jueves, 20 de septiembre de 2012

Desocupado


Enfrento durante la semana entre ocho y diez trabajos diferentes. Es una cantidad respetable por no decir desesperante. Y sin embargo me considero un perfecto desocupado. No tengo nada que hacer en ninguna parte. Circulo apenas como el agua de un río que pronto se convertirá en cascada. Pese a todo estoy siempre dispuesto a hablar con cualquier persona y hacer tareas que no me corresponden. Si el reloj molesta lo arrojo por la ventana o lo aplasto con el pie. Si alguien me lo pide apago el celular y lo olvido en cualquier parte. Nada para mí es tan importante como ejercer a fondo el arte de no hacer nada. Los que se mueven a mi alrededor, en cambio, parecen todos muy ocupados y asombrosamente apurados. No tienen tiempo para nadie. Tampoco para mí. Desarrollan actividades de primerísima categoría. Podría pensarse incluso que de ellos depende el equilibrio del mundo y sus alrededores. No entiendo el motivo de semejante desajuste. Debo ser un tremendo irresponsable, un vago, un inútil. Lo que para los otros es decisivo se vuelve casi un juego para mí. En mi tarjeta de presentación figura claramente el nombre de mi oficio y el título que me habilita a ejercerlo. Desocupado.
L.

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