martes, 19 de febrero de 2013

La inocencia del lector

Se habla mucho del deber de los escritores. Se habla poco del deber de los lectores. Cortázar habló del tema ya en su primera novela (Los premios). Ahí se burla del lector impávido, cómodo, apegado a la rutina. Ese que solamente está interesado en saber lo que pasará al final de la historia, el lector que goza cuando alguien, un autor cualquiera, lo mete de prepo en una novela ya digerida como un puré y, encima, portadora de un mensaje edificante. Cortázar inventó una fórmula que llegó a hacerse popular y es la de lector hembra. Después, influido por la perspectiva de género, se arrepintió y prefirió hablar del lector pasivo. Conviene aclarar, para tranquilidad de las feministas, que la hembra no es pasiva como sí lo somos los hombres en la mayoría de los casos. De todos modos la literatura contemporánea exige, pide, reclama un lector activo, colaborador, potente, inspirado, casi tan creativo como el autor. El lector macho y hembra llena los huecos, extiende las frases, completa a su modo y con sus flujos lo inacabado en la obra. Pero el lector tiene una responsabilidad aún mayor que consiste en cambiar de vida y cambiar la vida. Hacer que sus días rutinarios y chatos estén a la altura del libro en el que se metió inocentemente, casi como un niño.
L.

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