martes, 8 de enero de 2013

El bien y el mal

En uno de los tomos de sus memorias (La fuerza de las cosas) Simone de Beauvoir cuenta el súbito pasaje de la exaltación al espanto experimentado por los soldados estadounidenses que, a poco de finalizar la Segunda Guerra Mundial, liberaron a sobrevivientes de los campos de concentración nazis. Orgullosos y heroicos, sintiéndose acaso semidioses, los soldados repartieron entre los hambrientos carne enlatada, bolsas de papas fritas, huevos en polvo, leche, fruta, caramelos. Cientos de prisioneros que venían de probar pan duro y agua sucia murieron como moscas. Los efectivos militares tenían buenas intenciones pero hicieron daño queriendo en teoría hacer lo mejor para los otros. Las conclusiones del relato exceden la brevedad propia de un espacio como éste. Pero queda claro en principio que las fronteras entre el bien y el mal se desdibujan. Y que las buenas intenciones, o la supuesta generosidad, no alcanzan. No demuestran nada. Hace falta, además, pensar un poco.   
L.

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