viernes, 27 de junio de 2014

La verdad obscena

En la tradición de la lengua española hay clásicos obscenos de distintas épocas. Por ejemplo El Archiprieste de Hita o los textos de Quevedo. Pensaba en esto al releer una novela clásica de la literatura de Puerto Rico titulada La guaracha del Macho Camacho. Eso para los que dicen que solamente leo a Onetti. En La guaracha hay un repertorio amplio de palabras sucias propias de la isla. Lo obsceno, ya se sabe, es difícil de definir. Se lo asocia con la fealdad, la cópula, lo que está fuera de lugar. Con frecuencia alude a funciones del cuerpo. El vocabulario referente al acto sexual y a los órganos que intervienen cae bajo esa categoría. Lo obsceno alude también a la cultura visual, a las imágenes, a ciertos hechos. En la actualidad se lo tiende a confundir con la pornografia. Desde lo lingüístico la obscenidad resulta muy productiva dado que obliga al escritor a usar eufemismos, rodeos, metáforas a veces muy creativas y estimulantes. Lo obsceno es tabú. Su uso y su estudio permiten desocultar, un verbo que para Heidegger era el mejor sinónimo de la verdad, algo que, como se sabe, siempre está fuera de lugar.
L. 

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