabe. Vivimos de la brisa, de lo impalpable, de lo anodino y supino, de lo que no quema pero entibia, de la mesa sin patas, del polvo de flores, toda esa cosa que es y no es al mismo tiempo. Al mismo aliento. Al mismo viento y con brisa y misa y tiza de color. Suave risa de la tarde que arde. Brisa al mismo viento. Algo tan inútil como este mundo de ilusiones inmundas. Brisa de escarmiento y movimiento. El viento que empuja la nave. La nave que endulza el momento. La calle que se convierte en callejón sin salida. ¿No hay escape? Claro que sí. La brisa.
L.

El camino

Polilla

El médico y escritor ruso Antón Chéjov (1860-1904) vivió apenas 44 años dejando la herencia brillante de cinco mil páginas impresas de relatos, cuentos y obras de teatro. Poco puede decirse de él que no se haya dicho o escrito por ahí. Chéjov fue el narrador de la vida corta y estúpida y diez mil veces estúpida. Apostó, sin embargo, a la posibilidad de un cambio. Pensó que tal vez los lectores, al verse reflejados en la obra, buscarían una forma de enriquecimiento espiritual, algo diferente y menos banal. Quién sabe si lo consiguió. Una noche, tomado ya por la tuberculosis, el autor pidió a su mujer, la actriz Olga Knipper, que llamara a un médico. Chéjov y su esposa estaban alojados en un hotel de la Selva Negra. El doctor llegó y muy pronto entendió lo que pasaba. El escritor le dijo me muero en alemán. Ich sterbe. El médico ordenó de inmediato que le sirvieran champán. Chéjov bebió con placer y alcanzó a decir que hacía mucho que no probaba algo tan delicioso. Apuró la copa hasta el fondo, giró hacia el lado izquierdo de la cama y murió como quien se ahoga en un sueño. Acerca del episodio Olga cuenta algo curioso en su diario íntimo. "Cuando Antón Pavlovich dejó de existir -escribió- una polilla gris de dimensiones enormes entró por la ventana del cuarto, y, con un ruido desagradable, empezó a chocar contra las paredes, el techo y la lámpara, como si estuviera sumida en una agonía de muerte". 
L.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Los malos


Solemos culpar a los malos por la maldad. Los malos son malos y por lo tanto hacen cosas ruines y desagradables que son características propias de la gente mala. Quedamos rápidamente satisfechos con la idea expuesta y pasamos al tema siguiente. Pero todo pensamiento demasiado simple es, por definición y como se sabe, sospechoso desde el principio al fin. Los malos son malos generalmente por estupidez, rutina, banalidad instituida como sistema de vida. Pero además, y esto es clave, los malos cuentan con la complicidad de los buenos delatores, los asesinos encubiertos, los torturadores que además son poetas, la gente sensible en general. Sin cómplices las cosas no estarían como están. Sin gente que mira al costado y se divierte los enemigos del mundo perderían motivaciones para actuar. Los mayores genocidas de la historia han contado, más allá de sus planes maléficos, perversos o como se los quiera denominar, con el silencio oscuramente amable de los buenos. No deberíamos olvidarlo. O sí. Pero sabiendo al menos que también el olvido tiene precio.
L.

En el mercado


martes, 12 de noviembre de 2013

Sábanas

Las sábanas de la terraza vecina se inflan con la tarde. Va de nuevo. Las sábanas de la terraza vecina se inflan con el viento de la tarde. Así está mejor. Nunca aprendo a decir las cosas. Pienso que la palabra tarde incluye al viento. Pienso que el viento debe defenderse de los ataques. ¿Qué ataques? Ahí entra en juego el inconsciente. Quería limitarme a hablar de cosas sin importancia (sábanas, tarde, viento) y acabé mencionando los ataques. Como digo en los cursitos. Dejar pasar lo que aparece. Escribir es desviarse y vivir es ajustarse. El texto se desarma. Mejor vuelvo al origen. Las sábanas de la terraza se inflan con los ataques del viento y de la tarde.
L.

lunes, 11 de noviembre de 2013


La verdad

¿Está la verdad en las cosas mismas? ¿No está? ¿Es la verdad una fase previa a su enunciación? ¿También la verdad se inventa? Son preguntas que no serán nunca respondidas. Y mientras (mientras) caen los rayos desde un cielo amanecido. Y mientras (mientras) mueren los minutos en el mar. El pelotón abre fuego contra el fusilado diez mil veces castigado y ofendido. Y no quedan más que unas gotas de sangre en la noche de tiempos y vientos. César Vallejo ha muerto. Le pegaban todos sin que él les haga nada. Le daban duro con un palo y duro también con una soga. Son testigos los días lunes y los huesos húmeros y la soledad y la lluvia y, en fin, los caminos.

domingo, 10 de noviembre de 2013


Anonimato

Estoy entrando en una política de anonimato, dice Paula mientras lee algo que no alcanzo a distinguir. Cae plena agonía del domingo. Por ejemplo dentro de poco -dice después- voy a borrar mis fotos de Facebook. Y lo que escribí también voy a quitarlo. Y lo que pensé. Y lo que no pensé. No estoy ahora en condiciones de discutir esa política de Paula que obviamente comparto. ¿Necesita su nombre el poeta para decir lo que dicen sus versos? ¿Hace falta la imagen de Cristo para aceptar sus milagros? ¿De qué sirve un documento de identidad si no es para ensuciar todo? Maldita huella digital. Paula está entrando en una política de anonimato. Lo hace en plena agonía del día mientras lee algo que no alcanzo a distinguir. 
Y por ahora he resuelto borrarme con ella.
L.

