viernes, 28 de octubre de 2011

Lo imposible I


Dar clase es apostar a algo irrealizable. Ese algo está relacionado con una vaga esperanza de modificar actitudes, compartir descubrimientos personales, enriquecer el alma de los alumnos en un sentido virtuoso. Esa fue la utopía tradicional del acto educativo. Hoy el sueño está negado o, al menos, puesto en duda. Los maestros entienden que no pueden cambiar a nadie ni siquiera un poco. Asumen resignados que el mensaje no llega al otro lado por una multiplicidad de razones. Una de ellas puede ser generacional. Incomprensión mutua de etapas diferentes. La otra se relaciona con una grave desconexión tecnológica. Es un triunfo admirable del capitalismo universal haber logrado la ruptura definitiva del puente que alguna vez unió así sea parcialmente a las personas. La pizarra blanca de las aulas ya no tiene poder de seducción. Nada se compara a la oferta infinita de una pantalla de blackberry. Pero el problema trasciende a las prótesis electrónicas. El desinterés enciclopédico que reina en las aulas es ilimitado y deben existir otras razones para generar un cambio tan extraordinario. ¿Qué queda entonces de la pedagogía, de las divinas ciencias de la educación, del sentido sagrado de la transmisión oral? ¿Cómo reconstruir la escuela que ha sido y es bombardeada justamente por quienes dicen defenderla y amarla? Retomando. Dar clase es una apuesta a algo irrealizable. Por ahora no hay opción. Habrá que seguir apostando a lo imposible porque -dice el poeta- de lo posible se sabe demasiado.
L.

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