domingo, 10 de febrero de 2013

Mirarse

Lo mejor de las parejas, al menos de las buenas parejas, no es tanto tocarse, si bien esto último resulta a veces fundamental, sino mirarse con la mayor atención. Esta mañana observaba a Paula mientras me contaba una historia de adolescencia. Ella siempre fue muy tímida y secreta. Me contó que en una fiesta un joven la sacó a bailar. Más que eso. Bailaron juntos toda la noche. La situación sorprendió a Paula porque ella se creía, y aún se cree a veces, una mujer invisible. Pocos días después el joven de la fiesta murió de cáncer. En el medio Paula le había escrito una carta que jamás le envió. La observé mientras me contaba esa historia triste. Escuché sus palabras y sentí su vibración. Pensé. Quién sino yo, al menos ahora, conocerá la historia de aquel baile. Quién sino yo recordará esa carta nunca enviada. Lo mismo podría decir Paula de mí. Quién sino ella sabrá de mis debilidades, de mis caídas, de mis terribles despertares en medio de la noche. Paula y yo nos tocamos, sí, pero sobre todo nos miramos, somos testigos mudos que se observan. Nadie más nos ve. Ni las familias, ni los amigos, ni los espejos. Si algo justifica a las parejas es el simple y profundo acto de mirarse.
L.

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