viernes, 24 de octubre de 2014

El sacrificio

Algunos artistas, al igual que los héroes de otros tiempos, apostaron al sacrificio ejemplar. Fueron cristos del alma que en la puerta del horno se quemaron como quien se da entero a la manera de una ofrenda o un amor. ¿Una ofrenda para quién? Pienso por ejemplo en Van Gogh y su austeridad casi monacal en función de componer una obra luminosa e imperecedera. Pienso, claro, en Pavese, un escritor lúcido e irreductible como pocos. Ambos, Van Gogh y Pavese, se suicidaron. Los motivos no importan. El que se mata no necesita causas o razones. Los dos fueron sufridores ejemplares. No sólo por el padecimiento en sí sino porque encontraron un modo profesional de sublimar. El artista sufre como hombre, o como mujer, pero convierte el dolor en esplendorosas manchas, narraciones o poemas. Sueña con los ojos muy abiertos. La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida, escribió el italiano. Van Gogh envió cartas a su hermano Théo mientras pintaba álamos desnudos. En los casos mencionados la sublimación artística cedió en un momento a la ansiedad o a la incapacidad de soportar. No pudieron esperar. Los sufridores ejemplares debieron seguir sublimando. De haberlo hecho, tal vez, hasta habrían tocado una felicidad que sin ser eterna a veces nos visita. Porque para todos tiene la belleza una mirada.
L. 

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