domingo, 25 de diciembre de 2011

La obsesión



Recuerda Berger que el último período de la pintura de Picasso estuvo dominado por el tema de las mujeres y la sexualidad. El dato podría molestar al público no informado dado que se trataba de un hombre viejo y, hay que decirlo, casi impotente. Pero vista de otro modo la obsesión está más que justificada. Si recordamos que el objetivo principal de la pintura y el arte en general es conjurar la presencia de algo que no está, en fin, se entendería mejor la impostura artística. Pensar en sexo es pensar en cuerpos y pensar en cuerpos es concebir alguna forma posible de humanidad y compañía. Por algo lo visual es tan importante en la vida sexual de muchos animales e insectos. Picasso envejecía y enfrentaba el costo de ese proceso inevitable para todos. Monologaba sobre el sexo. Lo buscaba en la tela. Maldecía a la vez que pintaba y, en él, la maldición se parecía bastante a la dignidad. Algo parecido le pasó a Rodin cuya fijación con el sexo evocaba también a Renoir cuyos desnudos femeninos hablan de una pérdida terrible. En sus pinturas impresionistas vemos hombros, pechos, muslos, montículos sombríos, orificios velados. "A mí -dijo Renoir alguna vez- me gusta pintar paisajes que inviten a pasear por ellos y figuras de mujeres que inviten a tocar sus pechos (tetas sería una traducción más ajustada) o su espalda. Pintores viejos que pintan mujeres a manera de invocación de lo ausente. ¿Qué tiene de extraño? ¿No es acaso lo más humano imaginable? 
L.

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