miércoles, 22 de febrero de 2012

Trenes



No existe en la tierra un gusano tan bello como el tren. Cuando se aleja los árboles se juntan. Cuando se acerca los troncos se separan. Si la velocidad es alta los árboles y las casas parecen viajar en dirección contraria. Un fugaz reflejo de vagones se percibe en las miradas mientras las ruedas aplastan hormigas, sueños y monedas. También, de tanto en tanto, los suicidas de alma acuden a la magia ferroviaria. Alguna vez corrimos para acompañar a los niños y saludar el paso de los trenes. Girasoles y rieles en larga despedida. Maderas dormidas en la vieja estación. Hay, por fin, una campanada. Y un reloj que de pronto se detiene. En el coche comedor las horas no pasan. Y en el coche cama las parejas se desnudan a velocidad de crucero. Todo tan hermoso y ningún riesgo. Porque los trenes están o estaban rigurosamente vigilados. Pero no. Hay uno que cae de pronto al abismo y con él tantos pasajeros que soñaban, quizás, con el primer tren al que subieron en la infancia. O el primer beso en el vagón imaginario. O el momento en que nacieron, como locomotoras ardientes, para acabar un día como hoy totalmente destrozados.
L.

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