viernes, 8 de agosto de 2014

El viaje II


Hacía tiempo que no subíamos juntos a la canoa, la canoa de madera quebrada, la extendida embarcación ligeramente ahuecada en el centro, sí, la canoa que tanto nos uniera en otros tiempos. El río se veía revuelto y vacilante como suele estarlo a veces. Invierno, primavera, verano y nuevamente invierno. Para nosotros viajar en canoa era como firmar un documento sagrado. Juntos para siempre. En canoa o sin ella. Siempre juntos. Nada podía separarnos. En eso pensaba yo esta mañana cuando subimos y nos dejamos llevar hacia donde el río decidiera. A diferencia de otros tiempos hubo esta vez entre los dos un silencio largo y oscuro, pesado casi. Nadie decía nada. Sólo se oía el oleaje y el crujido de la madera en tal o cual giro o remolino. De pronto, porque las cosas buenas y malas ocurren así, Paula apoyó su cabeza en mi hombro. Hacía mucho que no lo hacía. El gesto mínimo y liviano fue suficiente. A mi vez incliné la cabeza sobre la de ella. Y abajo las manos, la mía, la de Paula, volvían juntas al comienzo. Como en la mesa olvidada. Como el primer día.
L.

No hay comentarios:

Publicar un comentario