lunes, 1 de julio de 2013

Parejas posibles


A. me deja unos chocolates y dos cocadas redondas y marrones para que el largo día se haga menos amargo y hueco. A. me pide, de noche, que gire el cuerpo mirando hacia la pared forrada de placares. Entonces me abraza desde atrás, bien pegada a mi cuerpo, casi adherida a la postura física y espiritual del cielo estirado, y así duelen menos los fantasmas de la noche. A. llora conmigo y contra mí cuando recordamos a Grusswillis, nuestro gato muerto y tan vivo al mismo tiempo. A. espera que yo salga de la ducha para poner la música exacta, la que puede salvarme, la que oímos un millón de veces como quien quiere rascar en el fondo de la ola, esa que nos acompañó en Ushuaia, en Valparaíso, en Valeria del Mar, en los bosques del País de Nunca Jamás. A. me quiere como a un perro de la lluvia. Y yo la quiero como se ama a una ventana que jamás se cierra para mí. A. no dice nada. Y no lo hace porque entre nosotros no hace falta decir nada. Gira, me dice. Y yo giro mirando a la pared que de pronto se ahonda y alarga como una tumba sin nombre.
L.

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