jueves, 6 de septiembre de 2012

Los adioses

Uno llega al mundo para despedirse continuamente de alguien. Todo encuentro, por mejor que sea, encierra una despedida latente. Con el tiempo nos vamos haciendo expertos en adioses. Aprendemos a mover brazos y manos diciendo chau. Aprendemos a llorar y a sacudir pañuelos o flores en el viento. Algunos dicen discursos. Otros van a la iglesia. Y no faltan los que se refugian en todo tipo de drogas para hacer del adiós un momento enajenado, insensible y efímero. Encuentros y despedidas marcan el ritmo de la existencia. Son dos momentos decisivos e inevitables. Su importancia es tan grande que, a veces, nos olvidamos de algo todavía más central y decisivo, es decir, el mientras tanto, el instante que es todos los instantes.
L.

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