martes, 18 de septiembre de 2012

El adivino I


No debo decir su nombre. Mejor no. Pero debo hablar del adivino ciego, el solitario pez que pacientemente elabora el agua donde nada. Pero no es un pez sino un hombre y fue mi primer maestro de vida. No debo decir su nombre pero puedo contar sus años, 77, su rostro de ojos claros, su cabello entrecano y largo como el de un hippie tardío, su caminar tembloroso y apoyado en mi hombro, su necesidad casi cristiana o mística de ayudar a los nadadores que están cerca de la orilla y no llegan pese a sus brazadas potentes y desesperadas. Él, me dijo, va en un bote de madera inundado pero que flota aún. Desde esa precaria embarcación puede echarles una soga a esos nadadores en desgracia. Eso me dijo. Y qué pena que no pueda decir su nombre porque muero de ganas de hacerlo. Mejor no. El adivino ciego está solo pero no se siente solo. Avanza por el agua como un pez o, mejor, como un conjunto de peces azules en el centro del mar. Predica la compasión y el pensamiento crítico y rebelde. Dice que la humanidad ha hecho de la ignorancia no sólo una pasión sino también una cultura. Dice que los primates sufrieron una mutación hace millones de años. Dice que el advenimiento del lenguaje nos impide pensar y por eso están las cosas como están, la política, el medio ambiente, las ideas, el mundo todo. No debo decir su nombre. Mejor no. Pero el adivino ciego, ese que se apoyaba el sábado en mi hombro derecho para avanzar de manera errática y lenta. Si es que puede hablarse de avance. Si es que debe decirse algo cuando todo aconseja esperar y callar acaso para siempre.
L.

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