martes, 25 de octubre de 2011

Cables


Por aburrimiento cuento la cantidad de pasajeros del colectivo 132. La suma da alrededor de cuarenta. Treinta y nueve de ellos tienen cables colgando desde sus orejas. Los cables salen de las mochilas, de las carteras, de los bolsillos, no sé de dónde más. Recuerdo la última vez que vi a mi padre en la sala de terapia intensiva del Hospital Italiano. Iba a morir de un momento a otro y estaba rodeado de cables. Me pregunto si algo parecido les ocurrirá a los pasajeros del 132. ¿Se estarán por morir? Ninguno está donde está. Las caras alienadas, algunas sonrisas idiotas, conversaciones, a veces, del tipo ahora estoy en Pueyrredón y Corrientes. La situación es rara. Ningún pasajero está donde está. Sería inútil que alguien pidiera ayuda en el caso de que se sienta mal. Nadie lo escucharía porque están todos enchufados a otro mundo. Es una lástima. En otros tiempos me gustaba mirar las orejas de las mujeres, el hueco profundo, las vueltas internas en forma de espiral, los aros, el perfume. Todo eso me excitaba. También los escotes. Pero algo se aferra al borde de las blusas e impide ver las tetas. Hay cables que cuelgan como falos y aparatos, igualmente fálicos, ocupando las manos de las pasajeras. Sorpresa. También el conductor del colectivo lleva cables en sus oídos. Ocurrirá un accidente muy pronto pero nadie va a enterarse. Hay algo a favor. Los cables comunican directo al otro mundo. Eso facilitará las cosas después del desastre.
L.

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