domingo, 19 de enero de 2014

Nosotros y los otros

Vivo en un edificio rodeado de edificios. La experiencia es nueva para mi. Antes vivía en una cueva, en eso que en la Argentina llamamos PH, desde donde solo se veían gatos merodeando en los techos. Ahora el panorama es diferente. En Buenos Aires hace calor, las familias, las parejas e incluso la gente que vive sin amigos o parientes deja abiertas las ventanas para que entren el aire, la luz  y acaso las miradas curiosas de los otros. Desde afuera, sobre todo de noche, el observador se convierte inevitablemente en un voyeur involuntario. Lo que se ve afuera no es muy diferente de lo que se ve adentro. Alguien riega plantas en un balcón, una mujer sola se pasea desnuda por la sala, una pareja discute a gritos que desde lejos no se oyen, algunos chicos miran a la calle desde la jaula de seguridad, un joven lee algo echado en una especie de hamaca paraguaya. El espectáculo carece de todo interés y sin embargo no es fácil sustraerse a él. En la mayoría de los departamentos las televisiones están prendidas y de pronto se tiene la impresión de que esa es la vida de todos nosotros, lo que naturalmente resulta inquietante. Hasta que de pronto una mujer cuelga ropa en una terraza y uno ve pantalones, camisas, bombachas, calzoncillos, corpiños, toallas, sábanas ahora liberadas de recuerdos y cuidadosamente dobladas por el medio. Y todo eso goteando lágrimas sucias y todo eso esperando que al fin lo mojado se seque y que lo seco se inunde de algo sin nombre. ¿De qué? De cualquier cosa. Pero que se inunde.
L.

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