domingo, 14 de julio de 2013

Un hombre muy normal

Adolf Eichman, criminal de guerra nazi condenado por haber cometido asesinatos masivos durante la segunda guerra mundial, no estaba loco. No era perverso. No mostró jamás señal alguna de psicosis o algo parecido. Al contrario. Al decir de Hannah Arendt, quien lo estudió a fondo y sin prejuicios en un ensayo brillante y doloroso que todos deberían leer (Eichman en Jerusalén), abundan las pruebas acerca de su envidiable equilibrio. Resulta difícil creerlo para el saber común y predominante entre nosotros. Durante el juicio al que fue sometido, Eichman recordó perfectamente las órdenes que recibió y cumplió con la mayor diligencia y meticulosidad. A comienzos de los años sesenta del siglo pasados seis psiquiatras especializados lo sometieron a todo tipo de chequeos médicos. "Eichman es más normal que yo", exclamó asombrado uno de ellos. Otro consideró que los rasgos psicológicos del "monstruo", incluida su actitud hacia su esposa, hijos, padre, madre, hermanos, hermanas y amigos era "no sólo normal sino ejemplar". Cabe insistir. Eichman no era un débil mental, ni un cínico, ni un doctrinario. Apenas le costaba un poco distinguir entre el bien y el mal, lo cual no es señal evidente de anomalías. Pensemos en Eichman un poco al menos. Pensemos en él todos los que nos creemos buenos, sanitos y correctos.
L.

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