lunes, 27 de agosto de 2012

Imaginemos


Imaginemos una vida limitada a sí misma, es decir, respirar, comer, de tanto en tanto una fiesta, algún encuentro sexual o varios encuentros sexuales, casamiento, hijos, vejez, muerte, llanto y risas y otra vez llanto y de nuevo risas. Imaginemos un poco más. Además de la lista recién compuesta añadir vacaciones en verano, comprar un auto, subir al auto, bajar del auto, ver noticieros por televisión, de vez en cuando una película, protagonizar una pelea familiar o de pareja para olvidarla después, hablar por celular, enviar mensajes por celular, recibir llamados por celular, viajar y ver lindos lugares, sacar fotos y más fotos con el celular, dormir, despertar, entrar al baño, salir del baño, subir imágenes a cualquier red social, encender la computadora y apagarla, enfermarse, curarse y enfermar. Hablar luego de enfermedades durante una hora por celular. Imaginemos, en fin, una vida sin imaginación. Una existencia desprovista de toda creación, sueño, deseo, temblor, perturbación o desconcierto. Una vida sin vida como la que, con ligeras variantes, llevamos todos. Imaginemos eso. Pensemos en eso, al menos, unos pocos instantes. Y saquemos, a continuación, las conclusiones correspondientes.
L.

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