sábado, 9 de noviembre de 2013


Ha soñado el soñador

El soñador ha soñado con un mundo de tierra larga y húmeda. Ha soñado el soñador con un tiempo sin espera o una espera sin tiempo. El soñador lo ha contado al despertar y todos lo escucharon. El soñador ha soñado con una playa ventosa, leve quizás como una playa de viento y de suma levedad, días sin peso, montañas de humo, ese tipo de cosas, la voz serena de un ángel, lo imposible, lo cierto. El soñador ha soñado con algo que vive de verdad, un jardín, un perro sin alas, una palabra sin fiebre, ese tipo de cosas ha soñado el soñador. Pero nadie (nadie) le ha creído ni un poco al despertar.
L. 

Todo el viento del mundo

viernes, 8 de noviembre de 2013


Nadadores

Hay que ayudar a los nadadores. Tan cerca de la playa y no llegan. Estiran los brazos hacia adelante, golpean las piernas duras contra el agua, luchan contra las corrientes cruzadas y embrujadas. Pero nada. No llegan a la costa (la costa). Es poco lo que falta. El agua está helada y todo parece conspirar contra ellos. La espuma esta vez no sirve como alivio, los peces picotean los dedos de los pies cansados, las medusas dibujan latigazos enormes en los muslos. Qué difícil es la situación para los nadadores. Tan cerca de la playa y no llegan. Estiran los brazos hacia adelante y hacia atrás, golpean las olas con la mayor energía, sueñan con tirarse en la playa (la playa) y descansar al fin. Aprendieron a diferenciar sueños y realidades. Por eso hay que ayudar a los nadadores en sobria y sombría desgracia. Faltan pocos, muy pocos centímetros para que termine el océano. Pero no llegan.
L.

jueves, 7 de noviembre de 2013


Un amor improductivo

La relación que me une a Paula no encuadra en ningún casillero de la sociedad de consumo. El nuestro es un amor improductivo. No fabrica hijos ni empresas ni autos ni viajes ni fiestas de etiqueta con doscientos invitados. Se coloca incluso más allá del sexo, del texto y el plexo. No satisface. No llena. Más bien vacía, duele, angustia. No nos vuelve felices como sería de esperar. El nuestro es un vínculo sin nalgas o con ellas. Con agujeros o sin ellos. Con aceite lubricante o asentado en una plancha seca. La relación que me une a Paula carece de vuelo aunque a veces parezca una exaltación de alas. Nada tenemos que decirnos cuando nos encontramos. Ningún gesto, ninguna palabra, ningún cuento de esos que se usan para dormir a los niños en noches de tormenta. La relación que me une a Paula no fue inscrita en el registro catastral. Está ahí, desnuda como Paula y yo, perseguida por el mundo y cada vez más cercada por las causas y el destino. Valerosos guerreros apuntan a la cama donde Paula y yo nos escondemos a modo de improvisada trinchera. Pero ni una bala da en el blanco. ¿Por qué? Porque Paula y yo somos negros e imbatibles.
L.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El río

Me gusta ver a Paula cuando duerme. Suelo despertar antes que ella y verla así, en la otra mitad de la cama, se convierte para mí en una nueva forma del misterio. El asombro no depende tanto del cuerpo desnudo, Paula se desviste por completo a la hora de acostarse, sino del alma semidormida o quizás de ambas cosas o no sé. Párpados que tiemblan tensos, los brazos hacia atrás envolviendo extrañamente la cabeza, el vientre liso y blanco, la suavidad más suave en la entrepierna, las caderas anchas y lejanas. Pienso a veces que la deseo un poco más en ese estado de relativa ausencia. Paula duerme y todo parece ordenarse alrededor. Cesan los ruidos y las órdenes y asoma una música desconocida. Puedo pasarme horas imaginándola en su abismo. Me siento junto a ella como a la orilla de un río que, en cualquier momento, fuese a inundar de Paula el universo.
L.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Lima

Esta tarde en Lima llueve. Y no tengo ganas de vivir, corazón. Así empieza un poema del peruano César Vallejo. Un peruano del Perú. Y así termina también. Como la lluvia, como la vida, como los poemas, como el amor, como la última gota de deseo. Todo empieza y termina. Insensiblemente y de manera natural. A quién puede importarle que esta tarde llueva en Lima. O a quién puede interesarle leer estas palabras, un puñado de cerezas, desparramadas en un blog que ya nadie visita ni por equivocación. Las gentes están en los lugares que valen. Lima no vale nada. Este blog tampoco. Y que yo o el peruano César Vallejo no tengamos ganas de vivir es algo irrelevante. Otros vivirán después de todo y nada, otros vendrán como sexos a llenar los agujeros y la vida continuará, como un puñado de cerezas, o como un verso olvidado, hasta que se haga la hora y todas las cosas se resuelvan al mismo tiempo y de la mejor manera. O se vayan al diablo tal vez. Lo único cierto en esta tarde, que en realidad es noche o es pasado, es que en Lima llueve. Llueve como nunca. Y que no tengo ganas de vivir, corazón.
L.