lunes, 26 de septiembre de 2011

Antílopes


El antílope caminaba cojeando entre el fango. Cuando estaba a punto de tocar la orilla del estanque, las fauces de un cocodrilo aparecieron en escena y se adhirieron a la pata trasera izquierda del animal. Cerré los ojos y me aferré a la esperanza de una muerte inmediata. Cuando los abrí, estaba en una silla de masajes de un salón de belleza. Una mujer joven, de cabello rubio y ojos de color almendra, sumergía mis manos en una vasija llena de agua. “¿Está muy duro, cariño?”, decía mientras delineaba las uñas y les quitaba la cutícula con una tijera muy fina. “Bueno, mi amor, estos son los colores de esmalte que tengo”, agregó segundos después. El antílope seguramente murió y ahora estaban los delfines, que saltan sin oficio o, quizás, con el único objetivo de alcanzar lo inalcanzable.
Andrea

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