viernes, 2 de octubre de 2009

La esencia


Entré al bar con la mirada triste de quien no se reconoce en el espejo. Me sentía otra. Más vieja y llena de incertidumbres. No sabía si quería café o té. Si me gustaba el fado o el silencio. Si tenía marido, hijos o deudas. Me senté en cualquier mesa. A mi lado había un hombre vestido de negro -con anteojos y sombrero de copa- que miraba concentrado la foto de una montaña colgada en la pared. Quise ser él o quizás ya lo era. Desesperada llamé al doctor Cardoso. Le dije que yo no era yo. Me calmó. Me recordó que no hay esencia. Que hay tantas Andreas como nubes y que incluso ellas variarían. Le insistí que algo había perdido. Un camino, un amor, un objetivo. Las estaciones cambian -respondió-. Cambian los vientos.
A.

2 comentarios:

  1. Es bueno saber que no hay esencia. Es lo que nos permite elegir caminos o dejarnos llevar sin pensar en un destino fatal o en cualquier tontería de esas. Muy buen texto, Andrea.
    P.

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  2. Antes de que, en un descuido, me vuelva otro, releeré este texto a menudo. Gracias Andrea

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